Introducción:
En 1905, la República Dominicana se encontraba al borde del colapso financiero y político. Las continuas revoluciones, la pesada herencia de la dictadura de Ulises Heureaux y una deuda externa enorme inflada por prácticas usurarias habían debilitado al Estado hasta hacerlo vulnerable a la intervención de potencias extranjeras que reclamaban su dinero con una presión constante, éstos acreedores extranjeros cuyas reclamaciones eran respaldadas, en última instancia por la amenaza de la fuerza naval de las potencias Europeas haciendo presencia en las costas dominicanas amenazando con apoderarse de las aduanas para por fín poder cobrarse las deudas. Sumándole a ésto la deuda contraída y vinculada con la empresa norteamericana, la San Domingo Improvement Co., a través de la cúal los Estados Unidos de manera directa pasaron a litigar y a reclamar los intereses de dicha compañía con la firma del Protocolo del 31 de Enero del año 1903 de parte del gobierno provisional de Horacio Vázquez con el de los Estados Unidos, luego el sucesor presidente Alejandro Woss y Gil tuvo que reconocer dicho protocolo o de lo contrario eso significaría el rompimiento de las relaciones, al igual que Morales no le quedó de otra que hacerlo.
En ése escenario asumió la presidencia Carlos Felipe Morales Languasco, un gobernante joven, astuto, culto y pragmático cuya integridad personal es valorada favorablemente por muchos observadores extranjeros, pero cuya legitimidad interna es frágil y constantemente amenazada, éste consciente de éso y de la amenaza de una ocupación Europea para el país, optó por seguir el mejor camino y la solución más práctica y real posible que consistía en gestionar de la mejor manera lo inminente que ya se estaba gestando con la convención Dominico-Americana y por eso Morales ideó el plan de la puesta en marcha de la convención de manera inmediata y administrativa, ésto fué aprobado y se denominó con el nombre de Modus Vivendi, ésto fué un hecho sin precedentes y los buenos resultados empezaron a verse y sentirse de manera inmediata.
El Modus Vivendi fué un éxito rotundo y por primera vez en nuestra historia republicana ya se comenzó a pagar las deudas de manera efectiva y al Gobierno Dominicano le quedaban ya al fín recursos para imponer el orden, garantizar el pago de salarios, frenar las revoluciones y sobre todo atraer capital extranjero al país. Todo ésto gracias a la intervención aduanera de los Estados Unidos en todos los puertos de la República Dominicana con una administración totalmente eficiente.
El texto a continuación, escrito por el afamado periodista y novelista estadounidense, Eugene P. Lyle Jr (1873-1962); constituye un testimonio de primera mano sobre ése proceso de la intervención aduanera por parte de los Estados Unidos en Santo Domingo y sobre la política exterior americana del período del Big Stick y del Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, dónde se buscaba sobre todo en el Caribe, asegurar posiciones estratégicas fundamentales en vísperas de la apertura del Canal de Panamá y también asegurar y finalizar toda injerencia financiera de las potencias Europeas que ya tenían varios siglos de presencia constante en la zona.
Jorge Serraty
Our mix-up in Santo Domingo
NUESTRO DESACIERTO EN SANTO DOMINGO
LA HISTORIA DE NUESTRA INTERVENCIÓN Y SUS RESULTADOS: LA REPÚBLICA NEGRA Y NUESTRAS NECESIDADES ESTRATÉGICAS – UN CAOS DE DESORDEN EN UNA TIERRA DE RIQUEZAS SIN EXPLOTAR – EL ENIGMA DEL PRESIDENTE DOMINICANO
POR
EUGENE P. LYLE,JR.
(El primero de una serie de artículos de primera mano sobre nuestro control del Caribe)

LA FORTALEZA SITUADA A LA ENTRADA DEL RÍO PARA PROTEGER LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO.
Cuando el gobierno de Santo Domingo incumplió sus obligaciones financieras, atendimos su petición de ayuda. Pero el tratado con la República antillana aún está pendiente. El Senado todavía no se ha pronunciado. Mientras tanto, nuestra flota allí nos ha estado costando $2.000.000 de dólares al año. ¿Por qué debemos tomarnos tantas molestias por la República Dominicana? ¿Cuáles son nuestros intereses allí? ¿Qué relación tiene Santo Domingo con nuestro futuro control del Canal de Panamá? Fué para responder a éstas preguntas que comencé mi investigación sobre las condiciones en las Antillas, empezando por Santo Domingo, y es la historia fascinante que se reveló la que me propongo contar aquí.
En Santo Domingo, el espíritu de «independencia» individual paraliza todo esfuerzo humano, excepto la sed de poder y de saqueo.
El Dominicano, una mezcla de Español y Africano, exagera el orgullo de uno y la insolencia del otro. Su carácter se compone de una disposición hosca y propensa a la riña. Cuanto más blanco es, más cortés; cuanto más negro, mejor carácter tiene. Pero el mestizo es la norma, y su espíritu de independencia es la independencia del individuo. Su símbolo distintivo es la pistola. Sea hombre o muchacho, debe llevar una en la cadera, cuanto más grande mejor, y dos si es posible. La venta de armas está rigurosamente prohibida, pero compra una de contrabando que vale 2 dólares por 50, pasando hambre durante meses para ahorrar el dinero. A partir de entonces, a la menor ofensa a su preciada virilidad, comienzan los disparos. Las balaceras son el pan de cada día en Santo Domingo.
Desde la época de Diego, hijo de Colón, Santo Domingo ha obtenido su independencia tres veces, dos de España y una de Haití. Aún insatisfechos, los Dominicanos se han enfrentado entre sí, cada uno por su propia idea de libertad. Pero para comprar la pólvora, los Dominicanos tuvieron que pedir prestado a aventureros extranjeros, en condiciones de precios enormemente rebajados y con una usura descarada. Naturalmente, no pudieron pagar éstas deudas. Las constantes luchas convirtieron el fértil país en un páramo. Incluso el arroz y las patatas provenían del extranjero. Poco después, los extranjeros exigieron la devolución de su dinero. Sus cobradores eran buques de guerra. Por lo tanto, los Dominicanos nos pidieron ayuda a nosotros, el pueblo Americano. Y a nosotros también nos preocupan éstos buques de guerra extranjeros. La amenaza para los Dominicanos resulta ser una amenaza para nosotros mismos. Su espíritu indomable de libertad se convierte para nosotros en un asunto personal de vital importancia.

EL ÁRBOL EN LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO AL QUE SE DICE QUE COLÓN ATÓ SU CARABELA.

EL ÁRBOL DE COLÓN DESDE LA COSTA

LA CASA DE COLÓN, CON VIVIENDAS MODERNAS EN PRIMER PLANO.
CÓMO SANTO DOMINGO SE ENDEUDÓ
La historia inmediata puede comenzar convenientemente en 1884, cuando «un negro de aspecto desagradable», Ulises Heureaux, apodado «Lilís», llegó al poder. Las anécdotas de su crueldad y su humor macabro, de su corrupción y libertinaje, se están convirtiendo en una especie de leyenda popular, contada con tono sombrío a oyentes fascinados. Un periódico de Puerto Rico catalogó sus crímenes. La lista ocupaba varias columnas. La cifra habitual de víctimas es de dos mil. La mayoría de las reclamaciones extranjeras que ahora acosan a Santo Domingo datan de su época. El dinero prestado fué a parar al tirano para sus propios fines licenciosos y derrochadores, y permitió que las obligaciones se duplicaran o triplicaran en los bonos de los prestamistas. Finalmente, debilitado por los excesos, con el cerebro deteriorado, el tosco negro quería aún más dinero. Las aduanas, las concesiones, los monopolios, todo había ido a parar a los usureros que explotaban sus apetitos. Emitió papel moneda. Ni siquiera un tirano puede hacer eso. La gente no aceptó el dinero sin valor. Una terrible confusión se extendió por todas partes. Surgieron revolucionarios. Finalmente, Lilís fue asesinado a tiros por Ramón Cáceres, cuyo padre había sido asesinado por orden de Lilís. Cáceres es ahora Vice-Presidente de Santo Domingo.

LA ENTRADA A UN PUERTO DOMINICANO
EL ASCENSO DEL PRESIDENTE MORALES
Tras la muerte de Lilís, el 26 de julio de 1899, Juan Isidro Jiménes fué «elegido» presidente constitucional y Horacio Vásquez vice-presidente. Surgieron problemas con el extranjero. Los acreedores de Lilís exigían el pago de sus deudas. Pero Jiménes recuperó las aduanas que estaban en manos de acreedores extranjeros, entre ellos algunos Americanos . El gobierno de Estados Unidos lo presionó fuertemente, exigiendo el pago de 6 millones de dólares en nombre de tres reclamantes.
Una de las empresas era la Santo Domingo Improvement Company, también llamada la «Compañía de la Destrucción» o, más brevemente, la «Compañía de Mejoras». La segunda era la Clyde Steamship Company, cuyas concesiones monopolísticas habían sido objeto de críticas, y el tercer reclamante era Juan Sala, un Español que hacía negocios en Nueva York. Jiménes sostenía que debían presentar sus cuentas, pero los reclamantes en Santo Domingo eran sensibles a éste punto y los tres se negaron. La disputa se prolongó durante más de un año, mientras tanto Jiménes tenía otros problemas. Finalmente, Vásquez organizó una revolución y derrocó a Jiménes. Vásquez intentó ser honesto, pero… otra revolución, y Alejandro Woss y Gil se convirtió en presidente. No reconoció ninguno de los acuerdos que Vásquez había hecho para resolver las demandas Americanas, sino que publicó un folleto dirigido a todas las potencias invitándolas a establecer un mar neutral alrededor de la isla. Tenía en mente particularmente a Alemania, y esperaba excluir a Estados Unidos de la bahía de Samaná. Nuestro encargado de negocios, W. F. Powell, protestó. Rompió relaciones diplomáticas y nuestros buques de guerra estaban a punto de zarpar. Pero… otra revolución más.
En éste movimiento, en el que Jiménes era el líder, uno de los capitanes era Carlos Morales, quien ahora es Presidente de Santo Domingo. Había sido un joven sacerdote rebelde. Se dice que había tomado los hábitos para escapar de la persecución de Lilís. Pero Lilís lo había exiliado de todos modos, y también había estado en la cárcel acusado de malversar, o apropiarse, de 60.000 dólares destinados a gastos revolucionarios mientras era recaudador de aduanas. También había sido diputado, o congresista, mientras aún era sacerdote. Más tarde, abandonó el sacerdocio para casarse y sentar cabeza. Es un hombre culto. Habla inglés y francés, y vivió en los Estados Unidos durante un tiempo. Es casi blanco, con rasgos españoles y cabello rizado. En sus espléndidos ojos negros y juveniles hay una mirada de audacia. Disfrutaba de la lucha y era astuto. No tenía los escrúpulos de Jiménes a la hora de disparar contra políticos rivales. Éste era, pues, el hombre que dirigió las fuerzas de Jiménes contra la capital. Pero al llegar, descubrió que Woss y Gil ya había sido derrocado por los seguidores del expresidente Vásquez. Sin embargo, entró sin resistencia y, una vez dentro, se declaró presidente provisional. Los partidarios de Jiménes se enfurecieron. Comenzaron otra revolución más. Morales estaba perdiendo terreno hasta que cayó Puerto Plata el 18 de enero de 1904. La forma en que cayó merece ser contada.

Carlos F. Morales Presidente de la República Dominicana
LA RIDÍCULA BATALLA DE PUERTO PLATA
Morales envió a un general llamado Céspedes para tomar la ciudad, con unos 700 hombres. El general jimenista que defendía la ciudad era Deschamps, con unos 300 hombres y cinco generales. En el puerto se encontraba el Detroit, al mando del comandante Dillingham, y el buque de guerra británico Palace, al mando del capitán Robinson. Le preguntaron a Deschamps cuántos hombres tenía, y, cuando Deschamps respondió que varios miles, sugirieron que probablemente no tendría ninguna objeción en luchar en campo abierto. Deschamps, al verse acorralado, dijo: «Por supuesto que no». Entonces Dillingham envió un mensajero a Céspedes, y éste aceptó la propuesta de inmediato. La propuesta era la siguiente: Se marcaría una línea divisoria con banderas a las afueras de la ciudad. Deschamps debía posicionar sus fuerzas más allá de esta línea y luchar contra Céspedes a su antojo. Pero si era obligado a retroceder más allá de la línea, se consideraría derrotado y se rendiría bajo garantía. Por otro lado, Céspedes no debía perseguir a Deschamps más allá de la línea, dentro de la ciudad. Los cónsules extranjeros y miembros de clubes alquilaron carruajes y se dirigieron a la línea divisoria para presenciar la batalla. Apareció Céspedes. Deschamps estaba esperándolo. Los ejércitos y los generales protagonizaron un valiente tiroteo entre las palmeras. Deschamps retrocedió bajo las alegres banderas que ondeaban en las ramas, pero, en lugar de rendirse, continuó hasta llegar a la fortaleza, seguido de cerca por Céspedes. Entonces, los dos oficiales de la marina intervinieron. Detuvieron a Céspedes al pie de la colina donde se encuentra la fortaleza y entraron para consultar con Deschamps, quien, tras un consejo de guerra con sus generales, se rindió.

LA PLAZA EN PUERTO PLATA

EL CLUB DEL COMERCIO EN PUERTO PLATA
ESTADOS UNIDOS INTERVINO
Casi al mismo tiempo, un vapor del Clyde era escoltado río arriba hacia la capital por una lancha de un buque de guerra Americano. Se produjeron disparos. El ingeniero Americano de la lancha cayó muerto. Inmediatamente, el buque de guerra, que se encontraba anclado en las cercanías, bombardeó la zona boscosa y dispersó a los revolucionarios. El asedio fué levantado. Morales había accedido a reconocer un protocolo con Estados Unidos, y ahora, el 20 de enero de 1904, el Sr. Powell lo reconoció formalmente como presidente provisional. Ésto le permitió obtener préstamos de los comerciantes como gobierno de facto, importar armas y declarar el bloqueo de los puertos hostiles. En resumen, le permitió someter al país y convertirse en presidente de facto. Al final, sólo quedaba un foco de rebelión: Monte Cristi, a menudo llamada la República Independiente de Monte Cristi, porque el gobernador de allí solía ser tan poderoso como un barón feudal. El líder rebelde de entonces era Desiderio- Desiderio Arias, un rufián hosco e analfabeto. Morales luchó contra él hasta el último momento, pero no veía cómo podría vencerlo. Así que la República Dominicana y la República Independiente de Monte Cristi firmaron un tratado de paz en junio de 1904. Desiderio reconoció a Morales como presidente, y Morales nombró a Desiderio gobernador. Desiderio supuso entonces que también se quedaría con la aduana, pero mientras se regodeaba con el botín, apareció un almirante Americano.

DESIDERIO ARIAS
EL GOBERNADOR DE MONTE CRISTI EN LA VERANDA DE SU «PALACIO»
Un típico funcionario del Gobierno bajo la administración del Presidente Morales

EL CAÑONERO DOMINICANO PRESIDENTE Y SU CAPITÁN, UN ITALIANO
Éste barco era el yate inglés Deerhound, que rescató a la tripulación del Alabama durante nuestra Guerra Civil
EL CASO DE CORRUPCIÓN DE LA EMPRESA «IMPROVEMENT»
La cadena de acontecimientos que condujeron a éste suceso comenzó cuando Morales aceptó el protocolo con nuestro Gobierno. Su Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Francisco Sánchez, y el Sr. A. C. León, como secretario e intérprete, viajaron a Washington para gestionar el arbitraje. Cabe recordar, por cierto, que la junta de arbitraje que se reunió en Washington no examinó la validez de las reclamaciones. La única función de la junta era establecer el método de cobro y pago. Sin embargo, cuando el Senado fué convocado la primavera pasada para ratificar un tratado que permitiera el cobro de las reclamaciones, quiso saber primero por qué debían cobrarse. Para el Senado, investigar la justicia de las reclamaciones antes de exigir su pago era el procedimiento más lógico. Según la gaceta oficial de Santo Domingo en lo publicado el pasado mes de marzo, la deuda externa asciende a $27.005.848,81 y la deuda interna a $32.896.074,04.
Pero éstas cifras representan sólo lo que exigen los acreedores. De la deuda externa, se destaca la reclamación Belga de $21.198.054,35 y la reclamación de la Santo Domingo Improvement Company, estimada en $4.481.250.
Independientemente de los hechos que puedan salir a la luz en el futuro sobre la Improvement Company, el hecho más condenatorio de todos seguirá siendo la ferviente y amarga denuncia de la empresa por prácticamente todos los habitantes de la isla, excepto, por supuesto, aquellos que se benefician de ella. La intensa unanimidad es sorprendente. La Improvement Company allí equivale a la Standard Oil Company aquí. Hasta cincuenta Americanos, y otros tantos extranjeros, a quienes entrevisté, que representan casi la totalidad de las empresas extranjeras, dijeron lo mismo con gran dureza. Algunos añadían, casi con un siseo, que la pésima reputación de la «Compañía de la Destrucción» había englobado a todos los Americanos en una misma categoría, la de aventureros y pícaros. En consecuencia, les resultaba extremadamente difícil ganarse la confianza de un pueblo entre el que esperaban establecer un negocio honesto. También probé con los nativos, desde la costa más septentrional hasta la más meridional. La situación se convirtió en una especie de juego, para ver si el siguiente decía lo mismo que el anterior. Y siempre lo hacía.
«¿La Improvement Company/Compañía de Mejoras?», repitió un Dominicano, encogiéndose de hombros y con un suspiro. Siguió una pausa y luego el hombre preguntó, con ingenua seriedad: «¿Cree usted que Roosevelt nos obligará a pagarles a esa gente? ¡No, señor! Él los echará, y nos libraremos de ellos. Siempre ha sido pagar dinero, pagar dinero, a ellos. Pero ellos no pueden mostrar las pruebas de que les debemos algo. No abren sus libros, no, señor. Pero si pudiéramos, les pagaríamos todo, con tal de que se vayan, que se vayan de nuestro país». En su mensaje al Senado la primavera pasada, el Presidente declaró que el Gobierno Dominicano no había recibido más del 50 o 75% por ciento de los ingresos aduaneros del valor nominal de la deuda externa, y que en algunos casos esta deuda devengaba intereses del 2 por ciento mensual sobre su valor nominal. El senador Burrows leyó cifras que indicaban que la inversión original de la Compañía de Mejoras era de solo $1,500 dólares. Incluso se sabe que algunos directivos de la compañía, en un arrebato de confianza o de triunfo, afirmaron que su desembolso no superaría los $50,000 dólares, por lo que ahora esperaban obtener 4.500.000 dólares de los Dominicanos. En cierta ocasión, varios extranjeros, prácticamente sin un centavo, se presentaron ante Lilís, el tirano, y le ofrecieron construir y operar un ferrocarril desde Puerto Plata hasta Santiago, una distancia de setenta millas, y Lilís aceptó. Una compañía Belga adquirió los bonos, y los Americanos (es decir, la Improvement Company) construyeron el ferrocarril con ése dinero. Y desde entonces, ellos también la han estado administrando, mientras que los Belgas poseen los bonos y reclaman en vano sus intereses. Como las reclamaciones contra el Gobierno por los atrasos actuales en reparaciones y gastos de operación tienen prioridad sobre las reclamaciones de los tenedores de bonos, los Americanos tienen, de hecho, una hipoteca preferente sobre el ferrocarril. Prácticamente se les entregó un ferrocarril, sin costo ni gasto alguno. Cinco décimas partes de las ganancias se destinarían a la compañía operadora, es decir, a los Americanos; dos décimas partes se aplicarían al pago de los intereses de los bonos; y las tres décimas partes restantes se destinarían al Gobierno Dominicano. Pero el Gobierno garantizó que las cinco décimas partes de la compañía operadora ascenderían a 100.000 dólares anuales. En consecuencia, el Gobierno no ha recibido nada; los tenedores de bonos no han recibido nada; y las reclamaciones de la Compañía de Mejoras/ Improvement Company se acumulan año tras año, según la supuesta discrepancia entre las ganancias y los $100.000 dólares garantizados. Dado que la carretera atraviesa la rica región del Cibao, los fletes son altos y los materiales de la compañía están exentos de aranceles aduaneros, cabe sospechar cierta astucia para mantener bajos los beneficios. Los altos salarios serían una de las maneras de lograrlo. Se habla de aventureros poco conocidos en los primeros tiempos de la compañía que se enriquecieron. Un comerciante americano que había visto los libros de la compañía me contó que el gerente recibía $10.000 dólares al año por administrar setenta millas de carretera. Mi informante también descubrió que el agente de compras en Nueva York recibía $500 dólares al mes, además de una jugosa comisión, por ejemplo, en la compra de carbón. Si el tratado implica arbitraje sobre la validez de la reclamación, entonces la Compañía de Mejoras/Improvement Company no querrá el tratado. Habrá oposición por parte de éste sector, y se ejercerán poderosas influencias en Washington para impedir su aprobación.

EN EL FERROCARRIL DE LA IMPROVEMENT COMPANY
Los vagones de pasajeros, del mismo tamaño que los tranvías, se acoplan a los trenes para carga de mercancías.

UN PUESTO DE COMIDA EN EL FERROCARRIL DE LA IMPROVEMENT COMPANY
Los árbitros encargados de dirimir las reclamaciones de la Improvement Company fueron el Honorable John G. Carlisle por los Estados Unidos, el Señor Don Manuel de J. Galván por Santo Domingo, y el Juez George Gray como árbitro imparcial. El 31 de enero de 1903, emitieron un laudo por el cual el Gobierno Dominicano debía pagar cuotas mensuales de $37,000 dólares a partir de ésa fecha. Estados Unidos designaría un agente financiero que, en caso de impago, se haría cargo de la aduana de Puerto Plata y, si fuera necesario, también de la de Monte Cristi. El agente nombrado fue el Juez J. T. Abbott, quien hasta entonces había sido vice-presidente de la Improvement Company. Ninguna elección podría haber sido más desafortunada. Ningún hombre, excepto quizás Morales, es más odiado en Santo Domingo. Su nombramiento les pareció a los Dominicanos como si nuestro presidente hubiera sido «influenciado» por la Improvement Company, y los Americanos han tenido mucho que hacer desde entonces para convencer a los Dominicanos de que nuestro gobierno no era cómplice de la compañía que los explotaba. El daño causado a la influencia estadounidense y a la iniciativa empresarial Americana por ése nombramiento todavía se siente.
Para garantizar el pago de las cuotas mensuales, se consideró necesario tomar el control de las aduanas tanto en Puerto Plata como en Monte Cristi. En Monte Cristi, el hosco Desiderio, como era de esperar, se opuso, y el almirante Sigsbee llegó con su escuadra. El teniente comandante Leiper, del Detroit, un oficial bien conocido en la marina por su tacto y serenidad, fué enviado a tierra en una lancha para hacerse cargo de la situación. Una turba lo rodeó en la aduana y le apuntó con sus carabinas. Les aconsejó que sacaran a sus familias del pueblo antes de que lo mataran, ya que diez minutos después el lugar sería arrasado. Y el señor Leiper todavía se encuentra en Monte Cristi (junio).
Pero Morales aún no podía sentirse seguro. Había que ocuparse de los demás puertos, y él no era lo suficientemente fuerte para hacerlo sólo. Aunque vanidoso en su nuevo cargo, Morales era lo bastante astuto como para percibir su debilidad. Era impopular. Se le difamaba como el «Sacerdote Carnicero». Además, otros acreedores extranjeros lo amenazaban. Cualquier amanecer podría encontrar a otro presidente en la capital. Comprendió que nunca podría mantenerse en el poder sin ayuda externa. Recurrió a la sabiduría y el poder de los Estados Unidos. Por iniciativa propia, ideó un plan por el cual nuestro gobierno actuaría prácticamente como interventor de su propio gobierno. Sus ministros se mostraron reacios, pero accedieron. Nuestro ministro residente, el Sr. Dawson, informó a Washington, y el Presidente aprobó. Envió al comandante Dillingham como su representante personal, y el comandante Dillingham, el Sr. Dawson y el Sr. Sánchez elaboraron un plan para la intervención. Se conoce como la Convención del 7 de febrero (1905), o más comúnmente como «el Tratado». Sin garantizar ni un centavo de la deuda Dominicana, nuestro gobierno recaudaría todos los aranceles aduaneros, pagaría el 45% de ellos al Gobierno Dominicano para sus gastos corrientes, y el resto, después de deducir los costos de recaudación, a los acreedores a pro-rata. El tratado fué enviado al Senado, y el Senado pospuso su decisión.
La noticia cayó como una sentencia de muerte sobre las aspiraciones de Morales. Los revolucionarios permanecían en suspenso, a la espera. Los extranjeros, los empresarios, la gente que anhelaba paz y tranquilidad, todas las ambiciones, esperanzas y temores de Santo Domingo, pendían de un hilo, dependiendo de aquel cuerpo legislativo tan lejano en Washington. La noticia significaba de nuevo guerra civil, la vieja violencia, los incendios y el uso indiscriminado e incesante de armas de fuego. Los más sensatos estaban indignados. «¿Qué se puede hacer?»
La pregunta la formuló uno de los presentes en el café del Hotel Francés en la ciudad de Santo Domingo. Entre ellos se encontraba un ingeniero civil, el Sr. A. E. Coulter, gerente de la Habanera Lumber Company, una empresa de Virginia. A doscientas millas tierra adentro, tenía madera lista para ser embarcada, fruto de años de arduo trabajo. En ese momento, cualquier disturbio sería devastador. Otro miembro del grupo era Bartolo Bancalari, el principal reclamante italiano. Algunos estadounidenses lo llamaban «Bunkolario». Circulaban oscuras historias sobre sus métodos para acumular su reclamación de varios cientos de miles de dólares. Él también quería el tratado. Parecía una forma rápida de obtener el pago de su reclamación. Dos corresponsales de prensa también estaban presentes. «Pero, ¿por qué?», preguntó Coulter de repente, «no se podría hacer lo mismo sin ningún tratado, al menos hasta que el Senado se reúna el próximo otoño?»
Todos abrieron los ojos de par en par. Era una idea audaz. «Quizás se pueda arreglar», dijo el astuto Bancalari. Dió la casualidad de que el buque de guerra italiano Calabria se encontraba en Kingston. Bancalari telegrafió a su capitán para que se dirigiera rápidamente a Santo Domingo y se apoderara de las aduanas que previamente se habían adjudicado a los reclamantes italianos. Los corresponsales informaron al New York Sun y al Herald que buques de guerra extranjeros se dirigían a toda prisa al lugar para apoderarse de las aduanas, todo porque el tratado había fracasado. El Calabria llegó, y su inocente capitán hizo la exigencia que se le había encomendado de una manera autoritaria y muy satisfactoria. Nuestra administración, igualmente inocente, se sintió justificada para tomar medidas. A continuación, aparecieron noticias en los periódicos sobre un modus vivendi. La administración telegrafió al Sr. Dawson, preguntando qué significaban éstas cosas.
Mientras tanto, Bancalari se había dirigido al ministro Belga para obtener su consentimiento al acuerdo propuesto. El Sr. Coulter habló con el Sr. Dawson, quien consideró que era una excelente idea, pero dudaba de que todas las partes estuvieran de acuerdo. ¿Los italianos, por ejemplo? Le aseguraron que los italianos ya habían dado su consentimiento. Pero la Improvement Company nunca lo aceptaría. Le dijeron que «dejara a la Improvement Company en manos de Roosevelt». El asunto dependía completamente del consentimiento de cada uno de los muchos intereses contrapuestos, pero con tacto y paciencia, el Sr. Dawson concluyó el trabajo. El Sr. Roosevelt dió su aprobación por cable, y Morales, en su tambaleante posición de poder, se mostró eufórico.
El Modus Vivendi era prácticamente el mismo que el del tratado, con dos excepciones. Los recaudadores de aduanas Americanos serían nombrados por Morales, y nuestro propio Presidente sólo interpondría sus buenos oficios para recomendarlos, mientras que nuestros buques de guerra mantendrían a los recaudadores Americanos en las aduanas. Y en lugar del 55% por ciento de los ingresos que se destinarían a los acreedores, éste dinero se depositaría en el National City Bank de Nueva York. Si el Senado ratificara posteriormente el tratado, éste dinero se pagaría a los acreedores según lo previsto originalmente. De lo contrario, se devolvería al Gobierno Dominicano. Al mismo tiempo, el presidente Roosevelt envió al profesor J. H. Hollander de la Universidad Johns Hopkins para investigar las reclamaciones de Santo Domingo. Pero como es poco probable que los acreedores Europeos acepten las conclusiones del profesor Hollander, el Departamento de Estado ha propuesto que se establezca una junta de arbitraje internacional para que examine todas las reclamaciones y las reduzca.

Sr. Thomas C. Dawson Ministro Americano de Santo Domingo
EL ACUERDO ES BENEFICIOSO PARA LA ISLA.
A finales de abril llegó el interventor para Santo Domingo, el coronel George R. Colton, con un equipo de hombres experimentados: el Sr. J. H. Edwards, como auditor itinerante; los señores Joseph Swartz y D.F. Morris para combatir el contrabando en la frontera con Haití; y los señores H. Warren Smith y M. Drew Carrel, como asistentes en la oficina de la ciudad de Santo Domingo.
Al detenerse en los diferentes puertos de camino a la capital, el coronel Colton presintió problemas. Excepto en Monte Cristi, donde el Sr. Leiper seguía al mando, y en Puerto Plata, donde el Sr.Judge Abbott había sido reemplazado por el Sr. J. C. Strickland, todas las aduanas seguían administradas por las fuerzas locales. Éstos hombres esperaban ser destituidos para dejar paso a los Americanos. El coronel Colton los nombró sus adjuntos. Incluso les aumentó el sueldo, y conservaron un bono cada uno. Ésto los hizo tan felices como niños, y se apresuraron a que les tomaran las medidas para los uniformes. En definitiva, el plan de administración fiduciaria en su etapa experimental puede considerarse un éxito, y sin duda un mérito para los Americanos que tienen la ingrata tarea de estar involucrados en él. Nuestros buques de guerra, por supuesto, deben estar siempre cerca. De lo contrario, las aduanas serían ocupadas de la noche a la mañana por revolucionarios. Pero sin la recompensa de la revolución, no hay revolución. El descontento latente persiste en Monte Cristi y en el interior del país, y una sorpresa en cualquier momento no debería sorprender a nadie. Un complot para la secesión o para la anexión a Haití, cualquiera de éstas opciones, sólo confirmaría la reputación de Monte Cristi. El Gobierno Dominicano sigue recibiendo el 45% por ciento de los ingresos aduaneros, una cantidad mayor que la que jamás había recibido antes. Los pagos de salarios también son regulares, y los soldados, policías, diputados y ministros reciben sus sueldos puntualmente. Ésto, en sí mismo, es una innovación, y la más efectiva que se podría haber ideado. Por odiosa que sea la mano que les dá de comer, los Dominicanos, en el fondo, desean el tratado. Ahora se encuentran en una tensa incertidumbre, a la espera de la decisión del Senado. Pero se reservan el derecho de odiar a Morales por ello, y de odiar también a los Americanos, aunque en menor medida.
¿Y cuál es su situación hoy?

EL CORONEL GEORGE R. COLTON Y SU ESTADO MAYOR: LA COMISIÓN ENVIADA POR EL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS PARA ADMINISTRAR LAS ADUANAS.
- (1) Mr.H.A.Smith
- (2) Colonel Colton
- (3)Mr.H.J.Edwards
- (4)Mr.M.D.Carrel
- (5)Mr.Joseph Swartz

LA CASA DE ADUANAS DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO, DONDE LOS AMERICANOS ADMINISTRAN LOS SERVICIOS ADUANEROS.
RECURSOS MARAVILLOSOS
La riqueza de Santo Domingo es riqueza desperdiciada. El espectáculo es para que cualquier hombre blanco previsor y progresista se sienta desolado. En todas las populosas Indias Occidentales no hay una isla más rica que la de Santo Domingo y Haití. Santo Domingo, con tres veces la superficie de Puerto Rico, apenas tiene la mitad de la población. En lugar de 500.000 habitantes, Santo Domingo podría mantener a 6.000.000, e incluso más, sin necesidad de importar ni una onza de alimentos, aunque ahora su medio millón de habitantes, nerviosos, pendencieros y atrasados, no producen lo suficiente para alimentarse. Sin embargo, la tierra fértil es tan negra como el ala de un cuervo, en medio de la exuberancia del calor tropical, la tierra produce sin cesar. Bosques de las maderas más preciadas, frutas, incluso café y cacao, crecen silvestres y se pudren, sin que nadie se dé cuenta. Casi ningún valle ni ladera es estéril. No hay bestias feroces ni serpientes venenosas. El clima nunca es tan insoportable como un verano en Nueva York. Sin ningún tipo de saneamiento, tanto las ciudades como el campo están libres de plagas de fiebre, y los pocos habitantes de ésta exuberante naturaleza pueden darse un festín a su antojo. Cuando por fín se despiertan de su letargo, lo hacen con la ardiente pasión de la guerra.
En la región del Cibao, famosa localmente y descrita como más fértil que el lodo del Nilo, se puede viajar desde el amanecer hasta el anochecer sin encontrar rastro de arado ni hacha. Aquí, como también en el sur, hay colinas cubiertas de caoba, con árboles intactos. Con buenas carreteras, su mayor necesidad, el país no ofrecería en vano sus espléndidos bosques. Los Dominicanos suman ahora sólo unos pocos cientos de miles. Su sangre es débil, su carácter endeble. Con un ligero ataque de fiebres, se postran y mueren. Pero no se someterán a la tributación directa.

EN LA FÉRTIL REGIÓN DEL CIBAO

LA CATEDRAL DE SANTIAGO
UN PUEBLO QUE VIVE AL DÍA
Los sirvientes suelen ser negros de las Islas Turcas y de Saint Thomas . Incluso los policías son con frecuencia Puertorriqueños . Cuando el Dominicano más humilde accede a trabajar como sirviente, no hay nada de servil en ello. Incluso la Iglesia, tan poderosa habitualmente entre los pueblos latinos, aquí apenas cumple con sus funciones de forma superficial. Ni siquiera puede incursionar en la política. La santidad del matrimonio es tan obsoleta como la constitución del país. Si te encuentras con un hombre en un camino rural, siempre vá de camino a casa, sin importar la dirección que tome. Él tiene una familia en cada pueblo vecino. Las queridas de un hombre no viven en la misma casa que su esposa, pero sus hijos sí pueden vivir allí. Un visitante en la casa de un prominente Dominicano le preguntó una vez a la esposa si todos los niños que jugaban a su alrededor eran sus hijos. Ella respondió que «éstos sí lo son», señalándolos, pero que «los otros» eran «sólo de su marido». Lo dijo con total naturalidad. Pero la mujer Dominicana, si bien es proverbial su lealtad, incluso como querida/amante, también tiene su independencia. Si pertenece a la clase alta, vá al club, a su propio club en una casa club. Si pertenece a la clase baja, aunque no tenga una casa club, fuma puros con tanta libertad como un hombre.
La revolución es la forma en que se expresa la voluntad popular. El Dominicano toma su viejo rifle o machete y sale a derrocar al partido en el poder, con menos esfuerzo que el estadounidense que se desvía una cuadra para ir a las urnas. Jiménes ,por ejemplo, tiene aspiraciones presidenciales. Conquista a la maquinaria revolucionaria. El jefe de una provincia, como el audaz joven Demetrio Rodríguez del turbulento distrito de Monte Cristi, está listo. Su maquinaria siempre está en funcionamiento. Éso significa que puede conseguir mosquetes y municiones de contrabando a través de la frontera haitiana. Le susurra la orden a los jefes menores. Cada jefe menor envía a sus secuaces armados, y dondequiera que aparece un secuaz, el Dominicano, ya sea que esté a punto de cosechar su pequeña cosecha o comiendo plátanos con indolencia bajo un árbol de mango, obedece impasiblemente el llamado a las armas. No le importa pasar unos meses en la selva. Tendrá la oportunidad de vivir de la cosecha sin recolectar de algún otro Dominicano y, aunque está dispuesto a que le disparen, quizás tenga la oportunidad de dispararle a su enemigo personal. Entonces Demetrio proclama la revolución. Fija la fecha astutamente para el día en que se espera un barco en el puerto de Monte Cristi. Conquista el pueblo, cobra los aranceles de los barcos. De repente, tiene fondos para su campaña. Finalmente, asedia la capital. Hay un derroche frenético de balas, sin un objetivo concreto, hasta que el gobierno sale a capitular. Jiménes entra triunfante y se declara presidente provisional. Luego convoca a elecciones y se convierte en presidente constitucional; es decir, hasta que, a su vez, sale y capitula. El año récord de exportaciones de Santo Domingo fué el 1900, el único año reciente en el que no hubo revolución. La vida del Dominicano es demasiado unilateral. En consecuencia, no posee ni experiencia ni habilidad agrícola. Su café está mal procesado, su tabaco mal curado. Se dá cuenta de que su país sólo ofrece una industria lucrativa: la corrupción.
Un sistema como éste hace que sea muy difícil ser honesto. Un importador que no está en connivencia con el jefe pronto se vé aplastado por la competencia de quien paga sólo una fracción de los aranceles. En consecuencia, hasta la llegada del régimen Americano, las empresas más grandes estaban implicadas en éstas prácticas. Los inspectores de aduanas Americanos han tenido que confiscar mercancías que estaban facturadas con un peso inferior al real. El arroz se empaquetaba en dos sacos para que el segundo entrara libre de impuestos. Como resultado, los inspectores de aduanas Americanos no son muy populares. Los llaman los «esbirros de Roosevelt».
Luego está el sistema de pagarés. Un importador retira sus mercancías del muelle y, para pagar los derechos de aduana, deja un pagaré. Sin garantía ni intereses, se le otorgan entre diez y sesenta días, según el monto. Pero el Gobierno Dominicano siempre necesita dinero en efectivo. Le pide prestado al importador y le entrega como garantía el propio pagaré del importador. Paga un descuento. Paga intereses del 2 por ciento mensual. El Gobierno entregó el pagaré de un importador por $10,000 y aceptó de él $8,000 en efectivo.
El Gobierno ha tenido que hacer tratos aún más desventajosos. Incluso ha ofrecido su papel timbrado como garantía. Ha vendido sellos de correos con descuento. Ambos se pueden comprar a los comerciantes a precios bajos, como si se tratara de un reloj empeñado. Un comerciante adelantó al gobierno 10.000 dólares, pero la deuda se fijó en 20.000 dólares, es decir, con un descuento de 10.000 dólares. El valor nominal de la deuda, 20.000 dólares, devengaba un interés del 2% mensual. Como garantía, el comerciante posee ahora papel timbrado por valor de 40.000 dólares. Los empleados del gobierno, si es que cobraban, a menudo recibían su salario en ésta misma moneda, que luego vendían a los comerciantes con un descuento del 67%. Sin embargo, los sellos de correos pueden ser escasos. En Barahona, un estadounidense necesitaba un sello. La oficina de correos no tenía ninguno, la aduana tampoco, ni las oficinas municipales. El gobernador, al que se le solicitó ayuda, también andaba buscando sellos. Los Dominicanos se han comportado como niños en su ridícula imitación de las formas del gobierno moderno. Los impuestos sobre la pintura, por ejemplo, se calculan según el color, siendo el rojo el más gravado. Un reloj de níquel barato paga 1 dólar; un reloj de 100 dólares paga 1 dólar; una caja fuerte de hierro no paga ni un centavo. La harina, que cuesta 4 dólares el barril en Estados Unidos, paga un arancel de 7 u 8 dólares.

EN LA PLAZA DE BARAHONA
Un lamentable intento de mejora pública en una ciudad que sufre las consecuencias de las revoluciones

LA CALLE PRINCIPAL DE BARAHONA: UNA ESCENA TÍPICA DOMINICANA
CONCESIONES QUE OBSTACULIZAN LA ACTIVIDAD EMPRESARIAL
Las concesiones datan en su mayoría de la época del tirano Lilís. Con una monotonía asfixiante, su vigencia es de noventa y nueve años. Lo abarcan todo. Un Americano se entretenía proponiendo ésto o aquello, para ver si se topaba con alguna concesión en el camino. Invariablemente lo hacía, ya fuera para operar una línea de tranvía o importar trabajadores chinos. Pero no hay líneas de tranvía. No hay trabajadores chinos. Se obtuvieron y se mantienen muchísimas concesiones con fines puramente especulativos. Impiden la inversión de capital serio.
Unos cuantos pilotes y tablones, que representan un desembolso de $5.000 o $10.000 dólares, constituyen un muelle. Todo lo que se carga o descarga, ya sea en el muelle o no, paga un impuesto al concesionario del muelle. El demandante italiano, Bancalari, es propietario del pequeño embarcadero de piedra en Samaná. Hay una plantación de cocoteros a cuatro millas bahía arriba. Los cocos se cargan en barcazas que los transportan a los barcos anclados enfrente, pero cada coco contribuye a la riqueza de Bancalari. El muelle de la capital genera al menos $2,000 dólares al mes. Se amortizó en pocos años. La compañía naviera Clyde Steamship Line ha contribuido en gran medida a fomentar el comercio entre Estados Unidos y Santo Domingo, pero cobra tarifas de flete y de pasaje elevadas, y las instalaciones no son de las mejores. Sus barcos entran en Santo Domingo libres de tasas portuarias. Otros barcos no gozan de este privilegio.

El muelle de la ciudad de Santo Domingo que paga un dividendo de 2.000 dólares al mes a los concesionarios.
OPORTUNIDADES PARA EL CAPITAL
No sorprende, por lo tanto, que no haya habido una invasión industrial extranjera significativa en Santo Domingo. La inversión extranjera es principalmente Americana; sin embargo, el total de la inversión Americana no supera los 20 millones de dólares, y las empresas Americanas importantes no llegan a la veintena. Se concentran prácticamente en un solo sector: el azúcar. Dos tercios de la isla son aptos para la producción de azúcar. Para el año en curso, las exportaciones estimadas ascienden a 60.000 toneladas. La mayor parte se exporta a Estados Unidos. El presidente Morales ha eliminado el impuesto a la exportación.
Otra empresa Americana en el sector agrícola que merece mención es la plantación de bananos de la United Fruit Company en Sosúa, cerca de Puerto Plata, que requiere un servicio semanal de buques de vapor y, según se informa, genera un rendimiento del 20% sobre una inversión de 300.000 dólares. Existe también una importante empresa maderera, la Habanera Lumber Company. Los Americanos también tienen grandes perspectivas en un yacimiento petrolífero en el suroeste del país, con un capital de 1.000.000 de dólares. El petróleo podría servir como fuente de combustible para nuestra armada, lo que le otorgaría una gran importancia estratégica.

EL POZO PETROLÍFERO CERCA DE AZUA, EN LA COSTA SUR DE SANTO DOMINGO.
Santo Domingo, al igual que Haití y Puerto Rico, sufre de una grave escasez de ferrocarriles. Unos Escoceses operan sesenta y dos millas de vía férrea entre Sánchez y La Vega. La única otra línea es la de la Improvement Company , entre Puerto Plata y Santiago, con una distancia de veinte millas. Los Americanos son propietarios de los muelles en Azua y Macorís, pero con ésto prácticamente termina la lista de intereses Americanos en Santo Domingo. Aun así, su presencia es mayor que la de otros extranjeros.
A lo largo del río Yaque, en los ricos pastizales del interior, pastan y engordan rebaños de ovejas, sin que nunca se les esquile ni se les sacrifique. El viajero puede comprar un cordero, si logra encontrar al dueño, por diez centavos. Los cafetales podrían cubrir bien la mitad de la isla, pero 4.000.000 de libras es una estimación razonable de la exportación para este año. Otras estimaciones son: Cacao, 250.000 sacos de 100 libras; tabaco, 12.500.000 libras, principalmente a Alemania; cera, 500.000 libras; tintes, 1.500.000 libras; palo de campeche y maderas tintóreas, 5.000 toneladas.
Pero otros productos, algunos ni siquiera incluidos en la lista de exportación, aún conservan el atractivo de lo desconocido. Cualquiera de ellos podría ser fuente de riqueza. Se trata de palo de rosa, madera de satén, cedro, guayacán y caucho; naranjas, limas, limones, piñas y cocos; hierro magnético, azufre, vestigios de carbón, cobre, oro, plata, mercurio, estaño, mármol, sal, platino y ámbar. Quizás incluso haya diamantes. Santo Domingo es una región inexplorada.
EL INESCRUTABLE MORALES
Una posible vía de salvación parece estar personificada en el presidente Carlos Morales. Él sabía que su país no estaba realmente en bancarrota. Sólo necesitaba una buena administración. Le pidió a Estados Unidos que actuara como interventor de su país. Ésta fué la solución. Ésto hizo que lo odiaran aún más de lo que ya lo odiaban. Pero también le permitió mantenerse en el cargo. Y él es la única esperanza actual de Santo Domingo.
“No es uno de esos Hispano-Americanos irresponsables que hacen promesas a la ligera”, me dijo un hombre. “Puedes hablar con él con franqueza, y él será igual de directo contigo. Y puedes confiar en que cumplirá lo que promete. Creo que está intentando sinceramente sacar a su país del atolladero”.
Ésto puede considerarse una opinión generalizada entre la mayoría de los Americanos que sólo han pasado unos pocos meses en Santo Domingo. Un hombre de negocios se maravilló de su perspicacia y de su rapidez para detectar un fallo en una propuesta complicada. Según los estándares de las Indias Occidentales, su integridad es muy alta. Es decir, las personas imparciales no lo creen capaz de soborno. Pero tampoco afirman que, si tuviera que huir de la noche a la mañana, no actuaría en consecuencia si hubiera algo que pudiera llevarse. Un corresponsal de un periódico me contó que Morales lo había llamado y le había ordenado que enviara un telegrama con una versión completamente falsa de lo que estaba sucediendo, por el efecto que podría tener en los Estados Unidos. Se sorprendió mucho cuando el corresponsal le explicó que no podía hacerlo ni siquiera por cortesía. Un extranjero que lo conoce bien lo describió como vanidoso y superficial.
Circulan historias sobre sus extravagantes galanterías como sacerdote, pero quienes lo han visto en su hogar se sienten atraídos por él debido al afecto que demuestra hacia sus hijos. Sus admiradores sostienen que es demasiado fuerte para ser un títere de los políticos. La legalidad, dicen, es la consigna de su política. La mañana de su toma de posesión, mandó ejecutar a dos conspiradores. Pero existían pruebas documentales: habían confesado y habían sido juzgados. No permitirá que sus seguidores, ahora que están en el poder, se venguen de viejas rencillas. Su problema más grave, entonces, podría provenir de su propio partido. «No ha fusilado a nadie esta semana», es lo máximo que sus enemigos dirán a su favor. Y aunque es un defensor acérrimo de la ley, sobornó al bandido revolucionario Olvédio Santiago, que estaba disparando contra el pueblo de Azua, con $3000 dólares.

PRESIDENTE CARLOS MORALES DE LA REPÚBLICA DOMINICANA
REUNIÓN CON EL PRESIDENTE MORALES
Lo encontré en el Palacio, o edificio ejecutivo, que es una antigua construcción española en la plaza, con una imponente arcada en el exterior y un patio sórdido en el interior, con un olor a alcantarillado. Guardias desaliñados, con uniformes caqui amarillentos, holgazaneaban en la entrada. Subiendo por una estrecha escalera de madera, llegué a un balcón. Las pequeñas oficinas con olor a humedad que dan al balcón son los diferentes ministerios, cada uno con su nombre pintado en negro sobre la puerta, como por ejemplo, «Ministerio de Guerra y Marina». Otro cartel prohíbe escupir. En una esquina del balcón se accede a la antesala del despacho del presidente, pero justo al entrar, una alta reja de madera impide el paso. Hay un perchero, adornado con espadas, paraguas, sombreros de paja y gorras militares.
Hay una escoba apoyada contra la pared y un lavamanos de metal patentado. Empleados y secretarias, un elegante ayudante de uniforme, nativos descalzos, van y vienen, o se detienen a conversar. Le tratan con toda cortesía. El ayudante le deja pasar a través de la cerca y lleva su tarjeta a una habitación interior. Cuando usted entra después, se encuentra ante un hombre vestido de lino blanco con botones dorados, que ya se ha levantado de su escritorio para saludarle. Es el Presidente.
Por su porte, sus rasgos y su conversación, lo toma por un hombre blanco, un típico hispanoamericano. La única pista sobre la mezcla de sangre de su ascendencia es su cabello rizado. Es más claro que muchos anglosajones que han adquirido un intenso bronceado tropical. Sus mejillas son redondeadas. La nariz no es plana.
Sus labios no son gruesos, aunque sí carnosos. Habla con un ligero ceceo. Tiene treinta y cinco años y es de estatura media. Cuando no habla, su mirada tiene una expresión algo pesada, un atisbo casi imperceptible de desprecio. En una ocasión, cuando miraba a nuestro Ministro, que estaba presente, uno podía imaginar que la mueca de desprecio estaba allí. Habla español con lentitud. Al hablar de la lamentable situación de su país, sonríe con aire de disculpa, con un toque de humor. No da la impresión de estar muy afligido por ello. Cuando declaró que deseaba el progreso de su país y, por lo tanto, la llegada de empresas extranjeras, sus palabras, si se escribieran, sonarían sinceras; pero al escucharlas, no transmitían gran sinceridad. Uno tiene la sensación de que no dice todo lo que piensa. Y también se percibe la fuerza que reside en la astucia cuando se combina con una apariencia afable. Uno siente que Morales es un hombre fuerte porque no se puede saber con exactitud hasta dónde sería capaz de llegar.
Las visitas posteriores no fueron tan formales. Su informalidad lo hace bastante simpático. Habla con animación, revelando una naturaleza ingenua y sencilla. Sus ojos negros, sombreados por largas pestañas, brillan con la picardía de un joven apuesto y rebelde que ha cosechado triunfos entre las mujeres. Cuesta recordar que fue sacerdote y que se abrió camino hasta este sillón giratorio, tan poco romántico, a base de una lucha encarnizada. Está francamente orgulloso de su nuevo cargo, pero sin rastro de arrogancia. Dice: «Mientras sea presidente…», como un muchacho que planea su primera cacería de patos.
Sobre el escritorio hay un teléfono, y él mismo contesta las llamadas. Le dice a su esposa que saldrá de camino a casa de inmediato, o dá órdenes para el abastecimiento de carbón de una de sus dos lanchas cañoneras. La oficina es pequeña, con hule en el suelo y largos espejos dorados en la pared. Ayudantes y mensajeros, el gobernador de una provincia, comerciantes con reclamaciones, cónsules extranjeros, todos entran y salen, y cuando Morales quiere hablar en privado, lleva a su interlocutor al amplio balcón que da a la plaza.

EL PALACIO DEL PRESIDENTE
LOS ASESORES DEL PRESIDENTE
Los empleados del gobierno no parecen sentir ningún respeto por él. El vice-presidente, Cáceres, el asesino de Lilís, es alto, corpulento, robusto y popular. Exige favores políticos para el partido Horacista y se expresa en la pequeña oficina con vigor. Pero no es rival para Morales en el juego de la política. Su mejor amigo es Velásquez, el ministro de Finanzas, un mulato trabajador y obstinado, con barba y rasgos españoles, cuya principal tarea es obstaculizar todos los esfuerzos Americanos, a pesar de haber firmado el tratado. El Secretario de Guerra es un negro, también con rasgos y afabilidad españoles. Durante la última revolución, mientras sitiaba un puerto, tuvo una ocurrencia estratégica. Comandaba una cañonera. Las tropas también sitiaban la ciudad por tierra. Concibió la idea de la cooperación. Por la noche, las tropas terrestres dispararían una señal. Entonces él desembarcaría y las dos fuerzas atacarían simultáneamente. La señal se disparó según lo acordado. Pero la cañonera se mantuvo a distancia. De nuevo la señal, de nuevo sin respuesta de la cañonera. El genio de la cooperación explicó más tarde que temía que la señal fuera sólo una trampa del enemigo. Pero es un ministro Dominicano típico. En el mejor de los casos, es un gobierno de niños, con la siempre presente esperanza de redención en el jefe.
Los diputados, o congresistas, son hombres aún más insignificantes. Dos de cada provincia, se reúnen en una sala en la planta baja del Palacio y dan la impresión de ser dependientes de tienda de aspecto dudoso reunidos en un club de debate. Sus pistolas se transparentan bajo sus abrigos. Cumplen con los formalismos parlamentarios con gravedad. Pronuncian discursos importantes o apasionados. Pero hacen exactamente lo que les ordena el hombre de arriba, sentado en su sillón giratorio.

LA POLICÍA DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO FRENTE A LA COMISARÍA
Cuando están de servicio, los policías portan fusiles.
HOSTILIDAD HACIA LOS ESTADOUNIDENSES (AMERICANOS)
El pueblo mismo no nos quiere. En primer lugar, existe la antipatía hosca de una raza sureña hacia una raza norteña y hacia el vigor del Norte. En segundo lugar, está la naturaleza desconfiada de un pueblo inexperto y más débil, acentuada por la propaganda de los Europeos en nuestra contra, y también por las quejas ingratas de los puertorriqueños residentes sobre cómo están «sufriendo» bajo el régimen Americano. Pero los Dominicanos han tenido sus propias experiencias. Los más ignorantes creen que pretendemos apoderarnos de su isla y exigirles un impuesto per cápita como garantía contra la esclavitud. Los más inteligentes son extremadamente sensibles a nuestras necesidades estratégicas. Pero todos, excepto los oportunistas revolucionarios, desean la tranquilidad. Sin embargo, el único método para conseguirla —la intervención— los inquieta y los vuelve desafiantes.
En sus revoluciones respetan a los extranjeros, porque los extranjeros nunca han sido un problema. Cada pueblo tiene muchos mástiles, y al estallar las hostilidades, se iza la bandera de cada extranjero, y los Dominicanos pasan de largo para matar a sus propios compatriotas. Pero ahora que nos hemos convertido en un problema, nadie puede predecir qué rumbo inesperado tomará un futuro levantamiento.
El Dominicano parece volverse corrupto en cuanto tiene acceso a fondos públicos, pero en su vida privada es la personificación del honor y la hospitalidad. Detesta a los ladrones. Los viajeros cuentan que han dormido en hamacas en chozas de nativos, llevando consigo grandes sumas de dinero, y nunca han perdido un centavo. Uno de ellos fué llamado por su anfitrión, un hombre de aspecto humilde, quien le devolvió un billete de 10 dólares que se le había caído. En una ocasión, el Gobierno enviaba dinero a un pueblo para pagar a los oficiales. La caravana de burros fué detenida por el notorio revolucionario Perico Lasala, que estaba sitiando el pueblo. Perico registró las alforjas en busca de armas y municiones, pero al no encontrar nada, se disculpó y los dejó pasar. Sabía que el dinero pertenecía al Gobierno contra el que luchaba, pero no era un ladrón. Los agentes comerciales afirman que prefieren hacer negocios con comerciantes Dominicanos que con los de Haití, Puerto Rico o Venezuela.

UN VENDEDOR DE MUEBLES RÚSTICOS DE ESTILO PRIMITIVO
MEJORES CONDICIONES YA
El simple hecho de que los empleados del gobierno ahora reciban su salario regularmente le granjea respeto al impopular Morales. Sus enemigos ahora dicen que cumplirá su mandato. El soldado Dominicano sigue siendo una caricatura, pero al menos tiene uniforme. En lugar de comprar su libertad, ahora asiste a la escuela en el cuartel, y si al cabo de seis meses sabe leer y escribir un poco, es dado de baja. Los comerciantes, en muchos casos, están remodelando sus tiendas. Los hoteleros se están expandiendo, incluso instalando baños. Sus establecimientos están abarrotados por los pioneros de la iniciativa empresarial del Norte. Algunas de las concesiones fraudulentas están siendo anuladas y se ofrecen a la licitación de capitales serios. Se dá por sentado que el tratado será aprobado por el Senado este otoño, y prevalece el optimismo. Un alto oficial habló con los ojos brillantes sobre el momento en que su gobierno estaría en la misma posición con respecto a Haití que la que tiene actualmente Estados Unidos con respecto a Santo Domingo. Dando por sentado el tratado, los optimistas dicen que después de unos años de administración aduanera honesta, habría una reducción de los aranceles.
Una reducción de los aranceles aumentaría los ingresos aduaneros, ya que las importaciones crecerían constantemente, y el tesoro público recuperaría rápidamente su solvencia. Santo Domingo se convertiría en un mercado para productos manufacturados. La población se daría cuenta de cómo los anteriores gobiernos revolucionarios les habían arrebatado incluso el pan de la boca. Esto generaría un sentimiento contrario a las revoluciones. Cabría esperar la instauración de un aparato gubernamental similar al de México, Brasil y Argentina.
Por lo tanto, las posibilidades de progreso de Santo Domingo parecen depender claramente de la ratificación del tratado por parte del Senado. El comercio exterior de la isla asciende a $8,000,000 o $9,000,000 millones de dólares al año. Por cada dólar que se añada al poder adquisitivo de Santo Domingo, nuestro propio comercio aumentaría al menos en cincuenta centavos. El desarrollo futuro se deberá a los Americanos. Los Dominicanos no tienen capital propio. Por lo tanto, estamos muy interesados en las posibilidades económicas de Santo Domingo.
Luego está el aspecto económico de todo el Caribe, de Sudamérica y del mundo Asiático con sus millones de futuros compradores. Por ello estamos construyendo el Canal de Panamá, o al menos intentándolo. Debemos protegerlo. Por lo tanto, Santo Domingo puede ser de suma importancia para nosotros por razones estratégicas. Si el tratado fracasa, habrá una revolución y se repudiarán las deudas, en cuyo caso tendremos que tomar posesión por la fuerza o permitir que otra potencia lo haga. Entonces tendríamos que expulsar a esa otra potencia. De lo contrario, esa potencia tardaría años en cobrar la deuda de sus ciudadanos. Se cree que Alemania está esperando, lista para ocupar la bahía de Samaná a la primera oportunidad.

LA COSTA DE LA BAHÍA DE SAMANÁ, EL PUERTO ESTRATÉGICO CODICIADO POR ALEMANIA.
NUESTRA NECESIDAD DE LA BAHÍA DE SAMANÁ
La bahía de Samaná es un paralelogramo que se adentra en la costa oriental de Santo Domingo. Es casi un mar interior, de nueve millas de ancho y veintiuna millas de largo. Tanto en el interior como en el exterior hay bancos de arena peligrosos. El canal de navegación a la entrada se estrecha hasta un paso de seis décimas de milla de ancho, entre una isla y tierra firme. Al otro lado de la isla, la entrada está completamente bloqueada por una barrera de coral. La isla se encuentra a solo tres cuartos de milla de la costa, por lo que los cañones situados en cualquiera de los dos puntos podrían controlar la entrada. Pero una vez dentro, el canal se ensancha, y hay lugares donde toda nuestra armada podría anclar. Existe un lugar así detrás del banco de coral. En éste arrecife se podría construir un rompeolas para protegerse de las tormentas.

EL PUEBLO DE SÁNCHEZ, SAMANÁ

EL CLUB DE SÁNCHEZ
Cada pueblo tiene al menos un club para hombres y, por lo general, uno para mujeres.
La bahía de Samaná controla el paso de la Mona, y este paso, situado entre Santo Domingo y Puerto Rico, se encuentra en la ruta directa entre Europa y el Canal de Panamá. Si Guantánamo y Culebra son tan estratégicas como se afirma, entonces posiblemente nuestra cadena de defensas en el Caribe sea suficiente sin la bahía de Samaná. En ese caso, estaríamos seguros siempre y cuando ninguna otra potencia se apodere de la bahía. Pero la neutralidad de Santo Domingo no es inviolable, y ahí reside la clave del problema Dominicano.
La Administración desea el tratado para evitar la necesidad de apoderarse de un sólo palmo de territorio. Pero, ¿qué pasa con los $2.000.000 de dólares anuales que nos cuesta nuestra flota en aguas Dominicanas? Los ingresos totales de Santo Domingo para 1905 se estiman en tan solo $2.900.000 dólares. No puede pagar el costo de los buques de guerra bajo la administración fiduciaria. Y si la flota fuera necesaria en otro lugar, tendríamos que construir otra flota para reemplazar la «flota Dominicana», además de seguir pagando los $2.000.000 de dólares. El beneficio negativo de mantener a otras potencias fuera de la bahía de Samaná justificaría por sí sólo el gasto, pero la amenaza siempre estará presente mientras no ocupemos la bahía nosotros mismos. Sin embargo, para tomar la isla tendríamos que matar o sobornar a casi todos los hombres aptos para el combate, y, tanto para Dominicanos como para Haitianos, tomar la bahía de Samaná sería un paso hacia la conquista de la isla.
La dificultad es de la mayor gravedad. Los isleños son demasiado impulsivos para comprender que nosotros somos solo la amenaza más inmediata a su integridad territorial. Si bien nosotros podríamos conformarnos con la bahía de Samaná, otra potencia no lo haría. Solo mediante una demostración podrán comprender que, si nos vemos obligados a replegarnos dentro de nuestras fronteras por la falta de la bahía de Samaná, otro enemigo, nuestro vencedor, inevitablemente se abalanzaría sobre ellos como botín de guerra. Sin embargo, nos oponemos a que se produzca tal demostración. Si para salvarnos necesitamos la bahía, solo tenemos que decidir si la tomaremos y, de paso, salvaremos también a los dominicanos. La justicia divina nunca quiso que un hombre hambriento permitiera que un niño se llenara la garganta hasta enfermarse con una hogaza de pan entera.
San Juan. Puerto Rico.



































