HistoriaRD-Serraty.

Espacio para estudiar, analizar y conocer los hechos históricos, culturales y de ámbito general que han conformado la nación de la República Dominicana a través de toda su historia.

Índice de contenidos

  • Santo Domingo en venta, año 1892: Deuda, Concesiones y Amenaza a la Soberanía.
  • Santo Domingo: La ciudad europea más antigua en suelo americano. Año 1904.
  • Santo Domingo: Una República Turbulenta. Años 1903 y 1904.
  • La República Dominicana: una tierra de promesas y desconocimiento. (Año-1904)
  • Santo Domingo en 1904: Crónica de una República Estancada.
  • Santo Domingo, La «Isla de la Inquietud»
  • Santo Domingo: La Isla del Caos (1904).
  • El Futuro de la República Dominicana por el general Juan Francisco Sánchez (Año-1904)
  • La verdadera historia de Máximo Gómez
  • La Cuba Interesante.(año 1905)
  • La Diplomacia de Fuego Rápido: El intento de establecer una administración estadounidense sobre las finanzas dominicanas.(1905)
  • El nuevo protocolo dominicano-estadounidense y la disputa sobre el control de las aduanas (1905)
  • La República Dominicana y los Estados Unidos. (Año-1905)
  • Nuestro Desacierto en Santo Domingo-Año-1905
  • Jacob H. Hollander y el estudio de la crisis financiera de la República Dominicana. (Año-1907)













  • Introducción:

    En 1905, la República Dominicana se encontraba al borde del colapso financiero y político. Las continuas revoluciones, la pesada herencia de la dictadura de Ulises Heureaux y una deuda externa enorme inflada por prácticas usurarias habían debilitado al Estado hasta hacerlo vulnerable a la intervención de potencias extranjeras que reclamaban su dinero con una presión constante, éstos acreedores extranjeros cuyas reclamaciones eran respaldadas, en última instancia por la amenaza de la fuerza naval de las potencias Europeas haciendo presencia en las costas dominicanas amenazando con apoderarse de las aduanas para por fín poder cobrarse las deudas. Sumándole a ésto la deuda contraída y vinculada con la empresa norteamericana, la San Domingo Improvement Co., a través de la cúal los Estados Unidos de manera directa pasaron a litigar y a reclamar los intereses de dicha compañía con la firma del Protocolo del 31 de Enero del año 1903 de parte del gobierno provisional de Horacio Vázquez con el de los Estados Unidos, luego el sucesor presidente Alejandro Woss y Gil tuvo que reconocer dicho protocolo o de lo contrario eso significaría el rompimiento de las relaciones, al igual que Morales no le quedó de otra que hacerlo.

    En ése escenario asumió la presidencia Carlos Felipe Morales Languasco, un gobernante joven, astuto, culto y pragmático cuya integridad personal es valorada favorablemente por muchos observadores extranjeros, pero cuya legitimidad interna es frágil y constantemente amenazada, éste consciente de éso y de la amenaza de una ocupación Europea para el país, optó por seguir el mejor camino y la solución más práctica y real posible que consistía en gestionar de la mejor manera lo inminente que ya se estaba gestando con la convención Dominico-Americana y por eso Morales ideó el plan de la puesta en marcha de la convención de manera inmediata y administrativa, ésto fué aprobado y se denominó con el nombre de Modus Vivendi, ésto fué un hecho sin precedentes y los buenos resultados empezaron a verse y sentirse de manera inmediata.

    El Modus Vivendi fué un éxito rotundo y por primera vez en nuestra historia republicana ya se comenzó a pagar las deudas de manera efectiva y al Gobierno Dominicano le quedaban ya al fín recursos para imponer el orden, garantizar el pago de salarios, frenar las revoluciones y sobre todo atraer capital extranjero al país. Todo ésto gracias a la intervención aduanera de los Estados Unidos en todos los puertos de la República Dominicana con una administración totalmente eficiente.

    El texto a continuación, escrito por el afamado periodista y novelista estadounidense, Eugene P. Lyle Jr (1873-1962); constituye un testimonio de primera mano sobre ése proceso de la intervención aduanera por parte de los Estados Unidos en Santo Domingo y sobre la política exterior americana del período del Big Stick y del Corolario Roosevelt a la Doctrina Monroe, dónde se buscaba sobre todo en el Caribe, asegurar posiciones estratégicas fundamentales en vísperas de la apertura del Canal de Panamá y también asegurar y finalizar toda injerencia financiera de las potencias Europeas que ya tenían varios siglos de presencia constante en la zona.

    Jorge Serraty

    Our mix-up in Santo Domingo

    NUESTRO DESACIERTO EN SANTO DOMINGO

    LA HISTORIA DE NUESTRA INTERVENCIÓN Y SUS RESULTADOS: LA REPÚBLICA NEGRA Y NUESTRAS NECESIDADES ESTRATÉGICAS – UN CAOS DE DESORDEN EN UNA TIERRA DE RIQUEZAS SIN EXPLOTAR – EL ENIGMA DEL PRESIDENTE DOMINICANO

     

    POR

    EUGENE P. LYLE,JR.

    (El primero de una serie de artículos de primera mano sobre nuestro control del Caribe)

    LA FORTALEZA SITUADA A LA ENTRADA DEL RÍO PARA PROTEGER LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO.

    Cuando el gobierno de Santo Domingo incumplió sus obligaciones financieras, atendimos su petición de ayuda. Pero el tratado con la República antillana aún está pendiente. El Senado todavía no se ha pronunciado. Mientras tanto, nuestra flota allí nos ha estado costando $2.000.000 de dólares al año. ¿Por qué debemos tomarnos tantas molestias por la República Dominicana? ¿Cuáles son nuestros intereses allí? ¿Qué relación tiene Santo Domingo con nuestro futuro control del Canal de Panamá? Fué para responder a éstas preguntas que comencé mi investigación sobre las condiciones en las Antillas, empezando por Santo Domingo, y es la historia fascinante que se reveló la que me propongo contar aquí. 

    En Santo Domingo, el espíritu de «independencia» individual paraliza todo esfuerzo humano, excepto la sed de poder y de saqueo. 

    El Dominicano, una mezcla de Español y Africano, exagera el orgullo de uno y la insolencia del otro. Su carácter se compone de una disposición hosca y propensa a la riña. Cuanto más blanco es, más cortés; cuanto más negro, mejor carácter tiene. Pero el mestizo es la norma, y su espíritu de independencia es la independencia del individuo. Su símbolo distintivo es la pistola. Sea hombre o muchacho, debe llevar una en la cadera, cuanto más grande mejor, y dos si es posible. La venta de armas está rigurosamente prohibida, pero compra una de contrabando que vale 2 dólares por 50, pasando hambre durante meses para ahorrar el dinero. A partir de entonces, a la menor ofensa a su preciada virilidad, comienzan los disparos. Las balaceras son el pan de cada día en Santo Domingo.

    Desde la época de Diego, hijo de Colón, Santo Domingo ha obtenido su independencia tres veces, dos de España y una de Haití. Aún insatisfechos, los Dominicanos se han enfrentado entre sí, cada uno por su propia idea de libertad. Pero para comprar la pólvora, los Dominicanos tuvieron que pedir prestado a aventureros extranjeros, en condiciones de precios enormemente rebajados y con una usura descarada. Naturalmente, no pudieron pagar éstas deudas. Las constantes luchas convirtieron el fértil país en un páramo. Incluso el arroz y las patatas provenían del extranjero. Poco después, los extranjeros exigieron la devolución de su dinero. Sus cobradores eran buques de guerra. Por lo tanto, los Dominicanos nos pidieron ayuda a nosotros, el pueblo Americano. Y a nosotros también nos preocupan éstos buques de guerra extranjeros. La amenaza para los Dominicanos resulta ser una amenaza para nosotros mismos. Su espíritu indomable de libertad se convierte para nosotros en un asunto personal de vital importancia.

    EL ÁRBOL EN LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO AL QUE SE DICE QUE COLÓN ATÓ SU CARABELA.

    EL ÁRBOL DE COLÓN DESDE LA COSTA

    LA CASA DE COLÓN, CON VIVIENDAS MODERNAS EN PRIMER PLANO.

    CÓMO SANTO DOMINGO SE ENDEUDÓ 

    La historia inmediata puede comenzar convenientemente en 1884, cuando «un negro de aspecto desagradable», Ulises Heureaux, apodado «Lilís», llegó al poder. Las anécdotas de su crueldad y su humor macabro, de su corrupción y libertinaje, se están convirtiendo en una especie de leyenda popular, contada con tono sombrío a oyentes fascinados. Un periódico de Puerto Rico catalogó sus crímenes. La lista ocupaba varias columnas. La cifra habitual de víctimas es de dos mil. La mayoría de las reclamaciones extranjeras que ahora acosan a Santo Domingo datan de su época. El dinero prestado fué a parar al tirano para sus propios fines licenciosos y derrochadores, y permitió que las obligaciones se duplicaran o triplicaran en los bonos de los prestamistas. Finalmente, debilitado por los excesos, con el cerebro deteriorado, el tosco negro quería aún más dinero. Las aduanas, las concesiones, los monopolios, todo había ido a parar a los usureros que explotaban sus apetitos. Emitió papel moneda. Ni siquiera un tirano puede hacer eso. La gente no aceptó el dinero sin valor. Una terrible confusión se extendió por todas partes. Surgieron revolucionarios. Finalmente, Lilís fue asesinado a tiros por Ramón Cáceres, cuyo padre había sido asesinado por orden de Lilís. Cáceres es ahora Vice-Presidente de Santo Domingo.

    LA ENTRADA A UN PUERTO DOMINICANO

    EL ASCENSO DEL PRESIDENTE MORALES 

    Tras la muerte de Lilís, el 26 de julio de 1899, Juan Isidro Jiménes fué «elegido» presidente constitucional y Horacio Vásquez vice-presidente. Surgieron problemas con el extranjero. Los acreedores de Lilís exigían el pago de sus deudas. Pero Jiménes recuperó las aduanas que estaban en manos de acreedores extranjeros, entre ellos algunos Americanos . El gobierno de Estados Unidos lo presionó fuertemente, exigiendo el pago de 6 millones de dólares en nombre de tres reclamantes.

    Una de las empresas era la Santo Domingo Improvement Company, también llamada la «Compañía de la Destrucción» o, más brevemente, la «Compañía de Mejoras». La segunda era la Clyde Steamship Company, cuyas concesiones monopolísticas habían sido objeto de críticas, y el tercer reclamante era Juan Sala, un Español que hacía negocios en Nueva York. Jiménes sostenía que debían presentar sus cuentas, pero los reclamantes en Santo Domingo eran sensibles a éste punto y los tres se negaron. La disputa se prolongó durante más de un año, mientras tanto Jiménes tenía otros problemas. Finalmente, Vásquez organizó una revolución y derrocó a Jiménes. Vásquez intentó ser honesto, pero… otra revolución, y Alejandro Woss y Gil se convirtió en presidente. No reconoció ninguno de los acuerdos que Vásquez había hecho para resolver las demandas Americanas, sino que publicó un folleto dirigido a todas las potencias invitándolas a establecer un mar neutral alrededor de la isla. Tenía en mente particularmente a Alemania, y esperaba excluir a Estados Unidos de la bahía de Samaná. Nuestro encargado de negocios, W. F. Powell, protestó. Rompió relaciones diplomáticas y nuestros buques de guerra estaban a punto de zarpar. Pero… otra revolución más.

    En éste movimiento, en el que Jiménes era el líder, uno de los capitanes era Carlos Morales, quien ahora es Presidente de Santo Domingo. Había sido un joven sacerdote rebelde. Se dice que había tomado los hábitos para escapar de la persecución de Lilís. Pero Lilís lo había exiliado de todos modos, y también había estado en la cárcel acusado de malversar, o apropiarse, de 60.000 dólares destinados a gastos revolucionarios mientras era recaudador de aduanas. También había sido diputado, o congresista, mientras aún era sacerdote. Más tarde, abandonó el sacerdocio para casarse y sentar cabeza. Es un hombre culto. Habla inglés y francés, y vivió en los Estados Unidos durante un tiempo. Es casi blanco, con rasgos españoles y cabello rizado. En sus espléndidos ojos negros y juveniles hay una mirada de audacia. Disfrutaba de la lucha y era astuto. No tenía los escrúpulos de Jiménes a la hora de disparar contra políticos rivales. Éste era, pues, el hombre que dirigió las fuerzas de Jiménes contra la capital. Pero al llegar, descubrió que Woss y Gil ya había sido derrocado por los seguidores del expresidente Vásquez. Sin embargo, entró sin resistencia y, una vez dentro, se declaró presidente provisional. Los partidarios de Jiménes se enfurecieron. Comenzaron otra revolución más. Morales estaba perdiendo terreno hasta que cayó Puerto Plata el 18 de enero de 1904. La forma en que cayó merece ser contada.

    Carlos F. Morales Presidente de la República Dominicana

    LA RIDÍCULA BATALLA DE PUERTO PLATA 

    Morales envió a un general llamado Céspedes para tomar la ciudad, con unos 700 hombres. El general jimenista que defendía la ciudad era Deschamps, con unos 300 hombres y cinco generales. En el puerto se encontraba el Detroit, al mando del comandante Dillingham, y el buque de guerra británico Palace, al mando del capitán Robinson. Le preguntaron a Deschamps cuántos hombres tenía, y, cuando Deschamps respondió que varios miles, sugirieron que probablemente no tendría ninguna objeción en luchar en campo abierto. Deschamps, al verse acorralado, dijo: «Por supuesto que no». Entonces Dillingham envió un mensajero a Céspedes, y éste aceptó la propuesta de inmediato. La propuesta era la siguiente: Se marcaría una línea divisoria con banderas a las afueras de la ciudad. Deschamps debía posicionar sus fuerzas más allá de esta línea y luchar contra Céspedes a su antojo. Pero si era obligado a retroceder más allá de la línea, se consideraría derrotado y se rendiría bajo garantía. Por otro lado, Céspedes no debía perseguir a Deschamps más allá de la línea, dentro de la ciudad. Los cónsules extranjeros y miembros de clubes alquilaron carruajes y se dirigieron a la línea divisoria para presenciar la batalla. Apareció Céspedes. Deschamps estaba esperándolo. Los ejércitos y los generales protagonizaron un valiente tiroteo entre las palmeras. Deschamps retrocedió bajo las alegres banderas que ondeaban en las ramas, pero, en lugar de rendirse, continuó hasta llegar a la fortaleza, seguido de cerca por Céspedes. Entonces, los dos oficiales de la marina intervinieron. Detuvieron a Céspedes al pie de la colina donde se encuentra la fortaleza y entraron para consultar con Deschamps, quien, tras un consejo de guerra con sus generales, se rindió.

    LA PLAZA EN PUERTO PLATA

    EL CLUB DEL COMERCIO EN PUERTO PLATA

    ESTADOS UNIDOS INTERVINO 

    Casi al mismo tiempo, un vapor del Clyde era escoltado río arriba hacia la capital por una lancha de un buque de guerra Americano. Se produjeron disparos. El ingeniero Americano de la lancha cayó muerto. Inmediatamente, el buque de guerra, que se encontraba anclado en las cercanías, bombardeó la zona boscosa y dispersó a los revolucionarios. El asedio fué levantado. Morales había accedido a reconocer un protocolo con Estados Unidos, y ahora, el 20 de enero de 1904, el Sr. Powell lo reconoció formalmente como presidente provisional. Ésto le permitió obtener préstamos de los comerciantes como gobierno de facto, importar armas y declarar el bloqueo de los puertos hostiles. En resumen, le permitió someter al país y convertirse en presidente de facto. Al final, sólo quedaba un foco de rebelión: Monte Cristi, a menudo llamada la República Independiente de Monte Cristi, porque el gobernador de allí solía ser tan poderoso como un barón feudal. El líder rebelde de entonces era Desiderio- Desiderio Arias, un rufián hosco e analfabeto. Morales luchó contra él hasta el último momento, pero no veía cómo podría vencerlo. Así que la República Dominicana y la República Independiente de Monte Cristi firmaron un tratado de paz en junio de 1904. Desiderio reconoció a Morales como presidente, y Morales nombró a Desiderio gobernador. Desiderio supuso entonces que también se quedaría con la aduana, pero mientras se regodeaba con el botín, apareció un almirante Americano.

    DESIDERIO ARIAS

    EL GOBERNADOR DE MONTE CRISTI EN LA VERANDA DE SU «PALACIO»

    Un típico funcionario del Gobierno bajo la administración del Presidente Morales

    EL CAÑONERO DOMINICANO PRESIDENTE Y SU CAPITÁN, UN ITALIANO

    Éste barco era el yate inglés Deerhound, que rescató a la tripulación del Alabama durante nuestra Guerra Civil

    EL CASO DE CORRUPCIÓN DE LA EMPRESA «IMPROVEMENT»

    La cadena de acontecimientos que condujeron a éste suceso comenzó cuando Morales aceptó el protocolo con nuestro Gobierno. Su Ministro de Relaciones Exteriores, Juan Francisco Sánchez, y el Sr. A. C. León, como secretario e intérprete, viajaron a Washington para gestionar el arbitraje. Cabe recordar, por cierto, que la junta de arbitraje que se reunió en Washington no examinó la validez de las reclamaciones. La única función de la junta era establecer el método de cobro y pago. Sin embargo, cuando el Senado fué convocado la primavera pasada para ratificar un tratado que permitiera el cobro de las reclamaciones, quiso saber primero por qué debían cobrarse. Para el Senado, investigar la justicia de las reclamaciones antes de exigir su pago era el procedimiento más lógico. Según la gaceta oficial de Santo Domingo en lo publicado el pasado mes de marzo, la deuda externa asciende a $27.005.848,81 y la deuda interna a $32.896.074,04.

    Pero éstas cifras representan sólo lo que exigen los acreedores. De la deuda externa, se destaca la reclamación Belga de $21.198.054,35 y la reclamación de la Santo Domingo Improvement Company, estimada en $4.481.250. 

    Independientemente de los hechos que puedan salir a la luz en el futuro sobre la Improvement Company, el hecho más condenatorio de todos seguirá siendo la ferviente y amarga denuncia de la empresa por prácticamente todos los habitantes de la isla, excepto, por supuesto, aquellos que se benefician de ella. La intensa unanimidad es sorprendente. La Improvement Company allí equivale a la Standard Oil Company aquí. Hasta cincuenta Americanos, y otros tantos extranjeros, a quienes entrevisté, que representan casi la totalidad de las empresas extranjeras, dijeron lo mismo con gran dureza. Algunos añadían, casi con un siseo, que la pésima reputación de la «Compañía de la Destrucción» había englobado a todos los Americanos en una misma categoría, la de aventureros y pícaros. En consecuencia, les resultaba extremadamente difícil ganarse la confianza de un pueblo entre el que esperaban establecer un negocio honesto. También probé con los nativos, desde la costa más septentrional hasta la más meridional. La situación se convirtió en una especie de juego, para ver si el siguiente decía lo mismo que el anterior. Y siempre lo hacía.

    «¿La Improvement Company/Compañía de Mejoras?», repitió un Dominicano, encogiéndose de hombros y con un suspiro. Siguió una pausa y luego el hombre preguntó, con ingenua seriedad: «¿Cree usted que Roosevelt nos obligará a pagarles a esa gente? ¡No, señor! Él los echará, y nos libraremos de ellos. Siempre ha sido pagar dinero, pagar dinero, a ellos. Pero ellos no pueden mostrar las pruebas de que les debemos algo. No abren sus libros, no, señor. Pero si pudiéramos, les pagaríamos todo, con tal de que se vayan, que se vayan de nuestro país». En su mensaje al Senado la primavera pasada, el Presidente declaró que el Gobierno Dominicano no había recibido más del 50 o 75% por ciento de los ingresos aduaneros del valor nominal de la deuda externa, y que en algunos casos esta deuda devengaba intereses del 2 por ciento mensual sobre su valor nominal. El senador Burrows leyó cifras que indicaban que la inversión original de la Compañía de Mejoras era de solo $1,500 dólares. Incluso se sabe que algunos directivos de la compañía, en un arrebato de confianza o de triunfo, afirmaron que su desembolso no superaría los $50,000 dólares, por lo que ahora esperaban obtener 4.500.000 dólares de los Dominicanos. En cierta ocasión, varios extranjeros, prácticamente sin un centavo, se presentaron ante Lilís, el tirano, y le ofrecieron construir y operar un ferrocarril desde Puerto Plata hasta Santiago, una distancia de setenta millas, y Lilís aceptó. Una compañía Belga adquirió los bonos, y los Americanos (es decir, la Improvement Company) construyeron el ferrocarril con ése dinero. Y desde entonces, ellos también la han estado administrando, mientras que los Belgas poseen los bonos y reclaman en vano sus intereses. Como las reclamaciones contra el Gobierno por los atrasos actuales en reparaciones y gastos de operación tienen prioridad sobre las reclamaciones de los tenedores de bonos, los Americanos tienen, de hecho, una hipoteca preferente sobre el ferrocarril. Prácticamente se les entregó un ferrocarril, sin costo ni gasto alguno. Cinco décimas partes de las ganancias se destinarían a la compañía operadora, es decir, a los Americanos; dos décimas partes se aplicarían al pago de los intereses de los bonos; y las tres décimas partes restantes se destinarían al Gobierno Dominicano. Pero el Gobierno garantizó que las cinco décimas partes de la compañía operadora ascenderían a 100.000 dólares anuales. En consecuencia, el Gobierno no ha recibido nada; los tenedores de bonos no han recibido nada; y las reclamaciones de la Compañía de Mejoras/ Improvement Company se acumulan año tras año, según la supuesta discrepancia entre las ganancias y los $100.000 dólares garantizados. Dado que la carretera atraviesa la rica región del Cibao, los fletes son altos y los materiales de la compañía están exentos de aranceles aduaneros, cabe sospechar cierta astucia para mantener bajos los beneficios. Los altos salarios serían una de las maneras de lograrlo. Se habla de aventureros poco conocidos en los primeros tiempos de la compañía que se enriquecieron. Un comerciante americano que había visto los libros de la compañía me contó que el gerente recibía $10.000 dólares al año por administrar setenta millas de carretera. Mi informante también descubrió que el agente de compras en Nueva York recibía $500 dólares al mes, además de una jugosa comisión, por ejemplo, en la compra de carbón. Si el tratado implica arbitraje sobre la validez de la reclamación, entonces la Compañía de Mejoras/Improvement Company no querrá el tratado. Habrá oposición por parte de éste sector, y se ejercerán poderosas influencias en Washington para impedir su aprobación.

    EN EL FERROCARRIL DE LA IMPROVEMENT COMPANY

    Los vagones de pasajeros, del mismo tamaño que los tranvías, se acoplan a los trenes para carga de mercancías.

    UN PUESTO DE COMIDA EN EL FERROCARRIL DE LA IMPROVEMENT COMPANY

    Los árbitros encargados de dirimir las reclamaciones de la Improvement Company fueron el Honorable John G. Carlisle por los Estados Unidos, el Señor Don Manuel de J. Galván por Santo Domingo, y el Juez George Gray como árbitro imparcial. El 31 de enero de 1903, emitieron un laudo por el cual el Gobierno Dominicano debía pagar cuotas mensuales de $37,000 dólares a partir de ésa fecha. Estados Unidos designaría un agente financiero que, en caso de impago, se haría cargo de la aduana de Puerto Plata y, si fuera necesario, también de la de Monte Cristi. El agente nombrado fue el Juez J. T. Abbott, quien hasta entonces había sido vice-presidente de la Improvement Company. Ninguna elección podría haber sido más desafortunada. Ningún hombre, excepto quizás Morales, es más odiado en Santo Domingo. Su nombramiento les pareció a los Dominicanos como si nuestro presidente hubiera sido «influenciado» por la Improvement Company, y los Americanos han tenido mucho que hacer desde entonces para convencer a los Dominicanos de que nuestro gobierno no era cómplice de la compañía que los explotaba. El daño causado a la influencia estadounidense y a la iniciativa empresarial Americana por ése nombramiento todavía se siente.

    Para garantizar el pago de las cuotas mensuales, se consideró necesario tomar el control de las aduanas tanto en Puerto Plata como en Monte Cristi. En Monte Cristi, el hosco Desiderio, como era de esperar, se opuso, y el almirante Sigsbee llegó con su escuadra. El teniente comandante Leiper, del Detroit, un oficial bien conocido en la marina por su tacto y serenidad, fué enviado a tierra en una lancha para hacerse cargo de la situación. Una turba lo rodeó en la aduana y le apuntó con sus carabinas. Les aconsejó que sacaran a sus familias del pueblo antes de que lo mataran, ya que diez minutos después el lugar sería arrasado. Y el señor Leiper todavía se encuentra en Monte Cristi (junio).

    Pero Morales aún no podía sentirse seguro. Había que ocuparse de los demás puertos, y él no era lo suficientemente fuerte para hacerlo sólo. Aunque vanidoso en su nuevo cargo, Morales era lo bastante astuto como para percibir su debilidad. Era impopular. Se le difamaba como el «Sacerdote Carnicero». Además, otros acreedores extranjeros lo amenazaban. Cualquier amanecer podría encontrar a otro presidente en la capital. Comprendió que nunca podría mantenerse en el poder sin ayuda externa. Recurrió a la sabiduría y el poder de los Estados Unidos. Por iniciativa propia, ideó un plan por el cual nuestro gobierno actuaría prácticamente como interventor de su propio gobierno. Sus ministros se mostraron reacios, pero accedieron. Nuestro ministro residente, el Sr. Dawson, informó a Washington, y el Presidente aprobó. Envió al comandante Dillingham como su representante personal, y el comandante Dillingham, el Sr. Dawson y el Sr. Sánchez elaboraron un plan para la intervención. Se conoce como la Convención del 7 de febrero (1905), o más comúnmente como «el Tratado». Sin garantizar ni un centavo de la deuda Dominicana, nuestro gobierno recaudaría todos los aranceles aduaneros, pagaría el 45% de ellos al Gobierno Dominicano para sus gastos corrientes, y el resto, después de deducir los costos de recaudación, a los acreedores a pro-rata. El tratado fué enviado al Senado, y el Senado pospuso su decisión.

    La noticia cayó como una sentencia de muerte sobre las aspiraciones de Morales. Los revolucionarios permanecían en suspenso, a la espera. Los extranjeros, los empresarios, la gente que anhelaba paz y tranquilidad, todas las ambiciones, esperanzas y temores de Santo Domingo, pendían de un hilo, dependiendo de aquel cuerpo legislativo tan lejano en Washington. La noticia significaba de nuevo guerra civil, la vieja violencia, los incendios y el uso indiscriminado e incesante de armas de fuego. Los más sensatos estaban indignados. «¿Qué se puede hacer?» 

    La pregunta la formuló uno de los presentes en el café del Hotel Francés en la ciudad de Santo Domingo. Entre ellos se encontraba un ingeniero civil, el Sr. A. E. Coulter, gerente de la Habanera Lumber Company, una empresa de Virginia. A doscientas millas tierra adentro, tenía madera lista para ser embarcada, fruto de años de arduo trabajo. En ese momento, cualquier disturbio sería devastador. Otro miembro del grupo era Bartolo Bancalari, el principal reclamante italiano. Algunos estadounidenses lo llamaban «Bunkolario». Circulaban oscuras historias sobre sus métodos para acumular su reclamación de varios cientos de miles de dólares. Él también quería el tratado. Parecía una forma rápida de obtener el pago de su reclamación. Dos corresponsales de prensa también estaban presentes. «Pero, ¿por qué?», preguntó Coulter de repente, «no se podría hacer lo mismo sin ningún tratado, al menos hasta que el Senado se reúna el próximo otoño?»

    Todos abrieron los ojos de par en par. Era una idea audaz. «Quizás se pueda arreglar», dijo el astuto Bancalari. Dió la casualidad de que el buque de guerra italiano Calabria se encontraba en Kingston. Bancalari telegrafió a su capitán para que se dirigiera rápidamente a Santo Domingo y se apoderara de las aduanas que previamente se habían adjudicado a los reclamantes italianos. Los corresponsales informaron al New York Sun y al Herald que buques de guerra extranjeros se dirigían a toda prisa al lugar para apoderarse de las aduanas, todo porque el tratado había fracasado. El Calabria llegó, y su inocente capitán hizo la exigencia que se le había encomendado de una manera autoritaria y muy satisfactoria. Nuestra administración, igualmente inocente, se sintió justificada para tomar medidas. A continuación, aparecieron noticias en los periódicos sobre un modus vivendi. La administración telegrafió al Sr. Dawson, preguntando qué significaban éstas cosas.

    Mientras tanto, Bancalari se había dirigido al ministro Belga para obtener su consentimiento al acuerdo propuesto. El Sr. Coulter habló con el Sr. Dawson, quien consideró que era una excelente idea, pero dudaba de que todas las partes estuvieran de acuerdo. ¿Los italianos, por ejemplo? Le aseguraron que los italianos ya habían dado su consentimiento. Pero la Improvement Company nunca lo aceptaría. Le dijeron que «dejara a la Improvement Company en manos de Roosevelt». El asunto dependía completamente del consentimiento de cada uno de los muchos intereses contrapuestos, pero con tacto y paciencia, el Sr. Dawson concluyó el trabajo. El Sr. Roosevelt dió su aprobación por cable, y Morales, en su tambaleante posición de poder, se mostró eufórico.

    El Modus Vivendi era prácticamente el mismo que el del tratado, con dos excepciones. Los recaudadores de aduanas Americanos serían nombrados por Morales, y nuestro propio Presidente sólo interpondría sus buenos oficios para recomendarlos, mientras que nuestros buques de guerra mantendrían a los recaudadores Americanos en las aduanas. Y en lugar del 55% por ciento de los ingresos que se destinarían a los acreedores, éste dinero se depositaría en el National City Bank de Nueva York. Si el Senado ratificara posteriormente el tratado, éste dinero se pagaría a los acreedores según lo previsto originalmente. De lo contrario, se devolvería al Gobierno Dominicano. Al mismo tiempo, el presidente Roosevelt envió al profesor J. H. Hollander de la Universidad Johns Hopkins para investigar las reclamaciones de Santo Domingo. Pero como es poco probable que los acreedores Europeos acepten las conclusiones del profesor Hollander, el Departamento de Estado ha propuesto que se establezca una junta de arbitraje internacional para que examine todas las reclamaciones y las reduzca.

    Sr. Thomas C. Dawson Ministro Americano de Santo Domingo

    EL ACUERDO ES BENEFICIOSO PARA LA ISLA.

    A finales de abril llegó el interventor para Santo Domingo, el coronel George R. Colton, con un equipo de hombres experimentados: el Sr. J. H. Edwards, como auditor itinerante; los señores Joseph Swartz y D.F. Morris para combatir el contrabando en la frontera con Haití; y los señores H. Warren Smith y M. Drew Carrel, como asistentes en la oficina de la ciudad de Santo Domingo.

    Al detenerse en los diferentes puertos de camino a la capital, el coronel Colton presintió problemas. Excepto en Monte Cristi, donde el Sr. Leiper seguía al mando, y en Puerto Plata, donde el Sr.Judge Abbott había sido reemplazado por el Sr. J. C. Strickland, todas las aduanas seguían administradas por las fuerzas locales. Éstos hombres esperaban ser destituidos para dejar paso a los Americanos. El coronel Colton los nombró sus adjuntos. Incluso les aumentó el sueldo, y conservaron un bono cada uno. Ésto los hizo tan felices como niños, y se apresuraron a que les tomaran las medidas para los uniformes. En definitiva, el plan de administración fiduciaria en su etapa experimental puede considerarse un éxito, y sin duda un mérito para los Americanos que tienen la ingrata tarea de estar involucrados en él. Nuestros buques de guerra, por supuesto, deben estar siempre cerca. De lo contrario, las aduanas serían ocupadas de la noche a la mañana por revolucionarios. Pero sin la recompensa de la revolución, no hay revolución. El descontento latente persiste en Monte Cristi y en el interior del país, y una sorpresa en cualquier momento no debería sorprender a nadie. Un complot para la secesión o para la anexión a Haití, cualquiera de éstas opciones, sólo confirmaría la reputación de Monte Cristi. El Gobierno Dominicano sigue recibiendo el 45% por ciento de los ingresos aduaneros, una cantidad mayor que la que jamás había recibido antes. Los pagos de salarios también son regulares, y los soldados, policías, diputados y ministros reciben sus sueldos puntualmente. Ésto, en sí mismo, es una innovación, y la más efectiva que se podría haber ideado. Por odiosa que sea la mano que les dá de comer, los Dominicanos, en el fondo, desean el tratado. Ahora se encuentran en una tensa incertidumbre, a la espera de la decisión del Senado. Pero se reservan el derecho de odiar a Morales por ello, y de odiar también a los Americanos, aunque en menor medida.

    ¿Y cuál es su situación hoy?

    EL CORONEL GEORGE R. COLTON Y SU ESTADO MAYOR: LA COMISIÓN ENVIADA POR EL GOBIERNO DE LOS ESTADOS UNIDOS PARA ADMINISTRAR LAS ADUANAS.

    • (1) Mr.H.A.Smith
    • (2) Colonel Colton
    • (3)Mr.H.J.Edwards
    • (4)Mr.M.D.Carrel
    • (5)Mr.Joseph Swartz

    LA CASA DE ADUANAS DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO, DONDE LOS AMERICANOS ADMINISTRAN LOS SERVICIOS ADUANEROS.

    RECURSOS MARAVILLOSOS

    La riqueza de Santo Domingo es riqueza desperdiciada. El espectáculo es para que cualquier hombre blanco previsor y progresista se sienta desolado. En todas las populosas Indias Occidentales no hay una isla más rica que la de Santo Domingo y Haití. Santo Domingo, con tres veces la superficie de Puerto Rico, apenas tiene la mitad de la población. En lugar de 500.000 habitantes, Santo Domingo podría mantener a 6.000.000, e incluso más, sin necesidad de importar ni una onza de alimentos, aunque ahora su medio millón de habitantes, nerviosos, pendencieros y atrasados, no producen lo suficiente para alimentarse. Sin embargo, la tierra fértil es tan negra como el ala de un cuervo, en medio de la exuberancia del calor tropical, la tierra produce sin cesar. Bosques de las maderas más preciadas, frutas, incluso café y cacao, crecen silvestres y se pudren, sin que nadie se dé cuenta. Casi ningún valle ni ladera es estéril. No hay bestias feroces ni serpientes venenosas. El clima nunca es tan insoportable como un verano en Nueva York. Sin ningún tipo de saneamiento, tanto las ciudades como el campo están libres de plagas de fiebre, y los pocos habitantes de ésta exuberante naturaleza pueden darse un festín a su antojo. Cuando por fín se despiertan de su letargo, lo hacen con la ardiente pasión de la guerra.

    En la región del Cibao, famosa localmente y descrita como más fértil que el lodo del Nilo, se puede viajar desde el amanecer hasta el anochecer sin encontrar rastro de arado ni hacha. Aquí, como también en el sur, hay colinas cubiertas de caoba, con árboles intactos. Con buenas carreteras, su mayor necesidad, el país no ofrecería en vano sus espléndidos bosques. Los Dominicanos suman ahora sólo unos pocos cientos de miles. Su sangre es débil, su carácter endeble. Con un ligero ataque de fiebres, se postran y mueren. Pero no se someterán a la tributación directa.

    EN LA FÉRTIL REGIÓN DEL CIBAO

    LA CATEDRAL DE SANTIAGO

    UN PUEBLO QUE VIVE AL DÍA

    Los sirvientes suelen ser negros de las Islas Turcas y de Saint Thomas . Incluso los policías son con frecuencia Puertorriqueños . Cuando el Dominicano más humilde accede a trabajar como sirviente, no hay nada de servil en ello. Incluso la Iglesia, tan poderosa habitualmente entre los pueblos latinos, aquí apenas cumple con sus funciones de forma superficial. Ni siquiera puede incursionar en la política. La santidad del matrimonio es tan obsoleta como la constitución del país. Si te encuentras con un hombre en un camino rural, siempre vá de camino a casa, sin importar la dirección que tome. Él tiene una familia en cada pueblo vecino. Las queridas de un hombre no viven en la misma casa que su esposa, pero sus hijos sí pueden vivir allí. Un visitante en la casa de un prominente Dominicano le preguntó una vez a la esposa si todos los niños que jugaban a su alrededor eran sus hijos. Ella respondió que «éstos sí lo son», señalándolos, pero que «los otros» eran «sólo de su marido». Lo dijo con total naturalidad. Pero la mujer Dominicana, si bien es proverbial su lealtad, incluso como querida/amante, también tiene su independencia. Si pertenece a la clase alta, vá al club, a su propio club en una casa club. Si pertenece a la clase baja, aunque no tenga una casa club, fuma puros con tanta libertad como un hombre. 

    La revolución es la forma en que se expresa la voluntad popular. El Dominicano toma su viejo rifle o machete y sale a derrocar al partido en el poder, con menos esfuerzo que el estadounidense que se desvía una cuadra para ir a las urnas. Jiménes ,por ejemplo, tiene aspiraciones presidenciales. Conquista a la maquinaria revolucionaria. El jefe de una provincia, como el audaz joven Demetrio Rodríguez del turbulento distrito de Monte Cristi, está listo. Su maquinaria siempre está en funcionamiento. Éso significa que puede conseguir mosquetes y municiones de contrabando a través de la frontera haitiana. Le susurra la orden a los jefes menores. Cada jefe menor envía a sus secuaces armados, y dondequiera que aparece un secuaz, el Dominicano, ya sea que esté a punto de cosechar su pequeña cosecha o comiendo plátanos con indolencia bajo un árbol de mango, obedece impasiblemente el llamado a las armas. No le importa pasar unos meses en la selva. Tendrá la oportunidad de vivir de la cosecha sin recolectar de algún otro Dominicano y, aunque está dispuesto a que le disparen, quizás tenga la oportunidad de dispararle a su enemigo personal. Entonces Demetrio proclama la revolución. Fija la fecha astutamente para el día en que se espera un barco en el puerto de Monte Cristi. Conquista el pueblo, cobra los aranceles de los barcos. De repente, tiene fondos para su campaña. Finalmente, asedia la capital. Hay un derroche frenético de balas, sin un objetivo concreto, hasta que el gobierno sale a capitular. Jiménes entra triunfante y se declara presidente provisional. Luego convoca a elecciones y se convierte en presidente constitucional; es decir, hasta que, a su vez, sale y capitula. El año récord de exportaciones de Santo Domingo fué el 1900, el único año reciente en el que no hubo revolución. La vida del Dominicano es demasiado unilateral. En consecuencia, no posee ni experiencia ni habilidad agrícola. Su café está mal procesado, su tabaco mal curado. Se dá cuenta de que su país sólo ofrece una industria lucrativa: la corrupción.

    Un sistema como éste hace que sea muy difícil ser honesto. Un importador que no está en connivencia con el jefe pronto se vé aplastado por la competencia de quien paga sólo una fracción de los aranceles. En consecuencia, hasta la llegada del régimen Americano, las empresas más grandes estaban implicadas en éstas prácticas. Los inspectores de aduanas Americanos han tenido que confiscar mercancías que estaban facturadas con un peso inferior al real. El arroz se empaquetaba en dos sacos para que el segundo entrara libre de impuestos. Como resultado, los inspectores de aduanas Americanos no son muy populares. Los llaman los «esbirros de Roosevelt».

    Luego está el sistema de pagarés. Un importador retira sus mercancías del muelle y, para pagar los derechos de aduana, deja un pagaré. Sin garantía ni intereses, se le otorgan entre diez y sesenta días, según el monto. Pero el Gobierno Dominicano siempre necesita dinero en efectivo. Le pide prestado al importador y le entrega como garantía el propio pagaré del importador. Paga un descuento. Paga intereses del 2 por ciento mensual. El Gobierno entregó el pagaré de un importador por $10,000 y aceptó de él $8,000 en efectivo.

    El Gobierno ha tenido que hacer tratos aún más desventajosos. Incluso ha ofrecido su papel timbrado como garantía. Ha vendido sellos de correos con descuento. Ambos se pueden comprar a los comerciantes a precios bajos, como si se tratara de un reloj empeñado. Un comerciante adelantó al gobierno 10.000 dólares, pero la deuda se fijó en 20.000 dólares, es decir, con un descuento de 10.000 dólares. El valor nominal de la deuda, 20.000 dólares, devengaba un interés del 2% mensual. Como garantía, el comerciante posee ahora papel timbrado por valor de 40.000 dólares. Los empleados del gobierno, si es que cobraban, a menudo recibían su salario en ésta misma moneda, que luego vendían a los comerciantes con un descuento del 67%. Sin embargo, los sellos de correos pueden ser escasos. En Barahona, un estadounidense necesitaba un sello. La oficina de correos no tenía ninguno, la aduana tampoco, ni las oficinas municipales. El gobernador, al que se le solicitó ayuda, también andaba buscando sellos. Los Dominicanos se han comportado como niños en su ridícula imitación de las formas del gobierno moderno. Los impuestos sobre la pintura, por ejemplo, se calculan según el color, siendo el rojo el más gravado. Un reloj de níquel barato paga 1 dólar; un reloj de 100 dólares paga 1 dólar; una caja fuerte de hierro no paga ni un centavo. La harina, que cuesta 4 dólares el barril en Estados Unidos, paga un arancel de 7 u 8 dólares.

    EN LA PLAZA DE BARAHONA

    Un lamentable intento de mejora pública en una ciudad que sufre las consecuencias de las revoluciones

    LA CALLE PRINCIPAL DE BARAHONA: UNA ESCENA TÍPICA DOMINICANA

    CONCESIONES QUE OBSTACULIZAN LA ACTIVIDAD EMPRESARIAL

    Las concesiones datan en su mayoría de la época del tirano Lilís. Con una monotonía asfixiante, su vigencia es de noventa y nueve años. Lo abarcan todo. Un Americano se entretenía proponiendo ésto o aquello, para ver si se topaba con alguna concesión en el camino. Invariablemente lo hacía, ya fuera para operar una línea de tranvía o importar trabajadores chinos. Pero no hay líneas de tranvía. No hay trabajadores chinos. Se obtuvieron y se mantienen muchísimas concesiones con fines puramente especulativos. Impiden la inversión de capital serio.

    Unos cuantos pilotes y tablones, que representan un desembolso de $5.000 o $10.000 dólares, constituyen un muelle. Todo lo que se carga o descarga, ya sea en el muelle o no, paga un impuesto al concesionario del muelle. El demandante italiano, Bancalari, es propietario del pequeño embarcadero de piedra en Samaná. Hay una plantación de cocoteros a cuatro millas bahía arriba. Los cocos se cargan en barcazas que los transportan a los barcos anclados enfrente, pero cada coco contribuye a la riqueza de Bancalari. El muelle de la capital genera al menos $2,000 dólares al mes. Se amortizó en pocos años. La compañía naviera Clyde Steamship Line ha contribuido en gran medida a fomentar el comercio entre Estados Unidos y Santo Domingo, pero cobra tarifas de flete y de pasaje elevadas, y las instalaciones no son de las mejores. Sus barcos entran en Santo Domingo libres de tasas portuarias. Otros barcos no gozan de este privilegio. 

    El muelle de la ciudad de Santo Domingo que paga un dividendo de 2.000 dólares al mes a los concesionarios.

    OPORTUNIDADES PARA EL CAPITAL

    No sorprende, por lo tanto, que no haya habido una invasión industrial extranjera significativa en Santo Domingo. La inversión extranjera es principalmente Americana; sin embargo, el total de la inversión Americana no supera los 20 millones de dólares, y las empresas Americanas importantes no llegan a la veintena. Se concentran prácticamente en un solo sector: el azúcar. Dos tercios de la isla son aptos para la producción de azúcar. Para el año en curso, las exportaciones estimadas ascienden a 60.000 toneladas. La mayor parte se exporta a Estados Unidos. El presidente Morales ha eliminado el impuesto a la exportación.

    Otra empresa Americana en el sector agrícola que merece mención es la plantación de bananos de la United Fruit Company en Sosúa, cerca de Puerto Plata, que requiere un servicio semanal de buques de vapor y, según se informa, genera un rendimiento del 20% sobre una inversión de 300.000 dólares. Existe también una importante empresa maderera, la Habanera Lumber Company. Los Americanos también tienen grandes perspectivas en un yacimiento petrolífero en el suroeste del país, con un capital de 1.000.000 de dólares. El petróleo podría servir como fuente de combustible para nuestra armada, lo que le otorgaría una gran importancia estratégica.

    EL POZO PETROLÍFERO CERCA DE AZUA, EN LA COSTA SUR DE SANTO DOMINGO.

    Santo Domingo, al igual que Haití y Puerto Rico, sufre de una grave escasez de ferrocarriles. Unos Escoceses operan sesenta y dos millas de vía férrea entre Sánchez y La Vega. La única otra línea es la de la Improvement Company , entre Puerto Plata y Santiago, con una distancia de veinte millas. Los Americanos son propietarios de los muelles en Azua y Macorís, pero con ésto prácticamente termina la lista de intereses Americanos en Santo Domingo. Aun así, su presencia es mayor que la de otros extranjeros.

    A lo largo del río Yaque, en los ricos pastizales del interior, pastan y engordan rebaños de ovejas, sin que nunca se les esquile ni se les sacrifique. El viajero puede comprar un cordero, si logra encontrar al dueño, por diez centavos. Los cafetales podrían cubrir bien la mitad de la isla, pero 4.000.000 de libras es una estimación razonable de la exportación para este año. Otras estimaciones son: Cacao, 250.000 sacos de 100 libras; tabaco, 12.500.000 libras, principalmente a Alemania; cera, 500.000 libras; tintes, 1.500.000 libras; palo de campeche y maderas tintóreas, 5.000 toneladas.

    Pero otros productos, algunos ni siquiera incluidos en la lista de exportación, aún conservan el atractivo de lo desconocido. Cualquiera de ellos podría ser fuente de riqueza. Se trata de palo de rosa, madera de satén, cedro, guayacán y caucho; naranjas, limas, limones, piñas y cocos; hierro magnético, azufre, vestigios de carbón, cobre, oro, plata, mercurio, estaño, mármol, sal, platino y ámbar. Quizás incluso haya diamantes. Santo Domingo es una región inexplorada.

    EL INESCRUTABLE MORALES

    Una posible vía de salvación parece estar personificada en el presidente Carlos Morales. Él sabía que su país no estaba realmente en bancarrota. Sólo necesitaba una buena administración. Le pidió a Estados Unidos que actuara como interventor de su país. Ésta fué la solución. Ésto hizo que lo odiaran aún más de lo que ya lo odiaban. Pero también le permitió mantenerse en el cargo. Y él es la única esperanza actual de Santo Domingo.

    “No es uno de esos Hispano-Americanos irresponsables que hacen promesas a la ligera”, me dijo un hombre. “Puedes hablar con él con franqueza, y él será igual de directo contigo. Y puedes confiar en que cumplirá lo que promete. Creo que está intentando sinceramente sacar a su país del atolladero”.

    Ésto puede considerarse una opinión generalizada entre la mayoría de los Americanos que sólo han pasado unos pocos meses en Santo Domingo. Un hombre de negocios se maravilló de su perspicacia y de su rapidez para detectar un fallo en una propuesta complicada. Según los estándares de las Indias Occidentales, su integridad es muy alta. Es decir, las personas imparciales no lo creen capaz de soborno. Pero tampoco afirman que, si tuviera que huir de la noche a la mañana, no actuaría en consecuencia si hubiera algo que pudiera llevarse. Un corresponsal de un periódico me contó que Morales lo había llamado y le había ordenado que enviara un telegrama con una versión completamente falsa de lo que estaba sucediendo, por el efecto que podría tener en los Estados Unidos. Se sorprendió mucho cuando el corresponsal le explicó que no podía hacerlo ni siquiera por cortesía. Un extranjero que lo conoce bien lo describió como vanidoso y superficial.

    Circulan historias sobre sus extravagantes galanterías como sacerdote, pero quienes lo han visto en su hogar se sienten atraídos por él debido al afecto que demuestra hacia sus hijos. Sus admiradores sostienen que es demasiado fuerte para ser un títere de los políticos. La legalidad, dicen, es la consigna de su política. La mañana de su toma de posesión, mandó ejecutar a dos conspiradores. Pero existían pruebas documentales: habían confesado y habían sido juzgados. No permitirá que sus seguidores, ahora que están en el poder, se venguen de viejas rencillas. Su problema más grave, entonces, podría provenir de su propio partido. «No ha fusilado a nadie esta semana», es lo máximo que sus enemigos dirán a su favor. Y aunque es un defensor acérrimo de la ley, sobornó al bandido revolucionario Olvédio Santiago, que estaba disparando contra el pueblo de Azua, con $3000 dólares.

    PRESIDENTE CARLOS MORALES DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

    REUNIÓN CON EL PRESIDENTE MORALES

    Lo encontré en el Palacio, o edificio ejecutivo, que es una antigua construcción española en la plaza, con una imponente arcada en el exterior y un patio sórdido en el interior, con un olor a alcantarillado. Guardias desaliñados, con uniformes caqui amarillentos, holgazaneaban en la entrada. Subiendo por una estrecha escalera de madera, llegué a un balcón. Las pequeñas oficinas con olor a humedad que dan al balcón son los diferentes ministerios, cada uno con su nombre pintado en negro sobre la puerta, como por ejemplo, «Ministerio de Guerra y Marina». Otro cartel prohíbe escupir. En una esquina del balcón se accede a la antesala del despacho del presidente, pero justo al entrar, una alta reja de madera impide el paso. Hay un perchero, adornado con espadas, paraguas, sombreros de paja y gorras militares. 

    Hay una escoba apoyada contra la pared y un lavamanos de metal patentado. Empleados y secretarias, un elegante ayudante de uniforme, nativos descalzos, van y vienen, o se detienen a conversar. Le tratan con toda cortesía. El ayudante le deja pasar a través de la cerca y lleva su tarjeta a una habitación interior. Cuando usted entra después, se encuentra ante un hombre vestido de lino blanco con botones dorados, que ya se ha levantado de su escritorio para saludarle. Es el Presidente.

    Por su porte, sus rasgos y su conversación, lo toma por un hombre blanco, un típico hispanoamericano. La única pista sobre la mezcla de sangre de su ascendencia es su cabello rizado. Es más claro que muchos anglosajones que han adquirido un intenso bronceado tropical. Sus mejillas son redondeadas. La nariz no es plana.

    Sus labios no son gruesos, aunque sí carnosos. Habla con un ligero ceceo. Tiene treinta y cinco años y es de estatura media. Cuando no habla, su mirada tiene una expresión algo pesada, un atisbo casi imperceptible de desprecio. En una ocasión, cuando miraba a nuestro Ministro, que estaba presente, uno podía imaginar que la mueca de desprecio estaba allí. Habla español con lentitud. Al hablar de la lamentable situación de su país, sonríe con aire de disculpa, con un toque de humor. No da la impresión de estar muy afligido por ello. Cuando declaró que deseaba el progreso de su país y, por lo tanto, la llegada de empresas extranjeras, sus palabras, si se escribieran, sonarían sinceras; pero al escucharlas, no transmitían gran sinceridad. Uno tiene la sensación de que no dice todo lo que piensa. Y también se percibe la fuerza que reside en la astucia cuando se combina con una apariencia afable. Uno siente que Morales es un hombre fuerte porque no se puede saber con exactitud hasta dónde sería capaz de llegar.

    Las visitas posteriores no fueron tan formales. Su informalidad lo hace bastante simpático. Habla con animación, revelando una naturaleza ingenua y sencilla. Sus ojos negros, sombreados por largas pestañas, brillan con la picardía de un joven apuesto y rebelde que ha cosechado triunfos entre las mujeres. Cuesta recordar que fue sacerdote y que se abrió camino hasta este sillón giratorio, tan poco romántico, a base de una lucha encarnizada. Está francamente orgulloso de su nuevo cargo, pero sin rastro de arrogancia. Dice: «Mientras sea presidente…», como un muchacho que planea su primera cacería de patos.

    Sobre el escritorio hay un teléfono, y él mismo contesta las llamadas. Le dice a su esposa que saldrá de camino a casa de inmediato, o dá órdenes para el abastecimiento de carbón de una de sus dos lanchas cañoneras. La oficina es pequeña, con hule en el suelo y largos espejos dorados en la pared. Ayudantes y mensajeros, el gobernador de una provincia, comerciantes con reclamaciones, cónsules extranjeros, todos entran y salen, y cuando Morales quiere hablar en privado, lleva a su interlocutor al amplio balcón que da a la plaza.

    EL PALACIO DEL PRESIDENTE

    LOS ASESORES DEL PRESIDENTE

    Los empleados del gobierno no parecen sentir ningún respeto por él. El vice-presidente, Cáceres, el asesino de Lilís, es alto, corpulento, robusto y popular. Exige favores políticos para el partido Horacista y se expresa en la pequeña oficina con vigor. Pero no es rival para Morales en el juego de la política. Su mejor amigo es Velásquez, el ministro de Finanzas, un mulato trabajador y obstinado, con barba y rasgos españoles, cuya principal tarea es obstaculizar todos los esfuerzos Americanos, a pesar de haber firmado el tratado. El Secretario de Guerra es un negro, también con rasgos y afabilidad españoles. Durante la última revolución, mientras sitiaba un puerto, tuvo una ocurrencia estratégica. Comandaba una cañonera. Las tropas también sitiaban la ciudad por tierra. Concibió la idea de la cooperación. Por la noche, las tropas terrestres dispararían una señal. Entonces él desembarcaría y las dos fuerzas atacarían simultáneamente. La señal se disparó según lo acordado. Pero la cañonera se mantuvo a distancia. De nuevo la señal, de nuevo sin respuesta de la cañonera. El genio de la cooperación explicó más tarde que temía que la señal fuera sólo una trampa del enemigo. Pero es un ministro Dominicano típico. En el mejor de los casos, es un gobierno de niños, con la siempre presente esperanza de redención en el jefe.

    Los diputados, o congresistas, son hombres aún más insignificantes. Dos de cada provincia, se reúnen en una sala en la planta baja del Palacio y dan la impresión de ser dependientes de tienda de aspecto dudoso reunidos en un club de debate. Sus pistolas se transparentan bajo sus abrigos. Cumplen con los formalismos parlamentarios con gravedad. Pronuncian discursos importantes o apasionados. Pero hacen exactamente lo que les ordena el hombre de arriba, sentado en su sillón giratorio.

    LA POLICÍA DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO FRENTE A LA COMISARÍA

    Cuando están de servicio, los policías portan fusiles.

    HOSTILIDAD HACIA LOS ESTADOUNIDENSES (AMERICANOS)

    El pueblo mismo no nos quiere. En primer lugar, existe la antipatía hosca de una raza sureña hacia una raza norteña y hacia el vigor del Norte. En segundo lugar, está la naturaleza desconfiada de un pueblo inexperto y más débil, acentuada por la propaganda de los Europeos en nuestra contra, y también por las quejas ingratas de los puertorriqueños residentes sobre cómo están «sufriendo» bajo el régimen Americano. Pero los Dominicanos han tenido sus propias experiencias. Los más ignorantes creen que pretendemos apoderarnos de su isla y exigirles un impuesto per cápita como garantía contra la esclavitud. Los más inteligentes son extremadamente sensibles a nuestras necesidades estratégicas. Pero todos, excepto los oportunistas revolucionarios, desean la tranquilidad. Sin embargo, el único método para conseguirla —la intervención— los inquieta y los vuelve desafiantes.

    En sus revoluciones respetan a los extranjeros, porque los extranjeros nunca han sido un problema. Cada pueblo tiene muchos mástiles, y al estallar las hostilidades, se iza la bandera de cada extranjero, y los Dominicanos pasan de largo para matar a sus propios compatriotas. Pero ahora que nos hemos convertido en un problema, nadie puede predecir qué rumbo inesperado tomará un futuro levantamiento.

    El Dominicano parece volverse corrupto en cuanto tiene acceso a fondos públicos, pero en su vida privada es la personificación del honor y la hospitalidad. Detesta a los ladrones. Los viajeros cuentan que han dormido en hamacas en chozas de nativos, llevando consigo grandes sumas de dinero, y nunca han perdido un centavo. Uno de ellos fué llamado por su anfitrión, un hombre de aspecto humilde, quien le devolvió un billete de 10 dólares que se le había caído. En una ocasión, el Gobierno enviaba dinero a un pueblo para pagar a los oficiales. La caravana de burros fué detenida por el notorio revolucionario Perico Lasala, que estaba sitiando el pueblo. Perico registró las alforjas en busca de armas y municiones, pero al no encontrar nada, se disculpó y los dejó pasar. Sabía que el dinero pertenecía al Gobierno contra el que luchaba, pero no era un ladrón. Los agentes comerciales afirman que prefieren hacer negocios con comerciantes Dominicanos que con los de Haití, Puerto Rico o Venezuela.

    UN VENDEDOR DE MUEBLES RÚSTICOS DE ESTILO PRIMITIVO

    MEJORES CONDICIONES YA

    El simple hecho de que los empleados del gobierno ahora reciban su salario regularmente le granjea respeto al impopular Morales. Sus enemigos ahora dicen que cumplirá su mandato. El soldado Dominicano sigue siendo una caricatura, pero al menos tiene uniforme. En lugar de comprar su libertad, ahora asiste a la escuela en el cuartel, y si al cabo de seis meses sabe leer y escribir un poco, es dado de baja. Los comerciantes, en muchos casos, están remodelando sus tiendas. Los hoteleros se están expandiendo, incluso instalando baños. Sus establecimientos están abarrotados por los pioneros de la iniciativa empresarial del Norte. Algunas de las concesiones fraudulentas están siendo anuladas y se ofrecen a la licitación de capitales serios. Se dá por sentado que el tratado será aprobado por el Senado este otoño, y prevalece el optimismo. Un alto oficial habló con los ojos brillantes sobre el momento en que su gobierno estaría en la misma posición con respecto a Haití que la que tiene actualmente Estados Unidos con respecto a Santo Domingo. Dando por sentado el tratado, los optimistas dicen que después de unos años de administración aduanera honesta, habría una reducción de los aranceles.

    Una reducción de los aranceles aumentaría los ingresos aduaneros, ya que las importaciones crecerían constantemente, y el tesoro público recuperaría rápidamente su solvencia. Santo Domingo se convertiría en un mercado para productos manufacturados. La población se daría cuenta de cómo los anteriores gobiernos revolucionarios les habían arrebatado incluso el pan de la boca. Esto generaría un sentimiento contrario a las revoluciones. Cabría esperar la instauración de un aparato gubernamental similar al de México, Brasil y Argentina.

    Por lo tanto, las posibilidades de progreso de Santo Domingo parecen depender claramente de la ratificación del tratado por parte del Senado. El comercio exterior de la isla asciende a $8,000,000 o $9,000,000 millones de dólares al año. Por cada dólar que se añada al poder adquisitivo de Santo Domingo, nuestro propio comercio aumentaría al menos en cincuenta centavos. El desarrollo futuro se deberá a los Americanos. Los Dominicanos no tienen capital propio. Por lo tanto, estamos muy interesados en las posibilidades económicas de Santo Domingo.

    Luego está el aspecto económico de todo el Caribe, de Sudamérica y del mundo Asiático con sus millones de futuros compradores. Por ello estamos construyendo el Canal de Panamá, o al menos intentándolo. Debemos protegerlo. Por lo tanto, Santo Domingo puede ser de suma importancia para nosotros por razones estratégicas. Si el tratado fracasa, habrá una revolución y se repudiarán las deudas, en cuyo caso tendremos que tomar posesión por la fuerza o permitir que otra potencia lo haga. Entonces tendríamos que expulsar a esa otra potencia. De lo contrario, esa potencia tardaría años en cobrar la deuda de sus ciudadanos. Se cree que Alemania está esperando, lista para ocupar la bahía de Samaná a la primera oportunidad.

    LA COSTA DE LA BAHÍA DE SAMANÁ, EL PUERTO ESTRATÉGICO CODICIADO POR ALEMANIA.

    NUESTRA NECESIDAD DE LA BAHÍA DE SAMANÁ

    La bahía de Samaná es un paralelogramo que se adentra en la costa oriental de Santo Domingo. Es casi un mar interior, de nueve millas de ancho y veintiuna millas de largo. Tanto en el interior como en el exterior hay bancos de arena peligrosos. El canal de navegación a la entrada se estrecha hasta un paso de seis décimas de milla de ancho, entre una isla y tierra firme. Al otro lado de la isla, la entrada está completamente bloqueada por una barrera de coral. La isla se encuentra a solo tres cuartos de milla de la costa, por lo que los cañones situados en cualquiera de los dos puntos podrían controlar la entrada. Pero una vez dentro, el canal se ensancha, y hay lugares donde toda nuestra armada podría anclar. Existe un lugar así detrás del banco de coral. En éste arrecife se podría construir un rompeolas para protegerse de las tormentas.

    EL PUEBLO DE SÁNCHEZ, SAMANÁ

    EL CLUB DE SÁNCHEZ

    Cada pueblo tiene al menos un club para hombres y, por lo general, uno para mujeres.

    La bahía de Samaná controla el paso de la Mona, y este paso, situado entre Santo Domingo y Puerto Rico, se encuentra en la ruta directa entre Europa y el Canal de Panamá. Si Guantánamo y Culebra son tan estratégicas como se afirma, entonces posiblemente nuestra cadena de defensas en el Caribe sea suficiente sin la bahía de Samaná. En ese caso, estaríamos seguros siempre y cuando ninguna otra potencia se apodere de la bahía. Pero la neutralidad de Santo Domingo no es inviolable, y ahí reside la clave del problema Dominicano.

    La Administración desea el tratado para evitar la necesidad de apoderarse de un sólo palmo de territorio. Pero, ¿qué pasa con los $2.000.000 de dólares anuales que nos cuesta nuestra flota en aguas Dominicanas? Los ingresos totales de Santo Domingo para 1905 se estiman en tan solo $2.900.000 dólares. No puede pagar el costo de los buques de guerra bajo la administración fiduciaria. Y si la flota fuera necesaria en otro lugar, tendríamos que construir otra flota para reemplazar la «flota Dominicana», además de seguir pagando los $2.000.000 de dólares. El beneficio negativo de mantener a otras potencias fuera de la bahía de Samaná justificaría por sí sólo el gasto, pero la amenaza siempre estará presente mientras no ocupemos la bahía nosotros mismos. Sin embargo, para tomar la isla tendríamos que matar o sobornar a casi todos los hombres aptos para el combate, y, tanto para Dominicanos como para Haitianos, tomar la bahía de Samaná sería un paso hacia la conquista de la isla.

    La dificultad es de la mayor gravedad. Los isleños son demasiado impulsivos para comprender que nosotros somos solo la amenaza más inmediata a su integridad territorial. Si bien nosotros podríamos conformarnos con la bahía de Samaná, otra potencia no lo haría. Solo mediante una demostración podrán comprender que, si nos vemos obligados a replegarnos dentro de nuestras fronteras por la falta de la bahía de Samaná, otro enemigo, nuestro vencedor, inevitablemente se abalanzaría sobre ellos como botín de guerra. Sin embargo, nos oponemos a que se produzca tal demostración. Si para salvarnos necesitamos la bahía, solo tenemos que decidir si la tomaremos y, de paso, salvaremos también a los dominicanos. La justicia divina nunca quiso que un hombre hambriento permitiera que un niño se llenara la garganta hasta enfermarse con una hogaza de pan entera.

    San Juan. Puerto Rico.

  • Introducción:

    Jacob H. Hollander, profesor de economía de la Universidad Johns Hopkins, desempeñó un papel clave en el análisis de la crisis financiera de la República Dominicana a inicios del siglo XX. Comisionado en 1905 por el presidente Theodore Roosevelt, Hollander investigó el origen y la magnitud de la deuda dominicana, revelando décadas de mala administración, endeudamiento abusivo y prácticas financieras irregulares. Sus estudios sirvieron de base para las reformas financieras y los acuerdos internacionales que marcaron profundamente la historia económica y política del país.

    DR. JACOB H. HOLLANDER.

    (Comisionado especial para Santo Domingo.)

    https://en.wikipedia.org/wiki/Jacob_Hollander

    LAS FINANZAS DE SANTO DOMINGO

    Por Jacob H. Hollander

    Tras haber sido comisionado el 24 de marzo de 1905 por el presidente Roosevelt para viajar a Santo Domingo e investigar su situación financiera, el profesor Jacob H. Hollander, de la Universidad Johns Hopkins, detalla los resultados de sus investigaciones, realizadas a lo largo de varios meses, en un esclarecedor artículo publicado en el Quarterly Journal of Economics del mes de mayo. Pocas veces se ha encontrado un historial de mala gestión financiera tan lamentable como el que presenta Santo Domingo y que el profesor Hollander expone con claridad.

    Treinta y cinco años es el período que abarcan los métodos fraudulentos analizados, y éste se divide en tres etapas: de 1867 a 1887, la génesis de la deuda; de 1888 a 1897, el período de emisión de bonos; y posteriormente, el período de acumulación de deuda flotante. Al principio, la deuda nacional ascendía a aproximadamente 1.500.000 dólares, en gran parte de dudosa procedencia. Una emisión de bonos en 1869, conocida como el «Préstamo Hartmont», ascendió a 757.000 libras esterlinas, y se vendió al público a tasas que oscilaban entre el 50 y el 70 por ciento. Sin embargo, debido a fraude, negligencia o malversación deliberada, «sólo se recibieron y contabilizaron 38.095 libras esterlinas por parte del Gobierno Dominicano». Tres años después, en 1872, «el préstamo entró en impago».

    Entre 1872 y 1880, la deuda flotante se acumuló considerablemente debido a salarios impagos, reclamaciones por daños causados por la revolución, letras del tesoro emitidas para la adquisición de suministros bélicos y deudas contraídas por el gobierno para gastos corrientes. Los intereses sobre estos conceptos alcanzaban hasta el 10% mensual. La deuda consolidada de la isla en 1888 ascendía a 3.850.000 dólares, mientras que la deuda flotante era algo incierta. Fué entonces cuando se firmó el acuerdo con la firma Westendorp, conocido como la «caja de recaudación Westendorp», mediante el cual ésta empresa de Ámsterdam quedaba autorizada a recaudar todos los derechos de importación y exportación durante la vigencia y en beneficio de un préstamo de 770.000 dólares. En 1892, los derechos y obligaciones de Westendorp & Co. fueron adquiridos por la «San Domingo Improvement Company, de Nueva York», mediante una transferencia confirmada por el Congreso Dominicano el 24 de marzo de 1893.

    Entre 1888 y 1898 se emitieron siete emisiones de bonos para saldar deudas flotantes y apaciguar las reclamaciones de indemnización. El 1 de enero de 1905, la deuda pública de la república ascendía a 32.560.459 dólares, incluyendo intereses. Todos éstos préstamos se destinaron a fines para los que rara vez se utilizó el dinero. «Condiciones leoninas, despilfarro y procedimientos sin control» caracterizaron cada una de estas operaciones. La política financiera de Heureaux era «una mezcla de la astucia de un degenerado y la imprudencia de un quebrado», y sus sucesores no fueron mejores. De hecho, el profesor Hollander dice de ellos: «Cada dictador sucesivo tendía a convertirse en un prestatario más necesitado y más imprudente, y cada nuevo préstamo se obtenía en condiciones más duras. La tasa de interés nominal rara vez era inferior al 2 por ciento mensual, y con respecto a los fondos o valores realmente recibidos, la tasa era varias veces superior». 

    Debido a la presión de los gobiernos de Italia y Francia, en defensa de las reclamaciones de sus ciudadanos acreedores contra Santo Domingo, la situación llegó a un punto crítico, y a principios de 1905 Estados Unidos intervino. El presidente Roosevelt había declarado: «Quienes se benefician de la Doctrina Monroe deben aceptar ciertas responsabilidades junto con los derechos que ésta les confiere», y ésto sirvió de base para la intervención estadounidense. Sin embargo, la acción se retrasó en el Senado, y se estableció un acuerdo provisional tentativo por orden del Presidente. En ésta etapa, el profesor Hollander intervino y descubrió los hechos mencionados. De los $32,560,459 antes mencionados, descubrió que $21,104,000 correspondían a reclamaciones extranjeras, mientras que el resto se debía a deudas y reclamaciones internas. Se llegaron a acuerdos y se indujo a a gestionar $20,000,000 en bonos dominicanos al 5% a cincuenta años al 96%, amortizables después de diez años al 102½%, sujetos a la aprobación y ratificación de un tratado recién redactado. El producto de éstos bonos se destinará al pago de deudas y reclamaciones según lo acordado, a la extinción de concesiones y monopolios particulares, y a obras públicas. Cuando el tratado entre en vigor, $2,500,000, actualmente depositados en Nueva York, estarán disponibles para éstos fines. Los extranjeros recibirán, según los acuerdos celebrados, $12,407,000 en pago de reclamaciones nominales de $21,104,000, y $11,000,000 de deudas internas se saldarán con $5,000,000. El Presidente nombrará un administrador general de aduanas dominicanas, «quien recaudará todos los derechos de aduana de la república hasta el pago o la amortización de los bonos emitidos». Santo Domingo, en virtud del convenio mencionado,se le prohibirá contraer nuevos préstamos sin el consentimiento de los Estados Unidos, ni podrá la república modificar sus aranceles sin nuestra aprobación. No nos comprometemos a ajustar ni a determinar la deuda dominicana, sino simplemente a administrar las aduanas de la república para el servicio de un nuevo préstamo, cuyos ingresos se destinarán a la liquidación de todas las deudas y reclamaciones reconocidas, reducidas a una base aceptable tanto para la república como para los acreedores. En el American Journal of International Law (trimestral) de abril, el profesor Hollander publica un artículo adicional sobre éste tema, titulado: «La Convención de 1907 Entre los Estados Unidos y la República Dominicana».

    De ésta discusión aprendemos con mayor detalle sobre el nuevo convenio con Santo Domingo, aprobado el 25 de febrero de 1907 y que actualmente espera la ratificación del Congreso dominicano. «En enero-febrero de 1905», dice, «ante la inminente probabilidad de convulsión interna e intervención extranjera, se concluyó un protocolo de acuerdo entre la República Dominicana y los Estados Unidos, que se hizo efectivo mediante un decreto del ejecutivo dominicano del 31 de marzo de 1905». En virtud de éste acuerdo, los Estados Unidos se comprometieron (1) a ajustar la deuda dominicana, tanto externa como interna, y a determinar la validez y el monto de todas las reclamaciones pendientes; (2) a administrar las aduanas dominicanas y a entregar el 45 por ciento de los ingresos al Gobierno Dominicano, aplicando el resto al pago de intereses y a la amortización de las deudas y reclamaciones así ajustadas; y (3) a brindar a la República Dominicana la asistencia adicional que pudiera requerir para preservar un gobierno ordenado y eficiente.

    Ésto no fué aprobado por el Senado, y se implementó un acuerdo provisional a solicitud de Santo Domingo. El 1 de abril de 1905, éste acuerdo entró en vigor, con un representante del Presidente de los Estados Unidos a cargo de las aduanas dominicanas, encargado de destinar el 55 por ciento de los ingresos aduaneros al pago de las deudas de la república. Ésto resultó ser un éxito rotundo. Cesaron las insurrecciones; los funcionarios públicos recibieron sus salarios; se pagaron las cuentas corrientes; el comercio se reactivó; se eliminó el contrabando; los comerciantes locales fueron protegidos contra el trato preferencial fraudulento a sus rivales en las aduanas, y se incentivó a los importadores para contraer créditos mayores. Un nuevo espíritu se infundió en toda la República Dominicana. Ésto condujo a aumentos asombrosos en los ingresos aduaneros. En 1906, los ingresos brutos ascendieron a $3.191.916,59, frente a $2.223.324,51 en 1905 y $1.852.209,54 en 1904, lo que representa un aumento del 44% con respecto a 1905 y del 72% con respecto a 1904. Con el funcionamiento satisfactorio del acuerdo provisional y asegurado el apoyo de nuestro Gobierno, el Presidente de la República Dominicana nombró al Sr. Federico Velázquez, Ministro de Hacienda y Comercio, comisionado especial para la solución de las dificultades financieras del país. Llegó a los Estados Unidos a finales de junio de 1906 y realizó ciertos arreglos financieros en consonancia con los planes de ajuste mencionados anteriormente. El 5 de enero de 1907, habiendo dado su consentimiento un número suficiente de acreedores a la medida de ajuste propuesta, fué necesaria una nueva convención, que fué firmada por los respectivos plenipotenciarios en Santo Domingo el 8 de febrero de 1907. Ésta fué ratificada, con una sola modificación de poca importancia, por el Senado de los Estados Unidos el 25 de febrero, y ahora espera la aprobación del Congreso dominicano para entrar en vigor. Sus principales disposiciones se detallan anteriormente.

  • Introducción:

    A comienzos del siglo XX, la República Dominicana se encontró atrapada en una crisis financiera, política y diplomática que había comenzado a gestarse mucho antes del gobierno de Carlos Morales Languasco. Cuando éste asumió la presidencia, heredó una situación que ya había comprometido seriamente la soberanía nacional, especialmente a partir del Protocolo del 31 de enero de 1903, firmado por el gobierno de Horacio Vásquez con el de los Estados Unidos donde se le permitió a éste último representar de manera directa los intereses de una compañía privada, la San Domingo Improvement Company y las aduanas dominicanas estaban contempladas como la garantía para el pago de la deuda. Éste acuerdo,y a su vez la inmensa deuda contraída en años anteriores con las potencias Europeas,terminó convirtiéndose en un problema mayor que le explotó en las manos al gobierno de Morales, obligándolo a maniobrar en un escenario de presiones internas, revoluciones constantes y amenazas externas.

    En éste contexto, el papel del presidente Morales fué el de un gobernante que intentó contener un proceso ya en marcha, buscando preservar la estabilidad del país frente a la posibilidad de una ocupación extranjera directa. Por su parte, los Estados Unidos, amparados en la Doctrina Monroe y en su política de expansión e influencia en el Caribe, asumieron un rol de supervisión financiera y militar que presentaron como una acción necesaria y “moralizadora”, destinada a garantizar el pago de las deudas, proteger los intereses de los acreedores Europeos y evitar el caos político dominicano. Tal como refleja el texto, ésta intervención fué justificada como una medida preventiva y conservadora, aunque en la práctica significó una profunda limitación de la soberanía dominicana y sentó las bases de una relación de dependencia que marcaría el futuro del país.

    A continuación veremos un análisis exhaustivo de la precaria situación económica y política de la República Dominicana en ése entonces, redactada por el honorable John Bassett Moore (1860-1947) quien fué un destacado jurista, académico y diplomático estadounidense, considerado una autoridad mundial en derecho internacional, que sirvió como el primer juez estadounidense en la Corte Permanente de Justicia Internacional (la «Corte Mundial») y fué un importante funcionario del Departamento de Estado y profesor de Columbia University, conocido por sus escritos influyentes y su rol en la adjudicación internacional.

    “A continuación el texto íntegro del artículo traducido al castellano”

    Santo Domingo y los Estados Unidos

    Por John Basset Moore

    HON. JOHN BASSET MOORE

    (Ex funcionario del Departamento de Estado, actualmente profesor de derecho internacional en la Universidad de Columbia, y una autoridad experta en asuntos de Santo Domingo).

    https://en.wikipedia.org/wiki/John_Bassett_Moore

    El sábado 21 de enero, apareció en una edición vespertina de un periódico de Nueva York un informe telegráfico procedente de Santo Domingo, capital de la República Dominicana, que anunciaba que el comandante A. C. Dillingham, de la Armada de los Estados Unidos, cuya presencia en Santo Domingo en misión especial ya se había anunciado, y el Sr. Dawson, ministro estadounidense, habían llegado a un importante acuerdo con el gobierno dominicano. En otros despachos desde Santo Domingo, publicados en la prensa la mañana del domingo 22 de enero, se informaba que el acuerdo tenía la forma de un protocolo; que, en virtud del mismo, Estados Unidos garantizaría la integridad del territorio dominicano, se encargaría de la resolución de las reclamaciones extranjeras, administraría las finanzas según ciertas directrices y ayudaría a mantener el orden; y que el acuerdo entraría en vigor el 1 de febrero.

    Una retrospectiva

    Tales condiciones no son del todo nuevas en Santo Domingo; pero las desgracias que han provocado se han ido acumulando durante sesenta años, hasta que finalmente se ha llegado a una crisis que, tarde o temprano, era inevitable. Los comisionados estadounidenses —Benjamin F. Wade, Andrew D. White y S. G. Howe— que visitaron Santo Domingo en 1871, informaron que, desde que el país alcanzó su independencia, solo una administración había durado durante todo su mandato constitucional, y que, tras su finalización, se produjo un «período de anarquía» que duró seis años. En 1861, el país fue ocupado por España; en 1865, las fuerzas españolas, actuando en virtud de una ley aprobada por las Cortes, se retiraron, y «De nuevo sobrevino la anarquía.» Y así ha continuado la historia. Durante la larga administración de Heureaux, los desórdenes que surgieron fueron reprimidos con las medidas más severas y a menudo arbitrarias, pero los males del sistema político no se corrigieron. De hecho, fue bajo el gobierno de Heureaux que se extendió la nefasta práctica de mantener la paz mediante «asignaciones», gratificaciones ilegales pagadas a opositores reales o potenciales del gobierno para inducirlos a abstenerse de ejercer la profesión de revolucionario. El 26 de julio de 1899, Heureaux fue asesinado. En mayo del año anterior, un vapor llamado Fanita, con hombres y armas, zarpó de Estados Unidos, supuestamente para ayudar a los insurgentes cubanos, y como Estados Unidos estaba entonces en guerra con España, se entendió que la expedición había obtenido un apoyo sustancial del gobierno estadounidense; pero no llegó a Cuba. Su comandante nominal, el «Capitán Rodríguez», como demostraron los acontecimientos, era el señor Juan Isidro Jiménez, un dominicano, decidido a iniciar una revolución. Desembarcaron en Montecristi. La mayoría de los miembros de la expedición fueron capturados y fusilados, pero Jiménez escapó y posteriormente reanudó sus actividades revolucionarias.

    Tras el asesinato de Heureaux, el vicepresidente, General Figuereo, asumió el gobierno en Santo Domingo; pero a finales de agosto de 1899, renunció, y los miembros de su gabinete abandonaron sus cargos. Una nueva revolución había estallado en el interior de la isla, y el 5 de septiembre su líder, el General Horacio Vásquez, entró en la capital y se convirtió en jefe de un gobierno provisional. Éste gobierno duró hasta el 20 de noviembre, cuando Jiménes sucedió a Vásquez como Presidente «constitucional» o electo, con Vásquez como vicepresidente. El señor Ramón Cáceres, quien había disparado contra Heureaux, fué nombrado gobernador de Santiago y delegado del gobierno en el interior. El gobierno de Jiménes, aunque logró reprimir algunos levantamientos menores, fué derrocado, tras una dura contienda, en mayo de 1902, por una revolución liderada por el General Vásquez, el vicepresidente, quien nuevamente se convirtió en Presidente de un gobierno provisional. En el mes de octubre siguiente, comenzaron a producirse disturbios locales. Continuaron hasta marzo de 1903, cuando, durante la ausencia temporal del Presidente Vásquez, se inició una revolución independiente en la capital bajo el mando del General Alejandro Woss y Gil, quien, el 18 de abril de 1903, se convirtió en Presidente de un gobierno provisional El 20 de julio fué debidamente investido como presidente constitucional; pero el 24 de noviembre fué derrocado por una revolución encabezada por el general Morales, quien se convirtió en jefe de un gobierno provisional. Cuando Morales asumió el poder, se desarrollaba una revolución tripartita en la que participaban el partido de Woss y Gil, o partido del gobierno, el partido de Jiménez y el partido de Vásquez. Éstos disturbios continuaron hasta el verano de 1904. Bandas de merodeadores recorrían el país; la capital fue sitiada; la casa del representante diplomático estadounidense fué alcanzada repetidamente por proyectiles; buques de guerra estadounidenses fueron atacados, y un suboficial resultó muerto, según declaró el representante diplomático estadounidense, de forma deliberada; un buque mercante estadounidense, que se dirigía a su muelle escoltado por una lancha de la armada, fué atacado por la facción de Jiménes; la ciudad indefensa de San Pedro de Macorís, habitada en gran parte por extranjeros, fué tomada y retomada tres veces, y bombardeada en dos ocasiones; las plantaciones de azúcar estadounidenses fueron saqueadas por grupos de partisanos, y los propietarios temían a diario que incendiaran sus cañaverales; el ferrocarril estadounidense, que unía Puerto Plata con Santiago, y que hasta entonces había estado a salvo de ataques, fué tomado por los revolucionarios, las vías férreas fueron destruidas y una estación incendiada. Desde junio de 1904, ha reinado una paz nominal, pero los enemigos del gobierno han mantenido posiciones de facto en algunos lugares, llegando incluso a recaudar y utilizar los ingresos. Se cree generalmente que, de no ser por la presencia disuasoria de un buque de guerra estadounidense en Puerto Plata, una revolución abierta habría estallado en el norte desde mediados de diciembre.

    Los Grandes Intereses en juego.

    Es evidente que, de ser posible, deben mitigarse estas condiciones tan destructivas y peligrosas. Tampoco son insignificantes los intereses en juego. Sin mencionar el gran interés de los propios dominicanos en el establecimiento del orden público, los intereses comerciales e industriales extranjeros acumulados son tan considerables que su sacrificio es impensable. Solo los intereses estadounidenses se valoran comúnmente en 20.000.000 de dólares. Las grandes plantaciones de azúcar son propiedad principalmente de estadounidenses e italianos. Se estima que en los alrededores de San Pedro de Macorís, donde durante los recientes disturbios las plantaciones sufrieron grandes daños a causa de bandas armadas, las inversiones estadounidenses en la industria azucarera ascienden a 6.000.000 de dólares. Extensas plantaciones de plátanos también son propiedad de estadounidenses; la United Fruit Company posee más de 18.000 acres, lo que representa una inversión de más de 8.500.000 de dólares. Hay dos ferrocarriles terminados, uno de los cuales es propiedad de ciudadanos británicos, mientras que el otro, que va de Puerto Plata a Santiago, fué construido principalmente por la Compañía del Ferrocarril Central Dominicano, una corporación estadounidense, esta empresa lo posee y opera actualmente. La exportación de maderas está principalmente en manos de estadounidenses. Los yacimientos petrolíferos de Azua están siendo explotados por una compañía estadounidense. Los derechos de los muelles de los tres puertos principales pertenecen a extranjeros: estadounidenses e italianos. Cuatro grandes casas comerciales son propiedad o están controladas por alemanes, y una por italianos. Una de las dos líneas de vapores que operan regularmente entre puertos dominicanos y extranjeros es la de la firma estadounidense W. P. Clyde & Co., mientras que la otra es francesa. A veces se sugiere que, cuando los ciudadanos de un país viajan al extranjero y se dedican a los negocios, deben asumir todos los riesgos de desorden y daños en el país al que van, y solo pueden recurrir a las autoridades locales, por ineficientes o malintencionadas que sean, para su protección; pero basta decir que ningún gobierno respetable actúa según tal teoría.

    Protección de los acreedores

    Si bien los intereses comerciales e industriales en Santo Domingo requieren protección, también la requieren los intereses de los acreedores del país. Estos intereses merecen una justa consideración, pero el problema que presentan no es tan difícil como a veces se supone. Se suele decir que la deuda pública dominicana asciende a entre 32.000.000 y 35.000.000 de dólares, pero sería imposible corroborar estas cifras si no se incluyeran reclamaciones pendientes con una enorme sobrevaloración. • La deuda en bonos dominicanos en el continente europeo, principalmente en Francia y Bélgica, y en menor medida en Alemania, asciende a unos 14.817.697 dólares, excluyendo los intereses vencidos que suman alrededor de 750.000 dólares. Según un contrato firmado con el gobierno dominicano en 1901 por comités de tenedores de bonos en París y Amberes, y ratificado por el Congreso dominicano —un contrato que ha recibido el apoyo de los gobiernos francés y belga—, los intereses sobre el capital de los bonos se pagan a una suma fija anual, según una escala variable; pero los bonos son redimibles a cincuenta centavos por dólar. Es probable que la totalidad de la deuda pudiera capitalizarse sobre esa base, con el consentimiento de los gobiernos francés y belga y de los tenedores de bonos, si se estableciera un fondo de amortización y se pagara una tasa razonable de los intereses en cuestión estaban garantizados por la administración de los ingresos por parte de Estados Unidos. También existen títulos de deuda dominicana en poder de inversores en Inglaterra, que el gobierno británico ha manifestado hasta ahora su intención de proteger; pero como éstos bonos están en manos de intereses aliados con La San Domingo Improvement Company de Nueva York, está ahora protegida por el laudo internacional emitido el 14 de julio pasado, en virtud del protocolo entre los Estados Unidos y la República Dominicana del 31 de enero de 1903. Según éste protocolo, el gobierno dominicano acordó pagar, como liquidación total de todas las reclamaciones de la San Domingo Improvement Company y sus compañías estadounidenses asociadas, y por la transferencia de todas sus propiedades, derechos e intereses, la suma de $4,500,000, en los términos que fijarían los árbitros. Estos también debían establecer la forma en que se recaudarían los fondos. El monto total a pagar se fijó en el protocolo a instancias del gobierno dominicano. Los bonos de las compañías estadounidenses se incluyeron a cincuenta centavos por dólar y otras reclamaciones fueron transadas o renunciadas. Los árbitros (el juez George Gray, el honorable John G. Carlisle y el señor Don Manuel de J. Galván) fijaron el monto de las cuotas mensuales en las que se pagaría el capital y dictaminaron que, en caso de que el gobierno dominicano no realizara los pagos correspondientes, estos serían recaudados directamente por un agente designado por los Estados Unidos en Puerto Plata, y, en caso de que los ingresos allí fueran insuficientes,o en caso de cualquier otra necesidad manifiesta, o si el gobierno dominicano así lo solicitara, entonces en los puertos de Sánchez, Samaná y Montecristi. Además de la deuda consolidada, existe una deuda interna flotante de aproximadamente $3,230,000, sin incluir los intereses atrasados. De esta deuda, alrededor de $2,500,000 pertenecen a comerciantes residentes de nacionalidad europea, la mayor parte en poder de los representantes de un comerciante italiano fallecido llamado Vicini. También existen reclamaciones alemanas, españolas e italianas liquidadas (distintas de las de Vicini), que ascienden a aproximadamente $375,000, garantizadas por contratos específicos y la cesión de ingresos determinados. La deuda total consolidada y liquidada de la república asciende a aproximadamente $25,000,000. Además de esto, existen las reclamaciones no liquidadas a las que me he referido anteriormente.

    Carlos F. Morales. Presidente de la Republica Dominicana.

    Una política bien elegida

    Un punto que merece destacarse es el intento realizado en el Senado de los Estados Unidos de dar a entender al país que el presidente Roosevelt había actuado de forma imprudente y sin el debido respeto a las prerrogativas del Senado al intentar mejorar la gestión de los asuntos en Santo Domingo. Se había acusado erróneamente al Gobierno de los Estados Unidos de haber tomado posesión por la fuerza de todas las aduanas en Santo Domingo y de haber recaudado los ingresos en beneficio de los acreedores, sin haber negociado un acuerdo adecuado. Los hechos se expusieron en un mensaje enviado por el presidente al Senado el 15 de febrero. Las reclamaciones de la San Domingo Improvement Company contra la República Dominicana se habían sometido a arbitraje, que concluyó con el laudo del 14 de julio de 1904. En virtud de dicho laudo, Estados Unidos estaba autorizado a hacerse cargo de los ingresos de las aduanas de Puerto Plata y Monte Cristi en beneficio de los ciudadanos estadounidenses a quienes se les adeudaba dinero.

    Intereses Europeos.

    Los bonos Dominicanos están en gran parte en manos de Francia y Bélgica. Se ha producido un impago en el pago de intereses; y, con las revoluciones siempre latentes, ha sido imposible para los acreedores extranjeros cobrar sus deudas. Con un control financiero adecuado, la deuda externa podría saldarse fácilmente, mientras que el gobierno dominicano tendría mayores ingresos que nunca. El gobierno de Santo Domingo prefiere que Estados Unidos actúe como fideicomisario financiero, recaudando los ingresos aduaneros, rindiendo cuentas de forma transparente, pagando una parte al tesoro dominicano y destinando el resto al pago de la deuda externa, antes que someterse a la ocupación forzosa de su territorio y aduanas por parte de los gobiernos europeos. Ha quedado claro que si nuestro gobierno no dá éste paso —que puede dar con facilidad y que beneficiará a todas las partes—, el caos en Santo Domingo hará inevitable la ocupación Europea.

    Un plan fiscal útil.

    Una de las principales causas de las revoluciones en Santo Domingo ha sido la tentación de las facciones revolucionarias de apoderarse de uno u otro puerto con el fin de apropiarse de los ingresos de la aduana. De acuerdo con el acuerdo de julio pasado, Estados Unidos comenzó a recaudar los ingresos en Puerto Plata hace varios meses. El 10 de febrero, el contralmirante Sigsbee, con el crucero Newark, actual buque insignia del escuadrón del Caribe, y el crucero Detroit, se hizo cargo de la aduana de Monte Cristi, que había estado en manos de los rebeldes revolucionarios. Ésto se hizo a petición del presidente Morales. Mientras tanto, se había elaborado en Santo Domingo un protocolo que contemplaba el control estadounidense de la aduana, al que siguió la redacción de un tratado formal, firmado por el Sr. Dawson, el ministro estadounidense, y el Sr. Sánchez, ministro de Asuntos Exteriores del presidente Morales. Éste es el tratado que llegó a Washington el 15 de febrero y fué transmitido al Senado, junto con el mensaje del presidente Roosevelt, ese mismo día. A la luz de todos los hechos presentados por el presidente, se esperaba que el Senado estuviera a la altura de su deber público y ratificara prontamente un acuerdo que tiene mucho a su favor y poco que objetar. El destino de Santo Domingo en el futuro a largo plazo no está implicado en los procedimientos actuales, salvo de forma muy indirecta. Naturalmente, si Estados Unidos implementa un sistema honesto de recaudación y desembolso de los ingresos aduaneros y se encarga de la deuda externa, garantizando al mismo tiempo la protección de Santo Domingo contra ataques extranjeros, los buques de guerra estadounidenses tendrán que proteger las aduanas y el comercio de los puertos contra la violencia revolucionaria, y nuestro gobierno tendrá que asegurarse de que no se contraigan nuevas deudas externas de forma imprudente.

    Frente a Montecristi~~ Santo Domingo

    El Contraalmirante Sigsbee

    El teniente Williams y los infantes de marina del Detroit.

    Los aspectos más grandes.

    Sin embargo, nuestra supervisión no necesitará ir más allá de establecer las condiciones que permitan al pueblo de Santo Domingo, al igual que al de Cuba, escapar del caos revolucionario y realizar actividades comerciales con la esperanza de alcanzar condiciones pacíficas y normales. Si en este país surgiera una reacción contra la política de una gran armada, ya no hay posibilidad de que volvamos a las condiciones que existían antes de la guerra con España. Aunque no nos convirtamos pronto en la segunda potencia naval del mundo, de ahora en adelante ocuparemos un lugar destacado tanto por el tamaño de nuestra armada como por su eficiencia. Además, con el Canal de Panamá como enlace entre nuestros intereses en el Atlántico y el Pacífico, el control naval del Mar Caribe se vuelve esencial para nuestra política, e indudablemente intentaremos aplicar de manera práctica la Doctrina Monroe en lo que respecta a las Indias Occidentales, Centroamérica y las costas septentrionales de Sudamérica. Nuestro gobierno no buscará oportunidades para actuar como interventor de repúblicas en bancarrota, pero difícilmente podrá negarse a realizar la labor que ha emprendido en Santo Domingo cuando surja la necesidad.

    .

    Nuestro deber en virtud de la Doctrina Monroe

    La estabilidad de Cuba se debe a que Estados Unidos intervendría si las cosas se complicaran seriamente, ya sea en las relaciones exteriores o en la tranquilidad interna. Aunque no existen acuerdos escritos ni declarados, en Ciudad de México y en Washington se entiende perfectamente que Estados Unidos nunca permitiría que México cayera en la situación caótica de Colombia y Venezuela. La nueva república de Panamá está, por supuesto, bajo la protección de Estados Unidos, para su propio beneficio. Santo Domingo y Haití deberán ser puestos de manera similar bajo la guía amistosa del Gobierno de Estados Unidos. La política que hemos adoptado no es radical, sino más bien sumamente conservadora, dadas las circunstancias actuales. Aquellos que más se han opuesto a la adquisición de Filipinas por parte de este gobierno son precisamente quienes deberían apoyar con mayor entusiasmo la nueva política hacia Santo Domingo, por la obvia razón de que el tipo de relaciones de buena vecindad, de ayuda y apoyo que hemos establecido en Cuba y que estamos extendiendo a Santo Domingo, fortalecen, en lugar de debilitar, a estas repúblicas, y disminuyen, en lugar de aumentar, el peligro de anexión. Además, estos acuerdos con las Antillas proporcionan precedentes y experiencia que, en última instancia, pueden mostrar cómo podemos crear de la mejor manera una república independiente, protegida y garantizada, en el archipiélago filipino. Ciertamente, esto no podrá lograrse en mucho tiempo; y la mayoría de nosotros opinamos que sería imprudente hablar mucho sobre ello en este momento. Pero hay muchos estadounidenses muy inteligentes cuyo sentido de la idoneidad ideal de las cosas no se verá satisfecho hasta que crean que la independencia final de Filipinas es la política hacia la que trabajamos con firmeza de propósito. Estas personas sensibles deberían, sin duda alguna, apoyar la política expuesta por el presidente Roosevelt en su mensaje del 15 de febrero sobre las relaciones con la República Dominicana.

  • Éste texto, atribuido al general Juan Francisco Sánchez, analiza la situación política y económica de la República Dominicana a inicios del siglo XX, destacando las causas de su inestabilidad y la necesidad de restablecer el orden. A través de referencias históricas y reflexiones políticas, el autor defiende la independencia nacional y plantea la cooperación con los Estados Unidos como una vía para garantizar la estabilidad y el desarrollo del país.

    El Futuro de Santo Domingo

    POR EL GENERAL JUAN FRANCISCO SÁNCHEZ

    [A petición de éste medio independiente, el general Juan Francisco Sánchez, Ministro de Relaciones Exteriores de Santo Domingo, quien se encuentra actualmente en Washington gestionando relaciones diplomáticas más efectivas con los Estados Unidos, pero que no domina completamente el inglés, encargó a su secretario la preparación del siguiente documento. El general Sánchez es hijo del general Francisco del Rosario Sánchez, el líder ferviente y patriota que fué ejecutado por los españoles por oponerse a la anexión de Santo Domingo a España. Su hijo, autor del siguiente artículo, no es menos ferviente en su deseo de preservar la independencia de la pequeña República Dominicana, y ha sido enviado a Washington por el gobierno establecido con la esperanza de lograr un plan que garantice éste fin. —EDITOR]

    Juan Francisco Sánchez

    Unas pocas palabras sobre la historia de Santo Domingo sin duda disiparán ciertas ideas erróneas con respecto a su población, su situación actual y las aspiraciones de las personas honestas y sensatas de allí. Francisco del Rosario Sánchez (padre del general Juan Francisco Sánchez, actualmente en Washington), Juan Pablo Duarte, y Ramón Mella iniciaron un movimiento en 1844 que condujo a la independencia de la parte española de la isla de Haití. Una sucesión de revoluciones de mayor o menor importancia culminó con la anexión del país por España en 1861, bajo el mando de Santana; Sánchez, al frente de un puñado de patriotas, se opuso a la anexión y se alzó en armas; él y otros fueron capturados por las fuerzas españolas y fusilados sin piedad. La restauración de la República se produjo en 1865; pero desde entonces, salvo durante el férreo gobierno de Ulises Heureaux, el país ha sido escenario de los peores casos de mala administración, que alcanzan hoy un punto álgido difícil de definir y aún más difícil de combatir.

    Así llegamos al punto en que, en 1903, el general Alejandro Woss y Gil asumió el poder bajo un gobierno constitucional, que duró solo unos pocos meses. Este gobierno sucedió al gobierno provisional de Horacio Vásquez, durante cuyo honesto mandato el Ministro de los Estados Unidos, el Honorable F. W. Powell, concluyó, con la cooperación del general Juan Francisco Sánchez, entonces Ministro de Relaciones Exteriores, cuatro acuerdos muy importantes que estaban pendientes como reclamaciones del Gobierno de los Estados Unidos. Las partes disidentes propusieron algo que parecía justo: unirse para lograr una elección Presidencial libre e imparcial, alegando que el general Gil había usurpado el poder. Para garantizar el fiel cumplimiento de esto tras el acuerdo, Morales, a favor de quien Gil había abdicado el 24 de noviembre de 1903, emitió un decreto para la celebración inmediata de elecciones en diciembre, de acuerdo con las estipulaciones del acta de capitulación. Sin embargo, el señor Juan Isidro Jimenes, una de las partes del acuerdo, prefirió alzarse en rebelión, proclamándose presidente y librando una lucha encarnizada con la ayuda de sus partidarios, y continúa haciéndolo, a pesar de que el gobierno Americano ha reconocido al gobierno de Morales.

    * Nota aclarataria:

    El texto se refiere a el Protocolo firmado por el gobierno de Horacio Vásquez con el de los Estados Unidos el 31 de enero de 1903 donde participó en la firma el mismo Sánchez con el representante de los Estados Unidos F.W. Powell, en cuyo tratado el gobierno dominicano cometió el error de aceptar que el gobierno norteamericano representara los intereses de una compañía privada. (La San Domingo Improvement Co.)

    La Catedral (iniciada en 1512) y la Plaza, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    La muralla de la ciudad, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    El puerto fluvial visto desde la muralla, Ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

    Ciertos actos perpetrados por los insurgentes, como el incendio provocado, el saqueo, el levantamiento de las vías de un ferrocarril Americano en Navarrete y, por último y lo más lamentable, el ataque a la lancha estadounidense “Yankee”, que causó la muerte del joven ingeniero Johnston, son de tal naturaleza que todo Dominicano honesto los repudia, los lamenta profundamente y desea encontrar la solución mediante el establecimiento del orden y una buena administración, de modo que se pueda idear un sistema para pagar la enorme deuda externa e interna, y que se ofrezca una garantía de vida y propiedad a todo aquel que posea bienes allí actualmente o que, atraído por los enormes recursos de ese país inmensamente rico, pueda llegar a ser propietario en el futuro.

    Los Dominicanos se enorgullecían, con razón, de que nadie, ni nativo ni extranjero, hubiera sido víctima de robo, ni en los caminos ni en sus hogares. Muchos extranjeros pueden dar fé de ello. Viajar era completamente seguro en cualquier circunstancia. Pero ahora, a menos que se haga algo para que este hermoso país retome el buen camino, es imposible predecir cómo terminará todo ésto.

    Los insurgentes de Santo Domingo organizándose para formar un ejército.

    Sin duda, el gobierno de Morales desea lograr en Santo Domingo todo lo que conduzca a un acuerdo justo y honesto con todos sus acreedores y, al mismo tiempo, abrir el país a la inversión de capital extranjero. Si su gobierno recibe algún tipo de asistencia por parte del gobierno de los Estados Unidos, se pueden esperar grandes resultados de los miembros de su gabinete.

    Desde todos los puntos de vista, se hace necesario para Santo Domingo, y posiblemente conveniente para ambos países, llegar a un entendimiento justo y liberal. La situación de Santo Domingo se ha vuelto hoy, en vista de las ventajas de Puerto Rico y de las singulares relaciones de Cuba con los Estados Unidos, muy difícil. El azúcar constituye el principal producto del sur. Las plantaciones de azúcar son propiedad en su mayoría de ciudadanos estadounidenses: es capital estadounidense el que está invertido allí y el que continúa satisfaciendo sus necesidades. ¿Es posible permitir que éstas plantaciones perezcan, cuando, con un poco de ayuda del gobierno Americano, Santo Domingo podría mantenerse a flote en éste y otros aspectos?

    El cacao, el tabaco, el café y maderas de todo tipo, así como minerales de diversas clases, encontrarían un mercado fácil y ventajoso en el vasto consumo de ochenta millones de personas.

    La situación geográfica de la isla y, en especial, la parte que constituye la República Dominicana, ofrece, por así decirlo, una posición estratégica inmejorable para proteger y controlar el paso de Mona y el dominio del Mar Caribe, lo cual sin duda desempeñará un papel fundamental en la administración de la gran y universalmente beneficiosa apertura del Canal de Panamá.

    Se puede afirmar sin temor a equivocarse que para todo Dominicano la idea de la anexión es repulsiva, y que cualquier intento en ese sentido sería rechazado con firmeza. Cabe recordar que la raza española, con todas sus características, ha dejado en ese país una semilla de orgullo patriótico, mezclada con insubordinación y falta de disciplina, lo que los convierte en un pueblo difícil de dominar, aunque, en general, si se les trata con justicia y equidad, las masas se dejan guiar fácilmente por el buen camino.

    Un Mercado en Santo Domingo y una Procesión Fúnebre.

    Las personas sensatas de hoy en día saben que se puede esperar mucho de la ayuda del gobierno de los Estados Unidos, y las acciones que contribuyan a tal fin contarían con la aprobación de la gran mayoría, aunque los miembros del partido insurgente, aún estando convencidos de ésta verdad, puedan afirmar lo contrario por sus propios intereses.

    Nadie que esté familiarizado con los asuntos dominicanos puede dejar de ver que se está formando una densa nube que amenaza con estallar en un futuro próximo. Los tenedores de bonos Europeos, Belgas, Franceses, Alemanes, Italianos y Españoles, por no mencionar a los Ingleses, cuyos intereses están en manos del gobierno de Estados Unidos, se cansarán de esperar; su paciencia se agotará, sin resultado alguno. Veinticinco millones de dólares no se pueden pagar con meras promesas, y podrían unirse para emprender alguna acción con respecto a la República Dominicana que obligaría al Gobierno estadounidense a intervenir, no solo para ser consecuente con la Doctrina Monroe, sino para evitar la más mínima posibilidad de que alguna potencia ambiciosa se apodere de puntos estratégicos que constituirían una situación sumamente delicada para la nación Americana.

    WASHINGTON, D. C.

    Importaciones y exportaciones en la playa: el modo habitual de descargar y embarcar mercancías.

  • Éste texto describe la compleja situación social y política de la República Dominicana a comienzos del siglo XX, especificamente a principios del año 1904, el panorama político estaba marcado por continuas revoluciones, gobiernos inestables y enfrentamientos entre caudillos. El autor presenta a figuras como Jimenes, Morales, Vásquez y Cáceres como actores centrales de una lucha constante por el poder que mantenía al país en un estado de permanente agitación .También describe cómo, pese a su belleza, sus vastos recursos y su fertilidad excepcional, la República Dominicana en medio de un clima de tanta incertidumbre enfrentaba grandes desafíos sociales e institucionales para trazar un camino claro con vías al desarrollo y al aprovechamiento pleno de su potencial.

    San Domingo: Island of Chaos

    By William Bayard Hale

    William Bayard Hale https://share.google/lc7S2b4IzGuf91SQx

    Es una ironía singular que la tierra más hermosa del globo esté hoy habitada por la población más degenerada de la Tierra; que el primer foco de civilización del Hemisferio Occidental se haya convertido en su zona más bárbara; que una isla en la que los Europeos exterminaron a los nativos Americanos haya caído en manos de los Africanos, con su suelo empapado con la sangre de tres razas y asolado en posesión de la más innoble de todas ellas.

    Ningún otro país abastece a los periódicos con historias tan frecuentes como Santo Domingo y Haití, y ningún otro país resulta tan desconocido, salvo como supuestos escenarios de horror salvaje y grotesco. En éste momento, los desórdenes en Santo Domingo, que han provocado ataques a buques estadounidenses y el derramamiento de sangre estadounidense, están recibiendo gran atención pública, pero la insinuación de que la anexión, o al menos la ocupación militar, del país podría convertirse en una necesidad inminente deja a la mayoría desconcertada, preguntándose qué clase de lugar y de pueblo son, lo que preocupa al Gobierno de Washington.

    Los hechos físicos son los siguientes: La isla que propiamente se llama La Española tiene tres veces el tamaño de Massachusetts, incluyendo Connecticut. Dos naciones dividen su territorio: Santo Domingo ocupa la parte oriental, mucho más extensa; Haití se encuentra a lo largo de la costa occidental. Los haitianos son negros de pura sangre; hay más de un millón de ellos; hablan francés—de cierto tipo. Los Dominicanos son «de color» , como dicen en las Indias Occidentales; hablan español, son un cuarto de millón y llaman a los haitianos «negros».

    Haití celebra éste año el centenario de su independencia y del derrocamiento del dominio blanco sobre la isla. Santo Domingo ha sido independiente de Haití desde 1844; entre 1861 y 1865 se sometió de nuevo a España. En 1871, una comisión nombrada por el presidente Grant halló al pueblo Dominicano deseoso de anexarse a Estados Unidos, y la anexión real sólo se evitó gracias al voto y la influencia del senador Charles Sumner. Desde el establecimiento de su gobierno, Santo Domingo ha sido gobernado por una serie de dictadores con la reputación de presidentes: el más capaz de ellos fue Ulises Heureaux. El estado de guerra es la condición normal de la isla. La revolución se ha convertido en un hábito fijo en el pueblo. Se levantan al saludo de los sucesivos jefes con la misma regularidad con que obedecen al ventoso llamado de la mañana. La lluvia temprana y tardía puede fallar, pero no la revolución anual.

    Para comprender la posibilidad de una situación como la que existe hoy en ésta tierra desdichada, sólo es necesario recordar que un clima tropical no favorece la mano de obra; que una tierra de fertilidad incomparable la hace innecesaria —la naturaleza provee fácilmente de lo necesario para la existencia— y que la sangre de Santo Domingo es una mezcla de negros, indígenas y españoles. Sin embargo, contribuye a ello que el país esté dividido por hendiduras del mar, altas cordilleras de montañas y una variedad de niveles en varias provincias, cada una con su propio clima y población. Cada valle tiene su favorito o su déspota, que vive rodeado de su banda de sirvientes depredadores, deseoso de fomentar disputas y tener la oportunidad de ver el mundo y tal vez marchar a la capital. Los puertos están muy separados y ceden fácilmente a los ataques de los repentinos descendientes de las colinas. Los productos naturales del país, de crecimiento silvestre, sustentan un ejército en cualquier época del año, sin pensar en comisariatos, mientras que la montaña y la selva ofrecen las condiciones ideales para una guerra de guerrillas persistente.

    Fuera de la isla, nunca se sabe de cientos de revueltas; con frecuencia, cuatro o cinco pequeñas revoluciones se desarrollan simultáneamente. Normalmente, si un líder revolucionario, gracias a su ferocidad superior, astucia o buena fortuna, logra varias victorias, los demás movimientos tienden a aliarse con él y se convierte en una figura política.

    La generación actual conoce a cuatro de esos jefes destacados: Jimenes, Vásquez, Morales y Woss-y-Gil. Ninguno de ellos, a menos que Morales, el más joven en el campo, desarrollara habilidades insospechadas, es un sucesor digno de Heureaux. Fué un héroe según el corazón haitiano, una bestia negra que mató a sus enemigos por odio y para satisfacer su sed de sangre, no por la mera política de salvaguardarse en el cargo. Un relato veraz de éste hombre y sus hazañas sería demasiado horripilante para éstas páginas. Y, sin embargo, Heureaux fué en algunos aspectos realmente un gran hombre. Hablaba tres idiomas y podía mentir en todos ellos con perfecta facilidad; en todos ellos también era un orador de ése poder singular que el hombre negro y el negro a veces exhiben en ferviente discurso. Era un estratega en la batalla y en la política, y además algo así como un estadista. Hacia el final, su sed de sangre se volvió tan grande que incluso se la reconoció como una enfermedad. Su asesinato supuso el alivio de una terrible carga de temor para el pueblo, que, sin embargo, ahora habla de Heureaux con el mayor respeto y lo erigirá en la próxima generación como un héroe legendario.

    Juan Isidro Jimenes.

    Revolucionario sólo por intereses fiscales, y actualmente uno de los Presidentes de Santo Domingo.

    Presidente de la República Dominicana

    (1899-1902)—— (1914-1916)

    Partido–— Los Bolos

    El señor Juan Isidro Jimenes, el de color más claro, quizás es él más “ patriota” y culto de la isla, es su principal azote. Fué él quien organizó la revuelta contra Heureaux, que triunfó gracias al asesinato del tirano. Jimenes es Dominicano sólo de nacimiento y profesión; aunque un concesionario privilegiado, ha vivido poco en la isla. Jimenes acumuló dinero y estableció sucursales de una empresa de comercio general en Puerto Príncipe, Nueva York y Hamburgo. Luego sufrió el desastre, perdiéndolo todo excepto la reputación de seguir siendo millonario. En ésta situación, comprendiendo el carácter rentable del patriotismo ilustrado, concibió la idea de deshacerse del opresor de su país y recuperar su fortuna en la presidencia.

    En consecuencia, gastó el capital que aún podía conseguir en fomentar la insurrección en el norte de la isla, y en el verano de 1898 partió él mismo con una expedición filibustera que desembarcó en Monte Cristi, esperando encontrar allí el núcleo de su ejército. En cambio, su grupo fué aniquilado por las tropas gubernamentales, y sólo él escapó con vida.

    Lo que la rebelión no logró, la bala de un asesino lo logró. Jimenes estaba en Cuba cuando Heureaux fué asesinado en Moca en julio de 1899, y otros dos patriotas, Figuereo y Vásquez, deseosos de ser los salvadores de su país, se disputaron la presidencia durante un tiempo. Pero la creencia universal de que Jimenes regresaba con la abundancia de dinero hizo imposible la oposición. Por consiguiente, fué aclamado Presidente en Noviembre de 1899. Inmediatamente se descubrió que el nuevo presidente no tenía dinero y que su única ambición era lucrarse con su cargo. El señor Jimenes es un hombre de negocios muy despiadado. No lo mueve en lo más mínimo el patriotismo que a veces profesa, ni siquiera la ambición de gloria y poder, que es la dinámica habitual e inteligible del revolucionario Dominicano.

    Jimenes es puramente un revolucionario profesional. Jimenes no es un general; confía en el liderazgo de su ejército a otros. Vásquez fué su primer comandante y le fué fiel por un tiempo y luego lo traicionó; Morales fué su segundo como partidario de él y ahora está gobernando a parte. Ahora confía —con qué sabiduría, ¿quién sabe?— en los generales Rodríguez, Deschamps y Pichardo.

    Carlos Felipe* Morales.

    Inicialmente sacerdote, se convirtió en un exitoso líder revolucionario bajo el gobierno de Jimenes y luego se consagró Presidente. Actualmente controla tres puertos además de la capital.

    Presidente de la República Dominicana

    (1903- 1906)

    El general Carlos Felipe Morales es una nueva figura en los asuntos nacionales Dominicanos. Originalmente fué sacerdote y sirvió como tal en su ciudad natal hasta que abandonó el altar y fué depuesto. Era un local favorito,se convirtió en el amigo de confianza de Jimenes y fué nombrado recaudador de Puerto Plata y luego Gobernador Provincial o “Delegado”. La formación sacerdotal de Morales no interfirió con su destreza como jefe combatiente, y, cuando entró en campaña por Jimenes contra Woss-y-Gil, fué reconocido como comandante en jefe de las fuerzas revolucionarias. Morales, luchando bajo el mando de Jimenes, arrebató el país y la capital al héroe del nombre con guión, y luego se apoderó de la presidencia.

    Es posible que Morales haya sido depuesto a su vez antes de que éste artículo saliera de imprenta; actualmente sólo controla tres puertos además de la capital, pero, en el cargo o fuera de él, si escapa a la venganza de Jimenes, podría ser una figura permanente en los asuntos de la isla. Morales siempre ha sido bien considerado por la clase alta de la isla, tras haberse comportado honestamente en el cargo de Puerto Plata. No goza de gran popularidad, aunque sin duda es un capitán militar apuesto e intrépido.

    El general Horacio Vásquez es un hombre de quizás menos mentalidad que Jimenes o Morales. En apariencia se acerca al caucásico. Su reputación es la de un hombre honesto de naturaleza algo tímida; aunque intrépido en el campo de batalla, sus hazañas han sido más de coraje que de audacia, mientras que en política carece de imaginación y capacidad de iniciativa. Fué Vásquez quien dirigió los movimientos militares contra Heureaux en 1899, y después de la muerte del tirano, estaba, como dictador, en posesión de la ciudad de Santo Domingo, cuyas puertas abrió para admitir a Jimenes. Había iniciado la revolución en nombre de Jimenes, pero el fino sentido del honor es una desventaja en la política Dominicana, y la lealtad está en desuso como cualidad personal. Es cierto que Vásquez fue nombrado Vicepresidente y que, mientras ocupaba el cargo como tal, organizó una rebelión contra su superior. Ésta rebelión Vásquez la dirigió y lideró en persona, bombardeando y tomando Santo Domingo, expulsando a Jimenes y manteniéndose en el poder durante un año. Luchó valientemente contra su propio sucesor, Woss-y-Gil, persistiendo en la lucha mucho después de haber sido expulsado de la capital, y nuevamente el otoño pasado emprendió una campaña para recuperar el cargo del que él había sido depuesto. La causa de Jimenes, bajo la capitanía de Morales, resultó, sin embargo, más popular, y los ejércitos de Vásquez se desvanecieron.

    Se supone que el general Vásquez ahora debe conformarse con su vida privada. Nadie que conozca su espíritu ambicioso cree que permanecerá inactivo por mucho tiempo. Hay un joven en La Vega Real, ése jardín de éste paraíso, que, aunque ahora profesa su adhesión a Jimenes, está dispuesto a aparecer en el momento oportuno al frente de un movimiento bien provisto de armas y municiones, comprometido a restituir a Vásquez en la presidencia.

    Tengan bien presentes a éstos tres principales rivales: Jimenes, el comerciante y revolucionario sólo por ingresos; Morales, el ex sacerdote a quien la ambición ha convertido en dictador; Vásquez, el soldado honesto y patriota (para fines de identificación: los términos deben tomarse en un sentido de acomodación): uno contra todos y todos contra uno.

    El general Alejandro Woss-y-Gil fué un episodio. Ahora se encuentra en San Juan, Puerto Rico, con la idea de estar listo para el llamado de su país, mientras que algunos fieles seguidores en Puerto Plata aún esperan, al favorecer a Jimenes por el momento, estar en condiciones de ayudar a su favorito con el tiempo. Gil es un negro sin una fuerza de carácter particular, ni un magnetismo personal especial ni popularidad.

    Ramón Cáceres.

    Fué Ministro de Guerra durante el gobierno de Vásquez y actualmente es un desconocido desde el punto de vista político.

    Presidente de la República Dominicana

    ( 1906-1911)

    Partido–— Los Coludos

    El joven de La Vega Real es Ramón Cáceres. Fué la mano de Ramón Cáceres la que disparó el tiro que mató a Heureaux en las calles de Moca. Empapado en la sangre de su víctima, el asesino fué aclamado por la población, y le llovieron flores y confeti. Cuando Vásquez se convirtió en dictador, nombró a Cáceres ministro de Guerra. El hombre tiene ahora treinta y cinco años. Es de buena familia y se le considera blanco. Es bastante culto. Su principal característica es la determinación; su sagacidad es bastante menor que su energía. Ahora, delegado de Morales en el interior, su verdadera lealtad recae en Vásquez, o en Ramón Cáceres.

    Bajo el gobierno de ninguno de éstos líderes, Santo Domingo puede esperar tranquilidad. Ninguno de ellos es lo suficientemente fuerte como para mantenerse contra los demás. Que el presente escritor sepa, las influencias externas interesadas en el establecimiento del orden en la isla han considerado sus casos; han sondeado también los caracteres de otros posibles líderes, con vistas a la conveniencia de apoyar a uno de ellos en el poder, y se han visto obligados a la conclusión de que ninguna figura en la isla es apta o igual a la tarea de cooperar con fuerzas civilizadoras del exterior en la salvación de Santo Domingo de la anarquía en la que se encuentra.

    Es costumbre referirse a las revoluciones dominicanas como asuntos de ópera bufa. De hecho, a menudo son asuntos muy desesperados y muy fatales. Los dominicanos no son buenos tiradores, y la munición que se descarga en los pequeños vapores Cherokee y New York es de mala calidad. Pero estos individuos, sin embargo, son luchadores terribles, fácilmente provocados por una furia salvaje, e inconscientes en el calor de una batalla, del peligro, como insensibles al dolor. Máximo Gómez, famoso como revolucionario en Cuba, era dominicano; su compañero de armas, Maceo, es considerado nativo de Haití. ‘Los generales dominicanos poseen un alto grado de astucia, y la práctica de tácticas engañosas, por no decir, la traición, conduce con frecuencia a matanzas al por mayor del enemigo. Las prisiones son repugnantes y unos pocos meses de confinamiento en ellas son fatales. Pero muchos prisioneros no esperan el final del proceso de la enfermedad. Las ejecuciones sumarias reducen sus filas; En el caso de un personaje importante, la víctima es fusilada, por error de identidad, bajo la forma de una orden emitida a nombre de otro, Heureaux ejecutó así a más de dos mil personas.

    Una revolución en Santo Domingo normalmente comienza en algún lugar de las provincias. Al igual que en Haití, el sentimiento popular se inclina a favorecer una que se origina en el norte; se cree que tiene mayores posibilidades de éxito. Esta noción no es supersticiosa, ya que la costa norte, refrescada por los vientos alisios, alberga una población más enérgica. Normalmente, un «delegado» iza un estandarte, toma una aduana y establece un gobierno provisional. La posibilidad de éxito y la certeza de un vagabundeo encantador e irresponsable atraen a cientos de voluntarios sans-coulottes a la fortaleza. Están armados con machetes, cocomacaques y rifles, generalmente los Remington de alto volumen.

    Un destacamento del ejército regular.

    Con los peajes de la aduana, el líder compra cien mil cartuchos que le envían desde Nueva York, y luego parte hacia otro pueblo y otra aduana. No es muy difícil tomar Monte Cristi, San Pedro o San Francisco de Macorís, Samaná o Azua; ni es difícil para el gobierno recuperarlos, si puede prescindir de una de sus dos cañoneras y tiene pólvora.

    La ciudad de Santo Domingo es un asunto diferente. El gobierno cuenta con varios cañones de fuego rápido, y la ciudad, bajo el mando de un general decidido, es capaz de resistir un asedio prolongado. Normalmente, la capital es bombardeada desde una colina boscosa al otro lado del río Ozama; la localidad se llama Pajarito.

    No hay pretensiones de partidos en Santo Domingo. Las revoluciones no son meramente reales, son, confesamente, asuntos personales sin principios. Ni el pueblo Dominicano, en su conjunto, ni ningún líder ahora activo entre ellos ha concebido ninguna idea nacional, ni defiende ninguna política nacional, ni tiene en el corazón o incluso en los labios ningún sentimiento que pretenda contribuir a una mejor vida nacional.

    Es engañoso hablar de los habitantes de Santo Domingo como si constituyeran un pueblo. La sangre negra prevalece en la población mestiza, pero que varía desde el característico color Africano hasta el tono del Sur de Europa. Todos son iguales: perezosos, descuidados, jactanciosos, ignorantes y bondadosos; amables, traicioneros, apasionados. La moralidad es sólo un nombre. En persona son limpios, pero no así en su domicilio ni en sus costumbres. Sin pertenecer a ninguna raza, sin estar unidos por ninguna idea nacional, sin ninguna ambición común, sin principios, sin pasado y sin preocuparse por el futuro, los Dominicanos son meros moradores de la tierra y sus cargas.

    En manos de un pueblo así, invadido continuamente por hordas de revolucionarios, con sus ciudades bombardeadas continuamente y la antorcha encendida entre sus aldeas, puede entenderse que las evidencias físicas de civilización en Santo Domingo se encuentran en ruinas totales. En toda la isla hay solo ciento veinte millas de ferrocarril. Ningún vehículo con ruedas se aventura fuera de las ciudades. Las carreteras de ciudad en ciudad son los senderos más simples, transitables solo por burros y caballos de montaña descalzos. Las fortalezas del interior son escenario de orgías inhumanas. El vudú tiene su garra sobre una población propensa a la más oscura superstición; los abominables ritos de adoración de serpientes son ampliamente observados; no se desconoce la inmolación de víctimas humanas ante altares de serpientes ni la espantosa locura del canibalismo.

    El presente autor cree que las estimaciones comunes sobre la población de Santo Domingo son exageradas. «Los negros pululan en Haití como monos en los bosques; en Santo Domingo, amplias zonas parecen estar deshabitadas. Es dudoso que haya doscientos cincuenta mil habitantes en Santo Domingo».

    La isla que Colón eligió como su hogar y lugar de descanso final; a la que bautizó con el nombre de su amada España; cuya capital, según él, era la de su padre; cuyos paisajes, según él, eran los más espléndidos de la tierra, es tan maravillosa ahora en su belleza nativa e inextinguible como lo era cuando Colón fundó su capital. Bajo un gobierno ordenado, sus tierras baldías serían rápidamente recuperadas, sus inagotables riquezas volverían a estar disponibles, su belleza volvería a ser un deleite para la apreciación civilizada.

  • Éste texto presenta una visión temprana de la Cuba posterior a la independencia, marcada por el contraste entre la modernización impulsada por capital estadounidense y la persistencia de costumbres tradicionales. El autor describe ciudades, paisajes, arquitectura colonial y cambios sociales, mientras expone también prejuicios propios de su época. En medio de ésta mirada, destaca la figura de Máximo Gómez, el héroe de la independencia cubana, cuya muerte reciente en La Habana añade un tono de homenaje a un gran líder admirado por su sencillez y grandeza.

    Interesting Cuba

    By Frederick A. Ober

    https://en.wikipedia.org/wiki/Frederick_A._Ober

    autor de “Nuestros vecinos antillanos”, “Campamentos en el Caribe”, “Bajo la bandera cubana”, etc.

    El fallecido General Máximo Gómez, en su casa de La Habana

    Por supuesto que irás algún día, si es que aún no has visitado Cuba, en cuyo caso seguramente volverás, es muy fácil llegar y hay mucho que ver cuando llegas allí. La Habana debería ser uno de sus objetivos y Santiago el otro; entre ellos, 800 kilómetros de paisajes tropicales: vastos bosques, amplios llanos, plantaciones azucareras salpicadas de ingenios humeantes, cafetales, cocoteros, ciudades centenarias con arquitectura hispano-morisca. Todo ésto podrá contemplarlo mientras viaja en el magnífico ferrocarril de Sir William Van Horne, maravillosamente equipado para ser nuevo y provisto de todos los lujos como coches cama Pullman, vagones comedor y miradores. Este Sir William, como usted sabe, es un yankee de Illinois, con un barniz canadiense y un toque cosmopolitan, así que sabe lo que es viajar. También ha construido hoteles a lo largo de la línea y está construyendo más; entre ellos se encuentra la estructura de un millón de dólares que se está construyendo en La Habana, diseñada para ser la más suntuosa y moderna del mundo. Quizás sea demasiado cara para el turista promedio; pero no importa, “hay otras”.

    Los cubanos no han cambiado ni un ápice. Los paisanos nativos visten los mismos pantalones anchos, con corte de miriñaque, calzan sus pies descalzos y con sandalias de cuerda de cáñamo, aran sus campos con un palo torcido y aguijonean a sus pacientes bueyes con clavitos de cinco centímetros de largo. No son más perezosos que en la antigüedad, simplemente porque les es imposible serlo. Su admiración por los americanos( estadounidenses) es excesiva, pero en cuanto a la gratitud —aunque los estadounidenses realmente regeneraron su isla, derramaron su sangre para alcanzar su libertad y su tesoro para darles escuelas, un sistema sanitario y un gobierno—, aún desconocen ese sentimiento ennoblecedor.

    Se podría citar al presidente Palma, el favorito de los cubanos, “Don Tomás”, como un brillante ejemplo de lo que un cubano debería ser, pero no es, pues ha proclamado con frecuencia la deuda de su isla con los Estados Unidos. Aunque a través de su larga residencia en nuestro país, Don Tomás es menos cubano que estadounidense. Es el cubano, más algo mejor.

    En Cuba sólo ha habido otro más grande que él, y ese fué el gran héroe Máximo Gómez, quien murió en junio pasado en La Habana, rodeado de su encantadora familia, en un una calle poco conocida, a solo dos cuadras del Prado. Era un hombre siempre afable, sencillo en su vida y costumbres, un hombre encantador de conocer: éste es él «Washington de Cuba». Aunque, sin duda, el hombre más grande de Cuba, el general Gómez no era cubano, pues nació en la isla de Santo Domingo (República Dominicana).

    El capital estadounidense ha invadido Cuba y absorbido a las grandes compañías tabacaleras, decían; pero millones y millones de ellos no pueden lograr un cambio apreciable en el trabajador tabacalero cubano. Sigue siendo tan descuidado por costumbres como siempre, todavía fuma el inevitable cigarrillo y aún mejora su mente escuchando las frases sonoras de su “lector”, que reparte noticias por la mañana y novelas cortas a plazos durante el resto del día. Su mente puede haber mejorado, pero no tanto el producto de su trabajo, a juzgar por el sabor de esas “flor de cabagó” que se imponen al extranjero en La Habana como conchas y príncipes.

    Lector en una fábrica de tabaco cubana

    Encontrará pocas reliquias existentes de la última guerra en Cuba, pues incluso los reconcentrados que sobrevivieron al sangriento Weyler han sido engordados hasta quedar irreconocibles, dados sus “cuarenta acres y una mula”, y se han establecido como agricultores pacíficos. Pero si desean ver cómo era una trocha española, suban a los carros y corran a Ciego de Ávila, donde encontrarán algunos magníficos ejemplares de fortines macizos aún en pie. Los españoles que los defendieron se fueron hace mucho tiempo, y la alambrada que los conectaba se ha convertido en cercas para granjas prósperas (como en Ceballos, la famosa colonia americana). El espacio de un kilómetro de ancho, despejado por los españoles a lo largo de toda la isla, ofrece una excelente oportunidad para que los jóvenes agricultores cubanos cultiven, libres de árboles y maleza. Si hubiera sido una trocha americana, estos hermosos fortines nunca se habrían construido, pues en su lugar, probablemente, habría habido toscas chabolas de losas o, en el mejor de los casos, toscas estructuras de piedra. Y ésta perfección de la mano de obra, alcanzada por el albañil y constructor español, marca la diferencia entre el estilo arquitectónico “americano” y el del Viejo Mundo, o morisco.

    Fortín Cubano

    La casa Hispano-Americana, ya sea de un año o de un siglo de antigüedad, siempre está construida con piedra maciza alrededor de un patio central, tiene un techo de tejas pesadas y es absolutamente ignífuga. Ejemplos de esta admirable arquitectura se dan en las imágenes aquí presentadas de una casa moderna en Puerto Príncipe, con las grandes tinajas, utilizadas como cisternas, en su patio; y la casa de Hernán Cortés, en Santiago. Ésta última es probablemente la casa más antigua de Cuba, habiendo sido erigida en la segunda década del siglo XVI, poco después de que Cortés, el conquistador de México, llegara a Cuba con Velázquez. Sin embargo, aún se mantiene en pie en su sitio original, bien conservada; un buen ejemplo de lo que los españoles llamaban una casa y del estilo que construyeron, no solo en España, sino también en toda Hispanoamérica.

    Patio privado cubano, con tinajas

    Los españoles en Cuba construyeron sus casas para perdurar eternamente, al parecer; como pretendían que perdurara su soberanía. Aunque quizá desconocieran el verdadero significado de un hogar, sabían cómo construir una vivienda, un fuerte, una catedral; así que, después de todo, hicieron algo por el progreso de Cuba.

    Casa de Cortés (a la derecha), ocupada por él alrededor de 1517-18. Bahía de Santiago y Sierra del Cobre a lo lejos.


  • Máximo Gómez Báez (1836–1905) fué un destacado estratega militar y una de las figuras más influyentes en las luchas por la independencia de Cuba. Nacido en Baní, en la entonces colonia española de Santo Domingo (actual República Dominicana), se formó inicialmente en el ejército español, experiencia que más tarde aplicaría con gran eficacia al ponerse del lado de los patriotas cubanos. Su llegada a Cuba en 1865 marcó el inicio de una trayectoria decisiva en las guerras independentistas, especialmente durante la Guerra de los Diez Años y la Guerra de Independencia de 1895. Conocido por su disciplina, liderazgo y dominio de tácticas como la “carga al machete”, Gómez se ganó un lugar central en la historia cubana como General en Jefe del Ejército Libertador. Su vida estuvo marcada por un profundo compromiso con la libertad de Cuba, causa a la que dedicó casi treinta años hasta la proclamación de la República.

    Éste escrito examina la vida y el papel histórico de Máximo Gómez, el militar Dominicano que llegó a ser el principal líder y comandante de las fuerzas independentistas cubanas. A través de una narración crítica y detallada, el autor describe el ascenso, los conflictos internos, las ambiciones políticas y las contradicciones de Gómez, así como su influencia decisiva en las guerras de independencia de Cuba.

    THE TRUE STORY OF MÁXIMO GÓMEZ

    BY THOMAS ROBINSON DAWLEY, JR.

    LA EXTRAORDINARIA CARRERA DE MÁXIMO GÓMEZ, EL CAMPESINO DOMINICANO QUE LLEGÓ A SER COMANDANTE DE LAS FUERZAS INSURGENTES DE CUBA: SUS FRACASOS Y ÉXITOS, Y SU PROYECTO DE UN IMPERIO EN LAS INDIAS OCCIDENTALES.

    MÁXIMO GÓMEZ COMO COMANDANTE EN JEFE DEL EJÉRCITO INSURGENTE CUBANO. Dibujo de J. Conacher de una fotografía.

    La corneta de Gómez

    La vida de Máximo Gómez ha estado plagada de tales vicisitudes que sería un personaje interesante en la historia, incluso si no tuviera otro derecho a la atención del mundo. El clímax de su carrera llegó con su entrada en La Habana al frente de su ejército harapiento, el pasado febrero, cuando, entre toques de corneta y vítores, cabalgó bajo arcos triunfales hasta el antiguo palacio del virrey y contempló desde los balcones a sus tropas pasar en procesión. Allí estaba la ironía del destino. Viejo, calvo y canoso; bronceado por el sol de la pradera de muchos días abrasadores; el canoso jefe caminaba por los salones de mármol que tan a menudo habían resonado con la risa alegre o el paso solemne de los grandes españoles, donde el tintineo de las espuelas y el tintineo de los sables se habían unido al unísono con los pasos apresurados de los correos cortesanos y los oficiales con título.

    Si consideramos que Máximo Gómez ha pasado la mayor parte de los ochenta años asignados al hombre, ya sea en la selva o en una granja, alejado de la civilización, es un hombre extraordinario. Nunca antes de ese día había estado en una ciudad tan grande, ni había visto tanta gente, ni una reunión tan alegre, ni largas calles decoradas con banderas y faroles, todo en su honor, con una tropa nacional como escolta. La misma gente que saludó la llegada del Capitán General Weyler, apenas tres años antes, ahora vitoreaba con entusiasmo a Gómez. Los mismos edificios que entonces estaban casi ocultos bajo el emblema español de sangre y oro, ahora ostentaban el blanco, rojo y azul de la libertad; y los mismos balcones desde los que el Capitán General Weyler había contemplado la llegada de su ejército desde España, ahora albergaban al anciano jefe por cuya cabeza España habría dado con gusto tres veces su peso en oro.

    UNA PREFECTURA CUBANA, O REFUGIO EN EL BOSQUE, AL QUE SE RETIRARON LOS CAMPESINOS DURANTE LA ÚLTIMA INSURRECCIÓN PARA ESCAPAR DE LA «RECONCENTRACIÓN».

    Los ciudadanos lo vitorearon y enloquecieron de alegría; hubo festejos y bailes; se gastaron miles de dólares en banderas y fuegos artificiales, a pesar de la cruda realidad de que muchos cubanos sufrían hambre y muerte. Pero había llegado el líder de una gran causa, un héroe, un ídolo. Es peligroso para un escritor, incluso de la historia contemporánea, destrozar el ídolo de un pueblo. Las grandes causas deben tener grandes líderes. Si Gómez no hubiera sido grande, la causa de los insurgentes cubanos debió de caer. En consecuencia, en los días de la insurrección, cualquiera que no admirara a Gómez o escribiera sobre él hechos que pudieran reflejar su grandeza, era considerado un enemigo de Cuba. Sin embargo, nadie temía ni odiaba a Gómez más que algunos de sus hombres más cercanos. Gómez llegó a La Habana como el líder exitoso de una causa aparentemente exitosa. Nadie se atrevió a hablar de él. De la gran multitud que se alineaba en las calles, que lo vitoreaba y lo seguía, pero pocos lo conocían excepto como un guerrero con cicatrices de batalla que durante catorce años había eludido los esfuerzos combinados de decenas de miles de tropas disciplinadas que lo perseguían día y noche. Habría sido mejor, si deseaba seguir siendo un ídolo popular, que Gómez hubiera mantenido la resolución que pronunció ante la multitud desde el balcón de uno de los gamberros de La Habana la noche de su entrada triunfal en la ciudad, cuando dijo que, cumplida su tarea, se retiraría a su casa en Santo Domingo. Pero no cumplió ésta resolución, aunque la repitió cada vez que se dirigía al pueblo o le dictaba un manifiesto.

    Apenas pasó un mes cuando la tormenta que se avecinaba estalló y el ídolo se hizo añicos. Gómez se encontró sin poder, riqueza ni influencia, abandonado por los mismos hombres cuyo ideal había luchado tan fielmente por mantener; abandonado por todos ellos, excepto por uno —el coronel Céspedes— que hasta ahora se ha mantenido fiel a él. Gómez sufrió. Sus sufrimientos habrían matado al hombre común a su edad. Pero estaba acostumbrado tanto al sufrimiento como a las dificultades; y aún no había alcanzado la cima de su ambición, o su caída podría haberlo matado.

    Había un leve rumor, un rumor que sonaba desde la distancia, de dónde venía y de quién, no lo sé, pero era en el sentido de que el general Máximo Gómez aspiraba a hacer de Cuba libre y autónoma, y luego llevaría la guerra a Puerto Rico, obtendría para esa isla su independencia y desde allí invadiría Santo Domingo, que se encuentra entre ella y Cuba, para lograr una unión política de tres de las cuatro grandes islas del grupo antillano. Cuento ésto solo como un rumor, una historia que circuló en los días de la insurrección. Pero sé que Gómez aspiraba a la presidencia de Santo Domingo, su tierra natal, porque el general me lo dijo. Me lo dijo cuando me parecía que había pocas esperanzas para una Cuba libre; pero el anciano era fuerte y valiente. Aunque los españoles nos expulsaban de nuestros campamentos casi a diario, dijo: «Cuando haya liberado a Cuba, iré a Santo Domingo y organizaré una revolución allí». Sabía que estaba hablando con un periodista y que publicar lo que decía no era una violación de confianza; sin embargo, al hacerlo, armé un revuelo.

    Provoqué una tormenta sobre mi cabeza y no me llamaron amigo de Cuba. El Sr. Sylvester Scovel, un periodista estadounidense que probablemente vió más al veterano jefe en el campo que cualquier otro corresponsal, es autoridad para la afirmación de que Gómez dijo que con mil de sus cubanos podría invadir él a la República Dominicana y ponerse a la cabeza de ése gobierno. Gómez ama Santo Domingo. Ama sus colinas, sus valles, sus arroyos de montaña. Más que nada, ama gobernar y, como un viejo patriarca, quisiera gobernar a su propio pueblo. Nació en esa isla, que fué la primera en ser colonizada y cristianizada según los métodos españoles, y que es la más fértil de todas las Indias Occidentales y la más rica en recursos naturales. Ha sufrido muchas vicisitudes desde la llegada de los españoles. La mitad occidental, y más valiosa, les fué arrebatada por los bucaneros, y finalmente se convirtió en una parte francesa, los franceses convirtieron sus bosques vírgenes y campos fértiles en vastas plantaciones, y con trabajo esclavo se convirtió en la colonia más rica del mundo, mientras que la parte dejada a los españoles se hundió en una dependencia degenerada y escasamente habitada, y finalmente se le permitió, por defecto de la madre patria, convertirse en la llamada república de Santo Domingo.

    Con la Revolución Francesa, cuando reyes y nobles fueron ejecutados tras la proclamación de la libertad y la igualdad, los esclavos de Haití se sublevaron y masacraron a sus amos, y con ellos a toda la población francesa: hombres, mujeres y niños. Napoleón intentó recuperar la colonia y castigar a los asesinos, pero tras perder cuarenta mil soldados en dos años, se vio obligado a cederla. Los ingleses lo intentaron, pero también fracasaron, y el negro se quedó con la oportunidad de resolver el problema del autogobierno.

    La mitad española, o Santo Domingo, no prosperó en su independencia y se fusionó con la república de Haití. Pero los blancos de ascendencia española lucharon contra sus gobernantes negros y recuperaron su independencia. Entonces surgió en Haití un viejo negro ignorante que, debido a su edad e ignorancia, fue nombrado presidente, creyendo los políticos que sería una herramienta en sus manos. Pero de inmediato tiró sus muletas, asesinó a quienes se interpusieron en su camino, se proclamó Emperador Faustino e intentó subyugar a Santo Domingo, al que consideraba parte de su imperio; y durante años, luchas intestinas desgarraron el país. Máximo Gómez era un hombre joven durante éstos tiempos problemáticos y bárbaros; pero como nunca relata ninguna experiencia en las guerras de su juventud, se puede presumir con seguridad que no figuraba como soldado en ninguna de ellas. Dice que era un granjero que cultivaba la tierra y nunca plantaba a menos que fuera para producir algo. De sus antepasados no sabe nada o se preocupa poco por decir. No tiene rastros de sangre negra, pero debido a su complexión delgada y ojos algo almendrados, los españoles lo llamaban, durante la pasada insurrección, “EL VIEJO CHINO ”.

    A principios de los años sesenta(1,860’s), Santo Domingo, completamente agotada por la anarquía y los conflictos, sorprendió repentinamente al mundo al invocar la protección y el gobierno de su vieja madre patria España. España respondió enviando barcos y soldados, y la bandera de sangre y oro se izó una vez más sobre las antiguas y en ruinas almenas que habían construido sus primeros colonos. Pero un año de dominio español fue suficiente para los isleños, que se rebelaron. El gobierno de Madrid intentó mantener su poder, pero los dominicanos adoptaron un modo de guerra al que los españoles estaban totalmente desacostumbrados. Al darse cuenta del poder superior de las disciplinadas tropas del enemigo, los rebeldes ordenaron a su gente que abandonara las ciudades y pueblos, que abandonara sus hogares y devastara la tierra, buscando refugio en retiros forestales y montañas. La tarea de cazarlos quedó en manos de los soldados españoles, cuyos oficiales, criados en las ciudades de España, sabían poco de carpintería y montañismo. Cuando menos se los esperaban, los insurgentes salían, emboscaban a una pequeña columna o a un destacamento de tropas, asolaban y quemaban un distrito y regresaban a su fortaleza en el desierto tan rápidamente como llegaron.

    UNA GUERRILLA ESPAÑOLA, O COMPAÑÍA DE CABALLERÍA IRREGULAR, QUE REGRESA DE LA BUSQUEDA DE ALIMENTO, CON TROZOS DE CAÑAS DE AZÚCAR PARA SUS CABALLOS.

    Veteranos de esa guerra me han dicho que la devastación, el asesinato y el derramamiento de sangre que sobrevinieron fueron incluso peores que los de la insurrección cubana, ahora concluida. Fue allí donde Valeriano Weyler, un joven teniente mallorquín, recibió su primera experiencia bélica, en el mismo campo y del mismo bando con el que Máximo Gómez se había aliado, ya fuera por interés propio o por convicciones más elevadas. Gracias al conocimiento que Gómez tenía de su país y su gente, demostró ser tan valioso para los españoles que fue nombrado teniente de una de sus guerrillas, esas bandas de forajidos que más tarde se convirtieron en el azote de Cuba. Tras una infructuosa guerra de exterminio, España denunció a los dominicanos como ingratos, recogió sus banderas y se marchó. Así como en la insurrección cubana hubo cubanos que lucharon contra sus compatriotas, en la guerra dominicana hubo muchos nativos que se aliaron con los Españoles. Cuando España abandonó la contienda, estos hombres fueron llevados a Cuba, donde se mantuvieron en servicio o fueron licenciados según sus deseos. Su traslado resultó un desastre para España. Si estos guerrilleros Dominicanos no se hubieran distribuido en Cuba, la insurrección de 1868 —la primera seria— habría muerto en sus inicios. Los cubanos no eran combatientes ni conocían el arte de la guerra. Como es bien sabido, el levantamiento de 1868 comenzó con Carlos Manuel Céspedes, quien declaró libres a sus esclavos y, para dar el primer golpe por la libertad, atacó la insignificante aldea de Yara. Tenía solo treinta y siete seguidores, muchos de los cuales nunca habían disparado un tiro. Fueron fácilmente repelidos por la guarnición de Yara, insignificante como era, y presos del pánico los patriotas huían a las montañas cuando se encontraron en el camino con Luis Marcano, Dominicano. Fué uno de los traídos a Cuba tras la derrota española en su propio país. Habiendo nacido y crecido en un ambiente de revoluciones y guerra, ofreció de inmediato sus servicios a Céspedes, quien lo nombró general y le dió el mando de todos sus seguidores.

    Marcano animó de inmediato a la pequeña fuerza a intentarlo de nuevo y, tras conseguir algunos reclutas más, una semana después sitió la ciudad más importante de Bayamo. La guarnición española permaneció en sus trincheras mientras los inactivos de toda la región circundante acudían en masa para ver el resultado, dispuestos a apoyar al bando que triunfara. Pero no fue así con los viejos matones de Santo Domingo. Eran revolucionarios por instinto, y mientras los españoles no los emplearan para luchar contra otro, lucharían contra España. Entre ellos se encontraba un viejo guerrero llamado Modesto Díaz. Vivía en el campo con una pequeña pensión que le concedieron los españoles. De inmediato acudió en ayuda de los cubanos, y cuando una columna española avanzó para socorrer la ciudad, él, con un puñado de hombres, tomó posición en el camino para interceptarlos. Se cuenta que la mayoría de sus hombres huyeron al ver a los españoles, pero Díaz ordenó a los pocos que quedaban con él que cargaran las armas tan rápido como él las disparaba; luego, tomando su lugar fríamente detrás de un árbol, abrió fuego contra el avance español. Dirigió tan bien su fuego que el oficial al mando mostró indecisión; y ante la aparición de varios cientos de esclavos gritando, se ordenó la retirada, y al día siguiente la guarnición de Bayamo capituló.

    Con la balanza a favor de la insurrección, reclutas de todo el país circundante acudieron en masa a apoyar la causa de la independencia cubana. Los hombres de mayor posición o popularidad en cada localidad recibieron reconocimiento como jefes. Máximo Gómez vivía entonces en las cercanías de Santiago, tras haber retomado su antigua ocupación agrícola. No era un plantador esclavista, sino un simple agricultor. Se unió al líder cubano Donato Mármol y colaboró en un exitoso ataque a la aldea de Cobre.

    Carlos Manuel Céspedes procedió a formar su gobierno en Bayamo y entregó el mando de su ejército al veterano dominicano Modesto Díaz. Marcano, el otro dominicano, recibió el mando de las fuerzas entre Bayamo y Holguín, y Gómez fue nombrado coronel bajo el mando de Donato Mármol. Modesto Díaz, quien sabía cómo los españoles habían perdido en el fragor de la guerra en su propio país, procedió a instruir a los cubanos en las tácticas mediante las cuales los dominicanos ganaron. Su plan era sostener la guerra a toda costa, pero no intentar ningún golpe decisivo que requiriera mucho riesgo.

    Fué hábilmente secundado por Máximo Gómez, de quien había sido comandante en Santo Domingo. Éste joven jefe atrajo la atención por primera vez cuando Donato Mármol intentó interceptar una columna española de setecientos hombres en Baire. Gómez ocultó su mando tras un espeso seto al pie de un camino, y cuando la desprevenida columna estaba a punto de pasar, cargó al grito de “¡Al machete!”. El ataque sembró el pánico y la confusión entre los Españoles, que se retiraron en desorden. A partir de entonces, el grito de guerra cubano fue “¡Al machete!”, y los cubanos consideraron el machete su arma preferida.

    La insurrección cubana experimentó altibajos según los diversos éxitos de sus jefes. El gobierno de Céspedes se refugió en la indómita serranía, mientras otros luchaban. Gómez, por su audacia, valentía y habilidad, pronto alcanzó una posición prominente, aunque debido a su carácter despótico, no era del agrado de sus compañeros jefes.

    El historiador cubano Enrique Collazo describe una visita realizada a la sede del gobierno en aquellos primeros días, en compañía con Gómez, ya ascendido al rango de general. «Al llegar», dice Collazo, «Céspedes estaba jugando una partida de ajedrez. Todos los que lo rodeaban iban bien vestidos y llevaban zapatos, con el lujo de camisas almidonadas, blusas limpias y pantalones, como quienes viven sin trabajo. El general Gómez solo llevaba una camisa blanca hecha jirones, con excepción de los puños y la pechera, y pantalones de tela negra; sus ayudantes estaban aún en peores condiciones».

    Gómez parece haber sentido cierto desdén por un gobierno que podía permitirse vivir con tal lujo, y se mantuvo lo más alejado posible de su influencia, prefiriendo actuar por cuenta propia. La primera fricción real surgió cuando se le ordenó buscar la manera de embarcar a ciertos representantes, con el pretexto de solicitar ayuda extranjera. Los Dominicanos habían continuado su guerra sin ayuda extranjera, y Gómez no veía ningún valor en tal proyecto, por lo que respondió bruscamente: «Si Sansón ha de morir, que muera con todos los Filisteos. Nadie saldrá de aquí».

    La ruptura definitiva se produjo cuando el presidente cubano recurrió a Gómez para conseguir asistentes y secretarios, y el jefe combatiente respondió que, como no tenía ninguno, el gobierno podía buscar los suyos. Al recibir esta respuesta, Céspedes emitió una orden general destituyendo a Gómez del mando. Gómez demostró sus cualidades como soldado retirándose del campo de batalla, esperando pacientemente el momento de ser llamado de nuevo para ganar mayores honores para él y para Cuba.

    Cuando Agramonte, quien comandaba a los insurgentes en Camagüey, murió en un combate en curso, Céspedes sacó a Gómez de su anonimato y le dió el mando de las fuerzas camagüeyanas. Allí, tuvo tanto éxito al mantener la política Dominicana de evitar cualquier combate decisivo, mientras hostigaba constantemente al enemigo, que el interés de la guerra se centró en él. Después de un tiempo, debido a disensiones entre los jefes insurgentes en la zona oriental de la isla, entregó el mando al general Roloff; pero, creyendo que sin él la revolución fracasaría, se vió inducido a mantener una aparente guerra en esa provincia, que ya estaba casi despoblada. Es poco conocido que la política insurgente de «concentración» y la contrapolítica de «reconcentración» de Weyler fueron métodos de la anterior insurrección cubana, y se llevaron a cabo con éxito en las provincias orientales, donde se limitó la rebelión. En aquellos días, el audaz corresponsal de periódico no estaba tan presente y la atención del mundo no se dirigía a los terribles sufrimientos de las víctimas inocentes.

    Fué cuando los líderes insurgentes se percataron de que sus seguidores estaban disminuyendo gradualmente, mientras España seguía aportando soldados, que se vieron inducidos a firmar el Tratado de Zanjón con el Mariscal Campos. Dicho acuerdo estipulaba que los jefes serían expulsados de la isla si deseaban irse.

    Gómez escribió desesperado: «He terminado aquí. Cuba no puede ser libre. Me iría aunque se lograra su independencia». Al llegar a Santiago en una cañonera española que lo llevaría, experimentó una profunda tristeza al abandonar el escenario de sus glorias. «La curiosidad de la gente era tal», escribió, «que el muelle se llenó de curiosos durante varias horas, lo que me causó una impresión triste y dolorosa al contemplar la multitud. Eran más de tres mil hombres capaces de portar armas, y allí llevaban nueve años sin escuchar la llamada del patriotismo; sin embargo, ahora, atraídos por una curiosidad morbosa, vinieron a vernos. Poco después oímos una banda militar, y luego siguieron algunos hombres del batallón de San Quintín, heridos en un combate reciente con el general Antonio Maceo, escoltados por cubanos vestidos con uniforme de voluntarios. ¡Cuántos pensamientos se agolparon en mi imaginación! No pude evitar volverme hacia mis compañeros y exclamar: «¡Cuba no puede ser libre!».

    Tanto Cubanos como Españoles afirmaron, al comienzo de la última insurrección, que Gómez había recibido una cuantiosa suma por consentir en abandonar la isla; pero esto difícilmente puede ser cierto, pues lo que sabemos es que buscó su sustento en Centroamérica. En una ocasión estuvo en Panamá, y le he oído decir que su experiencia en el Istmo le hizo creer que Núñez de Balboa, quien lo cruzó y descubrió el Océano Pacífico, fue el español más grande que jamás haya existido. A continuación, solicitó una comisión al gobierno Hondureño, y recibió el mando, con el rango de mayor, en Amapala, en la costa del Pacífico, con una guarnición de diez o doce soldados. Finalmente, cuando ya envejecía y las antiguas disputas y agravios se habían olvidado casi por completo —se olvidan rápidamente en los trópicos—, los pasos errantes del jefe guerrillero lo llevaron de regreso a su antiguo hogar en Monte Cristi, donde se dedicó a la pacífica ocupación de su juventud: «sembrar para producir algo».

    Fué allí donde el patriota cubano Martí lo encontró cuando todo parecía propicio para otra insurrección, y le ofreció el mando del ejército insurgente. Se alquiló una pequeña goleta; el anciano jefe, despidiéndose de su esposa y familia, zarpó hacia la cercana costa oriental de Cuba; y así comenzó la insurrección. Un núcleo de seguidores se reunió en torno al veterano, quien inmediatamente se dispuso a invadir la provincia central de Camagüey, escenario de sus éxitos veinte años antes.

    En un pequeño panfleto escrito en la manigua e impreso en una prensa sacada de contrabando de un pueblo español en un cargamento de estiércol, Gómez relata sus esfuerzos y desalientos al desembarcar en la isla. Su primera medida fué reunir una escolta, lo que hizo al encontrarse con el general Maceo, «varios días después de vagar con mis cinco compañeros por la jurisdicción de Santiago». No tuve tiempo de seleccionar a mis hombres, «y tuve que llevar, como sucedió, a los primeros veinticinco que pude prescindir. Con ellos comencé mi marcha hacia Camagüey, de cuyo territorio no teníamos noticias favorables».

    EL PUEBLO DE SAN JUAN DE LOS YERAS, EN LA PROVINCIA DE SANTA CLARA, ANTES DE SU DESTRUCCIÓN POR LOS INSURGENTES.

    MÉTODOS DE GUERRA CUBANOS -SAN JUAN DE LOS YERAS DESPUÉS DE QUE LOS INSURGENTES ASALTARON Y SAQUEARON LA VILLA.

    La escolta estaba compuesta principalmente por negros, cuyo principal motivo parece haber sido el saqueo; y aunque también estaban dispuestos a acosar a los españoles en los alrededores de sus hogares, no deseaban buscar problemas más allá. Tras la muerte de Martí en Dos Ríos, Gómez se sintió enfermo tanto de cuerpo como de mente, y para colmo de males, sus seguidores negros se rebelaron abiertamente, exigiendo que se les permitiera regresar a sus hogares. El general Borreo, jefe de la anterior insurrección, acudió en su ayuda, y mediante amenazas, promesas y burlas combinadas, los negros fueron inducidos a continuar la marcha hacia el oeste, hacia Camagüey, «pero no», dijo Gómez, «sin que dos de ellos desertaran cada día ». Luego, cuando se acercaba al escenario de sus campañas anteriores, donde conocía cada palmo del terreno, le llegó la noticia de que el pueblo estaba formando un comité para pedirle que desistiera; no querían la guerra; habían visto suficiente en el pasado, y si Gómez aceptaba dinero, le pagarían para que abandonara la isla.

    Pero Gómez siguió adelante con determinación. Probablemente fue la mayor lucha de su vida. No podía dar marcha atrás. De nuevo sus seguidores se rebelaron, y el jefe recurrió al viejo truco de trazar una línea, diciendo que de un lado estaban la gloria y la libertad, del otro la vergüenza y la opresión, y que llamaba a todos los que no fueran cobardes a cruzar la línea. Por supuesto, no había cobardes, y todos la cruzaron.

    Al llegar a Camagüey, los problemas del veterano terminaron. Inmediatamente encontró a los representantes de la insurrección, quienes habían salido de Puerto Príncipe para recibirlo. Se organizó una fuerza y se realizaron ataques con éxito contra varias guarniciones pequeñas; tras lo cual, los negros descontentos del este fueron cargados con botín y se les permitió regresar a sus hogares. Entonces apareció Maceo con refuerzos; comenzaron a llegar reclutas de otras partes de la isla, y Gómez se encontró al frente de un ejército.

    Se celebró un consejo de guerra en una antigua granja ganadera, La Reforma, donde nació uno de los hijos de Gómez durante la insurrección anterior. Se determinó un plan de campaña y se decidió continuar la guerra en esa parte de la isla que hasta entonces no había conocido las sombrías consecuencias de los conflictos internos. Apenas terminó la conferencia de los diferentes jefes cuando se oyeron disparos y una columna española se les echó encima. Maceo se dirigió inmediatamente al frente con ochenta hombres y, formando una línea de escaramuza ampliamente esparcida en el monte, detuvo el avance de los españoles. Esto permitió al resto de la fuerza insurgente, armada y desarmada, retirarse sin peligro de pánico. Para cuando los españoles formaron su línea de batalla, los escaramuzadores dispararon su último tiro y se dispersaron, dejando a su enemigo preguntándose qué había sucedido.

    Dos oficiales del Estado Mayor de Gómez. La tienda es precisamente del tipo que solía servir como cuartel general durante la última insurrección.

    Si bien la disposición de Maceo parece haber sido la de luchar contra los españoles siempre que pudiera hacerlo con una perspectiva justa de éxito, Gómez evitó cuidadosamente cualquier conflicto que pudiera ocasionarle pérdidas sin obtener una mayor recompensa. Se adhirió enérgicamente a la antigua política Dominicana de destrucción, creyendo que cuando la isla estuviera completamente destruida, los españoles se irían y la abandonarían como lo habían hecho en Santo Domingo; tampoco parece haber considerado quién quedaría para sobrevivir a las ruinas humeantes. Su política se llevó a cabo sin piedad. Declaró todas las ciudades y pueblos de la isla en estado de sitio, aunque no pudo establecer tal asedio, y luego ordenó ejecutar a todos los que se encontraran comerciando con los habitantes del pueblo. Prohibió el funcionamiento de los ferrocarriles y las diligencias, y luego, debido a que funcionaban, sus hombres ahorcaron a los empleados que tuvieron la mala suerte de caer en sus manos. Ordenó la concentración dentro de las líneas españolas de todos los cubanos que no abrazaran la causa insurgente, pero cuando fueron sorprendidos en su camino a “concentrarse”, los desafortunados fueron maltratados o incluso ahorcados.

    Tras la invasión que dejó a Maceo en el extremo occidental de la isla, las operaciones de Gómez se limitaron principalmente a recorrer el país con su escolta y una pequeña fuerza, listos para dispersarse de inmediato al verse amenazados por los españoles. Sus órdenes y decretos eran transmitidos a los jefes de las diferentes bandas por mensajeros montados.

    GÓMEZ EN SU SEDE EN EL CAMPO, CONFERIENDO A UNO DE SUS OFICIALES, UN LÍDER INSURGENTE.

    Después de que Weyler pusiera en práctica su política de reconcentración y prácticamente aplastara la insurrección en Pinar del Río, Gómez continuó vagando con su escolta por la zona entre Sancti Spíritus y la trocha Júcaro-Morón. Los españoles no pudieron encontrarlo, pero ante la hambruna inminente, su grupo se redujo cada vez más, y la carrera de Gómez probablemente habría terminado pronto si nuestra declaración de guerra y el consiguiente bloqueo de los puertos cubanos no hubieran enviado a cientos de cubanos a unirse a los rebeldes en el campo de batalla.

    UNA DE LAS BARRICADAS ERIGIDAS POR LOS ESPAÑOLES EN VILLA CLARA, CUANDO GÓMEZ AMENAZABA CON ATACAR LA CIUDAD.

    Se intentó organizar a estos reclutas en un nuevo ejército, pero Gómez no destaca como organizador. Sólo unos pocos de sus oficiales tenían idea de organización, y es por eso que nuestros oficiales han tenido tantas dificultades para distribuir los 3.000.000 de dólares designados para el socorro de los soldados cubanos. Si se hubieran mantenido listas de personal del ejército tal como existían al comienzo de nuestra guerra, habría sido fácil distribuir el dinero entre quienes sirvieron durante la insurrección. Es seguro asumir que, si se hubieran mantenido registros, el número de soldados sería tan pequeño que cada uno de ellos tendría derecho a una suma considerable.

    He criticado mucho a Gómez, pero su más acérrimo enemigo difícilmente puede negar su gran figura. El 24 de febrero de éste año, hizo su entrada triunfal en La Habana al frente de un ejército estropeado, y el pueblo se inclinó ante él. Dos semanas después, el 12 de marzo, fué destituido por la Asamblea Cubana, tras una acalorada discusión en la que se revisó la carrera del antiguo jefe y se le denunció como traidor por haber aceptado recibir los 3 millones de dólares donados a su ejército por un gobierno generoso.

    Gómez respondió en un manifiesto, señalando que no había llegado a Cuba como mercenario y aceptando la deposición de la asamblea. Dijo ser extranjero, «por lo que, dado que el poder del opresor abandonó la tierra y dejó a Cuba libre, he envainado mi espada, creyendo que mi misión ha terminado».

    En cuanto a las aspiraciones del general Gómez a la presidencia de la República Dominicana, su única posibilidad de alcanzar tal puesto sería por la fuerza de las armas; y dudo mucho, considerando la situación actual, que se atreva a regresar sin una defensa similar. Es poco probable que encuentre muchos seguidores en la República Dominicana en la actualidad, pues su historial como guerrillero español sería rápidamente desenterrado y exhibido ante el pueblo con el mismo efecto que un trapo rojo ante un toro furioso.

    November, 1899.


  • Introducción:

    Éste texto de Thomas R. Dawley Jr. ofrece una mirada directa y crítica a la República Dominicana de inicios del siglo XX. A través de su recorrido desde Puerto Plata hasta Santo Domingo, el autor describe un país marcado por la corrupción, la inestabilidad política y el abandono económico, pese a su riqueza natural. Su relato revela las condiciones precarias de la población y la fragilidad de las instituciones en una época decisiva para la historia dominicana.

    Thomas Robinson Dawley Jr. (1862–1930) fué un periodista y corresponsal estadounidense conocido por su trabajo en el Caribe. Antes y durante la Guerra Hispano-Estadounidense cubrió los conflictos en Cuba desde 1896, dónde fué encarcelado en el Morro por sus actividades como corresponsal y más tarde expulsado de la isla por el general Weyler. Regresó a Cuba al año siguiente con el ejército del general Gómez, contribuyendo gracias a su conocimiento del territorio a la capitulación de Santiago. Tras la guerra fundó el primer diario 📰 en Cuba, aunque fué arrestado nuevamente y su periódico confiscado. En 1904, el presidente Theodore Roosevelt lo envió a Santo Domingo para realizar investigaciones especiales sobre la situación política y administrativa del país. Su carrera reflejó un profundo vínculo con el Caribe y un papel activo en momentos decisivos de la región.


    POCOS TRABAJAN, PERO TODOS RECIBEN SALARIOS

    La maravillosa situación en las grandes ciudades de Santo Domingo:

    Una policía burlesca, un ejército cómico y una población compuesta casi exclusivamente por corruptos, sin duda invita al «Big Stick»= (USA).

    By Thomas R. Dawley Jr.

    Los Gobernantes de Santo Domingo.

    19 de julio de 1904.

    EL PRESIDENTE MORALES Y EL VICEPRESIDENTE CÁCERES CAMINAN POR LA PLAZA DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO TRAS TOMAR JURAMENTO EN SUS CARGOS. MORALES ESTÁ A LA IZQUIERDA.

    A menos que se recorra la isla desde Puerto Plata, el viaje a ésta venerable ciudad debe hacerse a caballo o en mula, preferiblemente en ésta última. Con la única línea de vapores que zarpa cada dos semanas desde Nueva York, se llega a Puerto Plata en unos siete días. Normalmente se requieren otros siete días, incluyendo varias paradas, para navegar alrededor de esta pintoresca ciudad, encaramada en un alto acantilado de roca coralina, bordeada de verde, con vistas a un mar índigo, en la desembocadura del Ozama, de color lodo. El viaje se puede hacer en menos tiempo, cruzando la isla directamente, en la bestia de cuatro patas, pero el viajero que tome ésta ruta debe estar bien dotado de buena constitución, bastante paciencia, cierta capacidad para soportar el hambre y la expectativa de despedirse por el momento de lujos como la cama y la ropa de cama. Como recompensa por tales penurias, el observador atento puede formarse una idea completa de las condiciones internas de ésta pequeña y tormentosa, así llamada, República de Santo Domingo, o, para ser más exactos, República Dominicana. Tu viaje comienza desde Puerto Plata a través del ferrocarril en miniatura iniciado hace unos 12 años atras, por ingenieros Belgas, que aparentemente sabían tanto de construcción de ferrocarriles como los chinos de construcción de campanarios. Éste ferrocarril, con una especie de rueda dentada, vá sobre Puerto Plata, hasta donde la obra inconclusa de los Belgas fué retomada por los Americanos.

    Directamente hacia la montaña

    Desde allí, asciende por la cordillera mediante una serie de curvas muy estrechas, con una pendiente del 3%, a través de un túnel y desciende hacia la amplia llanura, en un extremo de la cual se encuentra Santiago de los Caballeros, la ciudad más grande e importante comercialmente de la República. En ésta ciudad, el viajero debe asegurar su bestia de carga y un guía para el viaje a través del país hasta la Capital. Además de ésta mula, me proporcionaron un guía tan famoso y confiable como la mula, y, a pesar del peligro y las dificultades del viaje, como me lo relataron mis amigos diligentes, llegué a ésta ciudad, la más antigua del nuevo mundo, la mañana del quinto día después de salir de Santiago, nada mal para lo frecuente a lo largo del camino.

    Sumergidos en el lodo

    Numerosas duchas desde los cielos tropicales y zambullidas en ríos profundos y casi impasibles. El baño era la regla, más que la excepción, en el viaje. Después de semejante viaje, sentí que podía afirmar, de acuerdo con el inmortal navegante Colón, quien agotó el lenguaje de la alabanza al describir ésta isla, que en todo el mundo no hay mejor. Pero, salvo uno o dos asentamientos más allá de Moca y La Vega, la encontré en un estado tan primitivo como cuando fué descubierta.

    Incluso a las puertas de la Capital, tras cruzar el río Isabela en un tosco transbordador, uno se adentra en una franja de selva virgen, para desembocar y atravesar una llanura desierta, al final de la cual uno se encuentra de repente en una calle que atraviesa la desolada ciudad de San Carlos, con sus maltrechas iglesias erguidas como un espectro sombrío sobre las ruinas. Allí están las murallas destrozadas y rotas de la famosa y antigua Capital alzándose ante ti. Entras por una puerta abaluartada con parapeto y torretas, marcada por balas y con tantos agujeros como un pimentero, y recorres una calle flanqueada por palacios en ruinas, enormes iglesias antiguas y conventos, hasta el Hotel Francés, donde te recibe la afligida madame, que derrama lágrimas ante la sola mención de su amado París.

    No se tarda mucho en descubrir que la ciudad de Santo Domingo, con una población estimada de 22,000 habitantes, es una ciudad sin industria ni empresa. Salvo una fábrica de macarrones y una de cerillas, donde los productos son artículos importados, ensamblados en las fábricas y enviados como producción casera. Es una ciudad donde no se produce nada. De qué viven éstas 12,000 personas acorraladas dentro de las murallas de la ciudad es un misterio, y cuando uno se entera de lo que de vez en cuando soportan, se convierte en un misterio aún mayor.

    PLAZA, ESTATUA DE CRISTÓBAL COLÓN Y EL PALACIO PRESIDENCIAL, CIUDAD DE SANTO DOMINGO.

    Asedios que duraron meses

    Diariamente se traen algunos productos del campo y se venden en los mercados públicos, pero si el ama de casa compra una docena de huevos más, inmediatamente hay una escasez de huevos, y lo mismo ocurre con los demás productos que se venden a diario en los puestos del mercado. A las 10 de la mañana, los vendedores suelen haber vendido sus productos, hacen sus maletas y se van a casa. Hay tres de éstos mercados públicos: uno junto al río, otro en el corazón de la ciudad y el tercero cerca del límite occidental. En éste último, una gran plaza cerrada, solo he visto a dos ancianas sentadas en medio de la desolación con un puñado de frijoles y verduras de aspecto enfermizo apiladas a su alrededor. Además de los mercados, hay muchas tiendas llenas de bacalao importado en fardos, mantequilla enlatada, generalmente de Dinamarca, manteca de cerdo en tarrinas de Chicago, jamones, carnes enlatadas y verduras de casi todas partes de Europa y Norteamérica; y hay tiendas de productos secos donde el jefe o el dependiente holgazanean ociosamente, esperando vender unos cuantos metros de overol de Alabama a un cliente del campo que se ha deshecho de su docena de huevos, otros tantos cocos, tal vez, y unas cuantas cañas de azúcar.

    ¿Cómo consigue ésta población desocupada e improductiva de la capital dominicana el dinero para comprar incluso la limitada cantidad de productos necesarios para subsistir? Es la pregunta que se plantea de inmediato el investigador. La respuesta a ésta pregunta define la situación económica y política de ésta república insular. Es un país con una población improductiva, cuya única esperanza reside en subsistir, se necesita urgentemente infraestructura ferroviaria o carreteras para conectar los pueblos del interior y movilizar la producción.

    Algún injerto particular

    La gente no paga impuestos más allá de los derechos de aduana que se cobran por las pocas yardas de tela y el bacalao empacado que pueden comprar. Si no compran nada, no pagan nada, ni siquiera un impuesto de rentas internas sobre el ron y el tabaco locales, que consumen en grandes cantidades. El gobierno intenta mantenerse exclusivamente con los ingresos recaudados en las aduanas, tomando todo lo que puede obtener de ésta fuente, mientras que las autoridades locales se quedan con todo lo que se atreven a robar. Los hombres que componen el gobierno suelen ser personas sin ningún conocimiento de economía política ni de la ciencia del gobierno, y su gobierno es de despotismo y tiranía sobre un pueblo cuya única concepción de un gobierno es la oportunidad para la corrupción política. En Santiago, el actual gobierno de Morales paga $300 diarios o $9000 mensuales, distribuidos entre su población vagabunda, incluyendo una gran cantidad de generales, para mantener la paz. En La Vega paga $200 diarios para el mismo propósito, y en Moca, Puerto Plata y cada una de las demás ciudades importantes, aproximadamente la misma cantidad o más, mientras que todos los ciudadanos recalcitrantes, e incluso los sospechosos, son encarcelados, desterrados o fusilados sumariamente. La vida, la libertad y el derecho a disfrutar de los beneficios de la propiedad propia no tienen garantías. En un país donde cualquier producto agrícola crece casi espontáneamente de la tierra, y los cerdos y el ganado vagan libremente por los bosques y las llanuras, casi nadie tiene el coraje de hacer nada.

    El negro solitario en su choza al borde del camino te dirá que no tiene nada para comer, porque la revolución le arrebata todo lo que tiene.

    HORACIO VÁSQUEZ

    El general Vásquez dirigió las operaciones militares contra el presidente Heureaux en 1899. Después del asesinato de Heureaux, el general Figuereo se convirtió en presidente, pero pronto fué derrocado por Vásquez, quien tomó las riendas del gobierno como dictador, cargo que ocupó hasta que Jiménes llegó de Cuba y fué proclamado presidente. Vásquez se convirtió en vicepresidente bajo Jiménes. Pronto organizó una revolución y depuso a Jiménes. Entonces Wos y Gill se rebeló y depuso a Vásquez. El ejército de Morales destituyó a Wos y Gil. Vásquez, Jiménes y Wos y Gil están ansiosos por derrocar a Morales y darse otra oportunidad a la presidencia.

    Y toma o destruye

    El plantador de azúcar, por lo demás próspero, le dice que su industria está arruinada por el arancel de exportación que el gobierno impone a su producto antes de permitirle salir del país, y lo mismo ocurre con la producción de cacao, fuente de riqueza incalculable, y cualquier otra cosa que el gobierno encuentre que sale del país y sobre la que se pueda cobrar un arancel de exportación. La economía política aquí consiste en desalentar la producción en lugar de fomentarla, y los aranceles, en lugar de ser una protección, son una manipulación política. Aunque muchos de los recursos naturales del país permanecen sin desarrollar, y sus industrias agrícolas se ven obstaculizadas por gobiernos imprudentes, anualmente se producen grandes cantidades de tabaco en la región del Cibao, que se envían a Alemania, así como grandes cantidades de cacao y café de pepita; sin embargo, estos productos se cosechan y se cultivan de forma descuidada.

    En consecuencia, se venden a un precio muy bajo y los productores se ven desanimados a intentar mejorar. En algunas partes del país, las abejas producen inmensas cantidades de cera y miel, sin apenas recibir atención. Sólo la cera se guarda para la exportación, mientras que la miel se vierte al suelo debido a la falta de recipientes adecuados y medios de transporte adecuados. En los arroyos de montaña del interior, las mujeres extraen oro de las orillas de los ríos y casi cualquier comerciante puede mostrar el oro que les ha comprado, pero no existen datos que permitan determinar la cantidad exportada anualmente. El gobierno no lleva registros ni datos estadísticos, ni nadie en la nómina gubernamental piensa seriamente en dar algo a cambio del valor recibido. De hecho, hay mucho silencio gubernamental en todo el país.

    La Agricultura de Santo Domingo

    Treinta centavos al día

    Se finge mantener una fuerza armada, pero ésta suele consistir en un montón de negros vagabundos que fingen servir al gobierno al ritmo que se supone que deben recibir, mientras que hay muchos más vagabundos dispuestos a unirse a la revolución cuando se inicia, porque no reciben ni 30 centavos. En la Capital hay una fuerza policial que pasa el día sentada en largos bancos a la sombra de la calle, pasando junto a la prisión. Cuando el sol pasa por la calle y la sombra cae al otro lado de la calle, éstos policías se levantan, mueven los bancos a la sombra y vuelven a sentarse.

    Su eficacia quedó demostrada cuando Woss y Gil liberó a los prisioneros al mediodía, los armó y los sacó a las calles para tomar la ciudad. Toda la fuerza policial, al oír la conmoción y algunos disparos, y al ver a los prisioneros liberados salir corriendo a la calle, se pusieron de pie y presentaron las armas. Pero ni a los soldados ni a la policía les importó especialmente hacerles frente como se supone que deberían.

    A ellos no les importa la posesión de los asuntos gubernamentales, mientras reciban los ingresos suficientes para mantenerse con la cantidad de plátanos cocidos y caña de azúcar necesarios para subsistir. En las revoluciones que continuamente perturban el país, sólo los generales, por regla general, combaten eficazmente, y en cuanto aparece un soldado que demuestra ser un buen combatiente, es nombrado general.

    Sin gestión financiera

    No existe un sistema adecuado de contabilidad en la administración gubernamental, ni gestión financiera, ni siquiera una idea expresada o demostrada de que una deuda, una vez contraída, deba ser pagada.

    El gobierno siempre está dispuesto a endeudarse, a comprometerse con cualquier tipo de concesión y obligaciones contractuales que no tiene medios para cumplir y le importan poco.

    Cuando Buenaventura Báez, al frente del gobierno, hace 35 años, intentó resolver el problema dominicano anexando el país a Estados Unidos, y su plan fracasó, logró obtener un pequeño préstamo. La deuda total era entonces de solo $1,500,000. Desde entonces, el gobierno, bajo varios líderes que lo han sucedido, ha aprendido a pedir prestado, y ahora la deuda asciende a $32,000,000, con la duda de si incluso ésta cantidad la cubriría en su totalidad. Alemania, España e Italia unieron sus reclamaciones y acordaron aceptar $400,000. En total liquidación, el gobierno dominicano acordó mediante protocolos pagar ésta suma a una tasa de $200,000 al año. Los tenedores de bonos franceses y belgas claman por la liquidación de sus reclamaciones a razón de 300,000 dólares anuales, y Estados Unidos prácticamente se ha apoderado del puerto norteño de Puerto Plata para cobrar los 450,000 dólares anuales otorgados a la Compañía de Mejoras de Santo Domingo (San Domingo Improvement Co.), una corporación estadounidense, mientras que el gobierno de Morales protesta que, si se le priva de éstos ingresos, se verá incapaz de mantener la paz interna.


  • Introducción

    El texto que sigue, escrito por William Thorp a principios del siglo XX, específicamente en el año 1904, constituye un ejemplo representativo de la literatura colonialista y racializada que circulaba en el mundo anglosajón sobre la República Dominicana y Haití. Su contenido refleja los prejuicios, temores y estereotipos de la época, particularmente en relación con las poblaciones afrodescendientes y mestizas del Caribe. A través de descripciones que mezclan anécdotas personales, rumores sensacionalistas y mitos, presenta una visión distorsionada y prejuiciada de las prácticas culturales y de la vida social en la isla. Más que describir la realidad sociopolítica de la época, el texto funciona como un documento ideológico que evidencia las tensiones imperiales, los temores raciales y los discursos de dominación que moldearon la percepción occidental de las naciones caribeñas en ese período histórico.


    Santo Domingo, the «Isle of Unrest»

    By William Thorp

    El Sr. Thorp es un inglés que llegó recientemente a los Estados Unidos. Durante los últimos cinco años residió y viajó por todo el Caribe, donde, como editor de The Daily Gleaner de Kingston, Jamaica, tuvo excelentes oportunidades para recabar información. Visitó Haití y Santo Domingo, y viajó extensamente por ambos países. Además, durante su estancia en Jamaica conoció a muchos refugiados dominicanos y haitianos distinguidos, quienes posteriormente le brindaron hospitalidad durante sus visitas a las repúblicas insulares. [EDITOR.]

    Un plantador de Santo Domingo y su esposa en medio de su caña de azúcar en crecimiento, con su supervisor y trabajadores negros de pura raza a su alrededor.

    Un amigo mío visitó a Behanzin, el depuesto rey de Dahomey, en su exilio en Fort-de-France, Martinica. Discutieron, entre otras cosas, sobre la calidad de la raza a la que pertenecía Behanzin. «El blanco es una raza», dijo Behanzin, «y el negro es una raza. Ambos son buenos. Pero el mulato… ¡bah! Es como café con leche, ni buena leche ni buen café». El juicio, por supuesto, era prejuzgado; pero da una buena idea del intenso odio y desprecio que el negro promedio siente por el moreno. Huelga decir que éste último corresponde con creces a esos sentimientos.

    En general, blancos y negros se llevan bastante bien en los trópicos, y especialmente en las Antillas. Es el mestizo quien causa problemas. El negro rara vez odia al blanco a menos que se exploten sus prejuicios y se enfurezcan sus pasiones; pero el mestizo alberga un profundo resentimiento contra esa raza superior, responsable de su posición desfavorable en el mundo. He aquí una clave para entender el conflicto surgido entre Estados Unidos y la República mulata de Santo Domingo. El asesinato del mecánico naval Johnston y la violación de un consulado estadounidense son la culminación de una larga serie de graves ofensas contra residentes blancos que deben lealtad a Estados Unidos o a potencias europeas. Quienes hayan vivido o viajado por Santo Domingo en los últimos años habrán oído hablar, sin sorpresa alguna, de una masacre generalizada de blancos en ese país. En vista del carácter y los prejuicios de los dominicanos, resulta asombroso que no se haya producido ninguna masacre. Se puede afirmar con seguridad que sólo ha habido una y éstos incidentes se han evitado gracias al patrullaje constante de buques de guerra estadounidenses y europeos entre los principales puertos.

    Los blancos son mal vistos tanto en Haití como en Santo Domingo, pero ésta animadversión es más profunda y manifiesta en Santo Domingo —la república de los mulatos— que en Haití —la república de los negros—, a pesar de que, en teoría, se les conceden mayores privilegios a los extranjeros en el primer país.

    Ésta antipatía es responsable de tres cuartas partes de los delitos contra estadounidenses y europeos, mientras que el desconocimiento de las obligaciones de un gobierno supuestamente civilizado es responsable del resto. Siempre que los insurgentes o la administración de turno necesitan dinero y suministros, su primer impulso es saquear a los extranjeros. Si hay un blanco a su alcance, le roban sus provisiones, le roban sus mulas o le fuerzan la caja fuerte para que entregue un supuesto préstamo. Los nativos solo son saqueados cuando los blancos han sido exprimidos hasta el límite de sus recursos, o hasta donde lo permite la prudencia de los «expropiadores» —como una vez oí llamarlos a un político dominicano—.

    Ni siquiera en tiempos de paz hay justicia para el hombre blanco en Santo Domingo, salvo bajo la fuerte presión de su gobierno. Recuerdo un caso ilustrativo que llegó a mis oídos hace unos años. Un comerciante inglés sorprendió a un empleado ladrón con las manos en la masa y, como era nuevo en el país, lo denunció. Las pruebas eran concluyentes, su culpabilidad evidente. Pero su abogado permaneció sonriendo mientras testigo tras testigo corroboraba el caso, sin molestarse en formular una sola pregunta durante el interrogatorio. Al concluir la acusación, se dirigió al juez mulato y le dijo:

    « Seguramente no pretende usted condenar a este hombre blanco a costa de uno de su propia raza». Esa fue toda la defensa. La abarrotada sala del tribunal estalló en aplausos, y el juez absolverá de inmediato al prisionero. Sabía perfectamente que, de no hacerlo, correría un alto riesgo de ser asesinado y, con toda seguridad, de ser destituido de su cargo. Esta situación es tan bien conocida que, tanto en Haití como en Santo Domingo, los hombres blancos están dispuestos a soportar casi cualquier cosa antes que recurrir a la justicia. Por lo general, sobornan al jefe de policía y a otros funcionarios para obtener la protección que necesitan.

    En las catedrales e iglesias de Santo Domingo y Haití se observa una curiosa ilustración de esta adversión común hacia los blancos. El Salvador, la Virgen María y los Santos casi siempre se representan en imágenes y estatuas como negros o mulatos. El pueblo se niega a creer que personajes dignos de culto o veneración pudieran haber sido blancos. En Haití, hubo una larga lucha al respecto entre la Iglesia y el pueblo, pero la Iglesia tuvo que capitular. De otro modo, no habría habido congregaciones. Tanto dominicanos como haitianos profesan la fé católica romana y apoyan ramas organizadas de la Iglesia romana, con catedrales, arzobispos, obispos y sacerdotes. Pero los estipendios del clero apenas les alcanzan para subsistir, y subsisten, como bien señaló el difunto señor Tames Anthony Froude, «no como objetos de reverencia, sino como humildes servidores y ministros de la sociedad negra».

    Bajo la fina capa de catolicismo, la mayoría de la gente está aferrada a las supersticiones del vudú, traídas de África Occidental por sus antepasados en los barcos negreros. El sacerdote y la sacerdotisa del culto vudú son los monarcas sin corona de La Española. Todo y todos están bajo su dominio. Incluso el Presidente y los altos funcionarios del Gobierno les rinden pleitesía en secreto, mientras que a los visitantes extranjeros les dicen que todo el asunto del “vudú” y los sacrificios humanos es absurdo. Al menos un gobernante de Haití, el “Emperador Soulouque”, era un reconocido “papaloi”, o sacerdote vudú; mientras que Heureaux, el presidente más influyente de Santo Domingo en la época moderna fué objeto de fuertes sospechas. Según tengo entendido, en los últimos años se censuró un periódico en Puerto Príncipe y dos en la ciudad de Santo Domingo, y sus editores fueron exiliados o encarcelados, simplemente por haber publicado relatos de sacrificios humanos, con canibalismo incluido, relacionados con ritos vudú. Durante el mandato de dos o tres de los presidentes más destacados, especialmente Geffrard, se llevaron a cabo breves campañas contra la superstición. Algunos papaloi y mamaloi —sacerdotes y sacerdotisas— fueron arrestados y ejecutados por asesinar niños en sus horribles ritos. En esos casos se demostró claramente el canibalismo, y los registros de los juicios aún se conservan en el Consulado General Británico en Puerto Príncipe. ¿Cuál fué el resultado? La hija de Geffrard, Cora, fué asesinada a tiros mientras estaba arrodillada ante el altar de una iglesia en la capital, y él se vió obligado a exiliarse, escapando milagrosamente con vida. Desde entonces, los presidentes haitianos han dejado en paz al culto vudú.

    En Santo Domingo, las autoridades ni siquiera han intentado erradicarlo, y los ritos se practican con menos secretismo que en Haití. Los esfuerzos oficiales se han centrado exclusivamente en ocultar la verdad al mundo exterior. El vudú es una forma de culto a la serpiente, común entre las razas menos desarrolladas, y está estrechamente vinculado al fetichismo de África Occidental, del cual deriva. En los ritos más comunes, se exige el sacrificio de un gallo blanco —el «pájaro senseh», como lo llaman los «obeah men» en Jamaica— o de una cabra. Pero en las grandes festividades, el dios serpiente exige la inmolación de la «cabra sin cuernos»: un niño o una niña. Sólo hay tres de estas festividades al año: a finales de enero y al final de la temporada de lluvias, que suelen ocurrir en mayo y octubre. Sin embargo, se ofrecen otros sacrificios cuando la isla sufre calamidades como sequías y huracanes.

    El niño destinado al sacrificio a veces es secuestrado, después de haber sido indefenso mediante la administración de drogas o hipnosis, en las que los sacerdotes y sacerdotisas vudú son adeptos. Pero existe un método aún más horrible. Numerosas personas de posición responsable y de intachable integridad, misioneros, cónsules y comerciantes extranjeros, me han asegurado que tanto en Haití como en Santo Domingo existe una poderosa sociedad secreta de hombres y mujeres vinculados al vudú. Los miembros de ésta sociedad administran a los niños drogas narcóticas, obtenidas en la selva, que los sumen en un estado cataléptico indistinguible de la muerte. Médicos me han asegurado que éstos seres inhumanos conocen drogas vegetales y narcóticos desconocidos para la ciencia e indetectables mediante las pruebas habituales. Tras un tiempo, se declara muerto al niño y se le entierra. En cuanto surge la oportunidad, emisarios de la sociedad desentierran el ataúd, reaniman al niño y lo sacrifican en la siguiente orgía del culto. Las reuniones suelen celebrarse en una solitaria arboleda de cocoteros o bambúes. Decenas de hombres y mujeres se congregan allí, y rápidamente se dejan llevar por el frenesí mediante bailes y cantos desenfrenados. Las escenas que allí se desarrollan, tal como me las han descrito hombres que afirman haberlas presenciado, no pueden ser relatadas aquí. Las peores pasiones del negro y del mulato, jamás disciplinadas por nuestra civilización, campan a sus anchas. La garganta del niño es cortada con un machete afilado, y el canibalismo corona el sacrificio. Podría dar detalles de varios casos auténticos de asesinato y canibalismo relacionados con el vudú, si se considerara conveniente. He conservado cuidadosamente los registros de estos casos, recopilados durante cinco años en las Indias Occidentales y respaldados en su mayoría por fuentes oficiales. Pero ya se ha dicho suficiente sobre este desagradable tema para evidenciar la inutilidad de la pretensión de los dominicanos de ser tratados como una nación civilizada. La población de color en Santo Domingo no puede compararse con la de los estados del sur. Son de una clase infinitamente inferior, más agresiva y degradada. Su condición es caótica, salvaje y brutal en todos los sentidos. El campesinado del interior, aunque decididamente más amable y hospitalario que los habitantes de las ciudades, ha caído a un nivel inferior al de las tribus de África Occidental de las que proceden, pues han perdido el orden social altamente desarrollado, aunque primitivo, de aquellas tribus, y no han ganado nada de la civilización salvo sus vicios. La enorme brecha que los separa de sus hermanos de color en otras partes de las Indias Occidentales queda patente en el hecho de que los negros de Jamaica suscriben grandes sumas para enviar misioneros.

    Ciudadanos de Santo Domingo en ascenso

    La gente del campo es bastante honesta, salvo que consideran que cultivar la tierra es apropiarse de la propiedad ajena, un sentimiento que le sale caro al agricultor. Sin embargo, en las ciudades hay mucha delincuencia; los robos y hurtos son delitos comunes, y el matón, al igual que el pobre, siempre está al lado. En la mayoría de las ciudades de ambas repúblicas, el alguacil es más temido que el ladrón. Su sueldo apenas asciende a unos céntimos al día, incluso si lo cobra, y se aprovecha de la comunidad con más crueldad que los delincuentes a quienes debe capturar. Recibe una pequeña suma por cada arresto que realiza. Por supuesto, lleva a los hombres a la cárcel con el menor pretexto, pero los deja libres si pagan por su libertad un poco más que la tasa oficial por su encarcelamiento. Si el prisionero no puede o no quiere entregar el dinero, es brutalmente golpeado con un palo de cocomacaque durante todo el trayecto hasta el calabozo, y he sabido de varios casos en los que llegó allí moribundo o muerto.

    Por doquier, el viajero en Santo Domingo observa signos de degeneración y decadencia. El país tuvo un buen comienzo bajo el dominio español, como Haití bajo el francés. Se trazaron hermosas ciudades, con numerosos edificios grandes y elegantes; se construyeron excelentes carreteras y se establecieron cientos de plantaciones de café y caña de azúcar, con grandes casas tan espléndidas como los castillos de la antigua España. Las montañas y sabanas rebosaban de incontables rebaños de ganado, y la prosperidad reinaba en toda la región. Ahora, el viajero suele toparse con un hermoso castillo antiguo en ruinas en medio de la maleza, rodeado de dos o tres chozas de bambú. Unos pocos mulatos, prácticamente salvajes, viven en estas chozas y subsisten cultivando escasas cosechas de ñame y plátano y matando el ganado, que ahora vaga libremente. De vez en cuando se encuentra algún campesino con la energía suficiente para recolectar los granos de café, que ahora crecen silvestres en la selva que se ha extendido por todo las plantaciones abandonadas de los antiguos españoles. El café haitiano, tan conocido en el mercado, se recolecta casi exclusivamente de estos árboles silvestres; apenas se cultiva. Los extranjeros lo han intentado en ambas repúblicas, pero las exigencias deshonestas del gobierno y las frecuentes revoluciones los han arruinado en muchos casos. En los últimos años se han realizado grandes inversiones de capital estadounidense en Santo Domingo, pero justo cuando empezaban a dar buenos resultados, estalló la actual oleada de revoluciones y arrasó prácticamente con todo. Desde un punto de vista moral, los dominicanos están casi perdidos. El sacramento del matrimonio se practica raramente: cuando se celebra, los jóvenes suelen haber convivido abiertamente antes, sin perder prestigio social ni el respeto de sus amigos. «¿Acaso crees que me casaría con una mujer sin saber primero que me satisfacería?», dijo un dominicano muy prominente, en respuesta a la protesta de un amigo misionero al que le pidieron que celebrara uno de estos matrimonios tardíos. El mismo misionero casó a una pareja de ancianos que llevaban viviendo juntos casi cincuenta años, y la novia llevó consigo a sus seis hijas para que actuaran como damas de honor.

    Las guerras civiles que asolan el país se libran con una brutalidad difícil de creer para quienes desconocen a los dominicanos. Hombres, mujeres e incluso niños pequeños son asesinados a sangre fría constantemente y torturados horriblemente cuando se sospecha que pueden proporcionar información sobre el enemigo. En este sentido, el dominicano culto, educado en Estados Unidos, Francia o España, es tan malo como el campesino más salvaje. Recuerdo a un famoso general, un hombre recibido por gobiernos extranjeros como diplomático, que una vez me contó cómo trató a un grupo de revolucionarios después de que defendieran un pueblo durante varios meses y capitularan por la hambruna: “Supongo que les dio los honores de guerra, general”. Le dije: “¡Los honores de guerra! ¡Eran rebeldes y me habían dado muchos problemas!”. “¿Y qué hizo?”. “Los azotamos con varas de cocomacaque hasta que no pudieron mantenerse en pie, y luego los sentamos en sillas y les disparamos” hasta que mueran lentamente. Así es cómo tratamos a los rebeldes en éste país.

    Haitianos y Dominicanos no se llevan bien y con frecuencia están al borde de la guerra; pero ambos me han asegurado repetidamente que se unirían como un solo hombre para repeler una invasión extranjera de cualquiera de sus países. Y tal invasión probablemente no sería tarea fácil. Los ejércitos de ambas repúblicas son prácticamente inútiles, pero la gente es ferozmente independiente y, como consecuencia de las constantes revoluciones, existen grandes reservas de fusiles, cartuchos y material bélico en el país. Una vez movilizado el pueblo, emprendería una guerra de guerrillas de hostigamiento que podría ser tan tediosa y problemática como las campañas filipinas. Dominicanos prominentes me han dicho que, en caso de que una poderosa fuerza invasora desembarcara, quemarían las ciudades, arrasarían las cosechas en las llanuras, envenenarían los arroyos y el ganado, y se retirarían a las selvas y montañas, desde donde hostigarían al enemigo. No cabe duda de que este sería realmente su plan de campaña.

    Dado que el Gobierno de Estados Unidos no parece tener intención de conquistar ni anexar el país, sería aconsejable limitar las operaciones militares a los puertos y puntos con acceso a la costa. De lo contrario, el asunto podría agravarse considerablemente más de lo que la Administración prevé o desea. Sin embargo, quienes, como yo, conocen bien a los dominicanos, pueden concebir que, una vez iniciada la empresa, la Administración se vea arrastrada por las circunstancias más allá de su intención original.

    Lo sorprendente no es que se haya considerado necesaria la intervención, sino que se haya postergado durante tanto tiempo. «Esta demora es una muestra del conservadurismo extremo que rige la política exterior estadounidense, especialmente en lo que respecta a los países latinoamericanos. Todo aquel que conoce la situación lleva años esperando una intervención armada. Ya en 1886, el señor Froude expresó la opinión generalizada de los viajeros blancos en La Española cuando escribió: «El orden actual no puede perdurar en una isla tan cercana a las costas estadounidenses».

    Si los estadounidenses prohíben que cualquier otra potencia interfiera, tendrán que intervenir ellos mismos de alguna manera. Si consideran el mormonismo una mancha intolerable en la religión, tendrán que ponerle fin al canibalismo y al diablo.

    NEW YORK CITY

    June, 1904


  • Introducción

    El texto aborda los acontecimientos ocurridos en torno al nuevo protocolo firmado entre Estados Unidos y Santo Domingo el 7 de febrero de 1905, tras el fracaso de un acuerdo previo. Este convenio, diseñado para reorganizar el manejo de la deuda dominicana y asegurar la estabilidad financiera del país, simplificó compromisos anteriores y reafirmó explícitamente la Doctrina Monroe. El episodio puso de manifiesto las tensiones diplomáticas, los conflictos de interpretación y el papel del Senado estadounidense en la aprobación de acuerdos internacionales.


    NEGOCIADORES ESTADOUNIDENSES EN SANTO DOMINGO

    El ministro Thomas C. Dawson y el comandante Albert C. Dillingham, comisionado especial del presidente, en el pórtico de la Legación Americana. El ministro Dawson y el comandante Dillingham negociaron los dos protocolos mediante los cuales Estados Unidos se haría cargo de los ingresos aduaneros de Santo Domingo en beneficio de sus acreedores.

    NUEVO INTENTO EN SANTO DOMINGO

    El nuevo “protocolo” con Santo Domingo, que sustituía al que fracasó repentinamente, se elaboró con notable energía y se firmó el 7 de febrero. Se simplificó considerablemente, omitiendo las garantías de integridad dominicana y de un ingreso mínimo determinado, pero reafirmando específicamente la Doctrina Monroe. Ahora que esta doctrina cuenta con la sanción conjunta de Estados Unidos y Santo Domingo, puede considerarse segura. Los negociadores no repitieron su error anterior de estipular que el acuerdo entraría en vigor sin esperar la aprobación del Senado, sino que la hicieron necesaria. El convenio permanecerá vigente solo hasta que se salde la deuda dominicana, lo que podría lograrse en cincuenta años si no ocurre nada desfavorable. Pero la llegada a Nueva York del juez John T. Abbott, quien durante tres meses estuvo a cargo de las aduanas de Puerto Plata, provocó una declaración en la que afirmaba que, a pesar de las negaciones semioficiales de Washington, las aduanas dominicanas fueron efectivamente confiscadas por nuestros representantes según los términos del protocolo original. No, como habría explicado la Administración, en virtud del laudo arbitral del verano pasado. Cuando el juez preguntó si ese laudo tenía algo que ver con los actos de nuestros funcionarios, Abbott respondió: “Nada en absoluto. Todos los puertos dominicanos [excepto Puerto Plata y Monte Cristi] fueron tomados bajo el control del Ministro Dawson el 1 de febrero, en virtud del protocolo Dillingham-Sánchez del 20 de enero de 1905. Me refiero al protocolo original del 20 de enero, no al enmendado. El protocolo enmendado se elaboró después de mi partida.” De esto se desprendía que la consideración posterior que otorgaba al Senado participación en la elaboración de tratados dominicanos no llegó a aplicarse en Santo Domingo. Sin embargo, las afirmaciones del Juez Abbott fueron rápidamente desmentidas por el Comandante Dillingham, uno de los negociadores del protocolo, quien anunció, tras una reunión con el Presidente, que ninguna aduana había sido ocupada bajo dicho acuerdo, y que los únicos puertos cuyos ingresos habían sido asumidos por nuestros funcionarios eran Puerto Plata y Monte Cristi, donde la autoridad emanaba del laudo arbitral.

    Febrero 25, 1905